¡Ah, la cultura!

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Estafadores hay en todas partes, los ha habido siempre. Pero cada época tiene los suyos.

Las hay que producen santos, místicos y profetas, y las hay que producen científicos e inventores de hallazgos milagrosos, brujos, astrólogos, espíritus sensibles que se comunican con los marcianos o con los mayas cósmicos. Es un tiempo el de Sor Patrocinio, la monja de las llagas, y otro el de Cagliostro, el de Franz Anton Mesmer, otro el de L. Ron Hubbard. Y no es exagerado pensar que algo del espíritu del tiempo se deja ver en sus estafadores. Porque todos ellos emplean las ilusiones y las fantasías que hay en el ambiente, lo que la gente quiere creer –de hecho, en un engaño exitoso se deja ver siempre una fibra sensible, una necesidad, un hueco, algo en lo que vale la pena reparar.

No pienso en los estafadores vulgares, de juzgado de guardia, como Bernard Madoff, o los ejecutivos de Enron o de Merrill Lynch, Lehman Brothers, que son abusivos sin el menor interés, que sencillamente se aprovechan de una oficina. Esos no tienen misterio. Juegan con la avidez de dinero de la gente, con la opacidad de los mercados financieros, con la respetabilidad que se concede de antemano a quien tiene dinero.

Los que tienen interés son otros: pícaros, fingidores, farsantes que se dedican a embaucar a cuerpo limpio. Los trileros que engañan a la vista de todo el mundo.

Pienso ahora en el caso, en muchos sentidos ejemplar, del periodista italiano Tommaso Debenedetti, que durante diez años vivió de publicar en la prensa entrevistas fingidas con personajes famosos. La desfachatez con que habla de su estafa es notable también: “Me gusta ser el campeón italiano de la mentira”. No estoy seguro de que sus mentiras tengan tanto mérito, pero no son triviales. Según lo que se sabe, lo que él mismo ha dicho, simuló entrevistas con Elie Wiesel, Derek Walcott, Gore Vidal, John Le Carré, Naguib Mahfouz, Manuel Vázquez Montalbán, Mario Vargas Llosa, y otros setenta personajes. De alguno, como Philip Roth, publicó hasta cinco falsas conversaciones. Alguna vez hubo un desmentido, nadie hizo mayor caso. Las entrevistas decían lo que había que decir, las celebridades decían la clase de cosas que dicen las celebridades: para eso está la sección cultural de los periódicos. Fanfarrón, pretencioso, con la marrullería de los profesionales, Debenedetti ha dicho que lo suyo es “un género nuevo”. Pues no. Es tan viejo como el andar a pie. Sólo llama la atención que pudiera hacerlo durante diez años, en la prensa europea, sin que nadie se diera cuenta.

Es parecido, igualmente revelador, el breve escándalo de la Fundación Ideas, del PSOE, que viene a ser una especie de centro de análisis y extensión cultural del partido, o algo así, que mantiene una revista electrónica. La trama básica es un desfalco vulgar, como los que hay en cualquier partido político. El método es lo que tiene interés. Al parecer, en un plazo de dos años la fundación pagó alrededor de sesenta mil euros, es decir, sobre un millón de pesos, a la escritora Amy Martin por una serie de catorce artículos (sí: un promedio de 70 mil pesos por artículo). No conoce usted a Amy Martin, ya lo sé. No se preocupe: yo tampoco, ni nadie en la Fundación Ideas. Alguna vez un periodista preguntó por ella al director de la Fundación, Carlos Mulas, y dijo que no la conocía bien, que sólo la había visto una vez.

Bien, el hecho es que Amy Martin no existe. A través de una agencia literaria, los pagos llegaban a casa del propio Carlos Mulas. Insisto: corrupción pedestre, que no daría para escribir un soneto. En cambio es divertido el estrambote. Para sacar del apuro al señor Mulas apareció su esposa, Irene Zoe Alameda, diciendo que ella era en realidad Amy Martin. La verdad, da igual. Sería muy interesante si de verdad su marido la hubiese visto sólo una vez, y no fuera capaz de reconocerla –pero eso es para la sección de sociales, que no hay. La farsa del matrimonio Mulas-Zoe-Martin es que, aparte de dedicarse al análisis político, ella ha rodado más de un cortometraje (subsidiados), y ha escrito varias novelas (eso dice), aunque lo que realmente querría es triunfar con su grupo de rock “gótico”, Reber Band, en el que aparece como Galatha. Para ella, y para su marido y para el partido que los subsidia, la cultura es esa mezcolanza de periodismo, narrativa y música popular, cosa de famosos que famosean –y donde hay que echar dinero, porque viste mucho. Nadie lee nada, ni importa.

Personalmente, tengo debilidad por Artur Baptista da Silva, un pequeño falsificador portugués, que al salir de la cárcel hace unos meses comenzó a presentarse como economista, doctorado en la inexistente Milton Wisconsin University, enviado por la ONU para estudiar una salida de la crisis portuguesa. No tenía más que un viejo análisis económico de la UNESCO descargado de Internet, ingenio y cara dura. Tras unas cuantas conferencias en que entusiasmaba al público diciéndole lo que quería oír, se convirtió en comentarista estelar de los programas de opinión en Portugal –ofrecía charlas, entrevistas, conferencias en cenas exclusivas. Podía exhibir algunos papeles y sellos que nadie miraba, porque lo importante era la consagración de los medios. Lo más revelador, para llorar o partirse de risa, es que durante meses nadie fue capaz de distinguirlo de los famosos, acreditados, experimentados, eruditismos especialistas que opinaban en los mismos programas, cobrando lo suyo.

 

La Razón, 11 de mayo de 2013