Allá no pasa

Etiquetas: , ,

Entre los rasgos básicos de la cultura política del siglo diecinueve, en México, estaba una intensa idealización de la ciudadanía.

En el lenguaje común se suponía que un ciudadano, para serlo, debía poseer una larga lista de virtudes: abnegación, patriotismo, tolerancia, lealtad, el ciudadano siempre cumplía las leyes, participaba en la vida pública con interés y desprendimiento. Todo lo demás era corrupción, encanallamiento.

Esa imagen fantasiosa de la ciudadanía llevaba aparejadas dos ideas, que eran de sentido común. La primera, que en México no había ciudadanos, y no podía haberlos porque este país era irremediablemente inmoral. La segunda, que una ciudadanía adornada con todas esas virtudes existía efectivamente en otras partes, especialmente en Francia, también en Estados Unidos. La admiración bobalicona de las metrópolis, de una versión sublimada de las metrópolis, se entiende, tenía una función en el orden social mexicano decimonónico. No me interesa insistir en eso ahora, sino en el hecho de que el esquema tiene vigencia todavía.

En los tiempos recientes la fantasía se refiere básicamente a eso que llamamos el “Estado de Derecho”, pero funciona de la misma manera. Se supone que “allá” sí se cumple la ley, “allá” los funcionarios son eficientes, los ciudadanos son responsables, ni siquiera tiran basura, y hasta los empresarios son honrados, “allá” se investigan los delitos y se castiga a los delincuentes, “allá” incluso los criminales respetan a la policía. Está en la prensa todos los días. Y la gente lo repite sin duda de buena fe, convencida de que es así.

Pienso en eso, en nuestra nostalgia del Estado de Derecho, mientras leo la historia de los hermanos Billy y James “Whitey” Bulger. Es muy edificante. Los Bulger eran una familia de ascendencia irlandesa, que vivía en el sur de Boston. Ni Billy ni James servían para nada, pero entendían su barrio, conocían a sus vecinos, de modo que uno se hizo político, el otro hampón. Mientras Billy trepaba en la política local, y era congresista, luego senador, presidente del senado de Massachussets, Whitey controlaba bares, distribuía droga, extorsionaba a prestamistas, padrotes, apostadores y camellos. Siempre protegido por la policía.

La historia de Billy es interesante. En el congreso aprende a manejarse de acuerdo con las tres reglas básicas: primera, nada se resuelve en las sesiones; segunda, todo es negocio; tercera, ningún negocio es demasiado pequeño. Uno puede verlo consiguiendo un empleo para su hermano menor, Jackie, para su hermana, para sus amigos, arreglando nombramientos, negociando indultos, especulando con bienes raíces, mientras asciende y es cada vez más influyente –y tiene más para repartir, y más comisiones que cobrar.

La historia de Whitey es la misma historia, desdoblada. También Whitey sube porque conoce el barrio, porque cuida de sus amigos, y los usa. Muy temprano descubre las ventajas de ser informante del FBI. Paul Rico, Zip Connolly, y el resto de la oficina del FBI en Boston protegen durante años a Whitey Bulger de todas las acusaciones: anulan los cargos, le ofrecen coartadas, intimidan a los testigos, mientras Whitey les pasa información para acabar con la competencia. Los agentes del FBI comienzan ganando puntos ante sus superiores, en algún momento empiezan a recibir regalos de Whitey, después dinero. Y al final, cuando lo han cubierto en un homicidio, y tres, y diez, ya no tienen muchas opciones. Por otra parte, Billy es presidente del senado, y siempre podrá ayudarles a conseguir un empleo para completar su pensión.

Algo empieza a ir mal en el mundo de los hermanos Bulger cuando Billy queda en malos términos con el gobernador, y un empresario decide no pagar una mordida, y un periódico pone a circular la historia. Para evitar daños mayores, después de quince años como presidente, opta por retirarse del senado. Y la junta de gobierno de la Universidad de Massachussets decide contratarlo como presidente, con un sueldo de 189, 000 dólares anuales. Firma contratos allí para todos sus allegados, como asistentes, auxiliares, lo que sea, por montos verdaderamente escandalosos.

No es un rincón de Alabama en los años treinta, sino Boston hace diez años. Pero esas cosas no pasan “allá”. Es una rarísima excepción, una anomalía que no vale la pena ni tomar en cuenta, porque allá se cumple la ley y se castiga a los delincuentes. Dejémoslo entonces. Cuando ya era imposible mantenerse como presidente de la Universidad, Billy Bulger negoció una jubilación de 208, 000 dólares anuales (es decir, unos 200, 000 pesos al mes). El hermano, Whitey Bulger, responsable de al menos 19 asesinatos, fue detenido finalmente en 2011, con 82 años de edad. Ambos viven.

 

La Razón, 8 de junio de 2013