Así empezó todo. Introducción

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Aproximación al Coloquio Lippmann

Es raro que se pueda fechar con tanta exactitud el nacimiento de un movimiento intelectual, pero en este caso es así. El neoliberalismo nació entre el 26 y el 30 de agosto de 1938, en París, en el Coloquio Lippmann. En estas páginas se cuenta esa historia.

El contexto

Nadie quiere hoy en día ser llamado neoliberal. El neoliberalismo tiene mala fama, la palabra, sobre todo porque se ha asociado desde hace mucho a la dictadura de Augusto Pinochet. No es del todo injustificado. En efecto, el gobierno de Pinochet tuvo un equipo de asesores económicos, formados en la Universidad de Chicago, bajo la orientación de Milton Friedman, que se llamaban a sí mismos neoliberales. Y que diseñaron para Chile una política económica de austeridad, privatizaciones, equilibrio fiscal, liberalización comercial. Por otra parte, en una famosa entrevista para El Mercurio de Santiago de Chile, Friedrich Hayek hizo un enérgico elogio de la política económica del gobierno militar[1].

El problema es que desde entonces la palabra vino a quedar asociada a una amalgama confusa de autoritarismo, capitalismo salvaje, gobiernos militares, conservadurismo católico. Y no es eso.

Es frecuente también que se identifique al neoliberalismo con los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, de los años ochenta. Nuevamente, está justificada la identificación, pero es inexacta. Ambos adoptaron en muchas cosas el programa neoliberal, Thatcher de manera más doctrinaria, Reagan mas pragmática. Pero el neoliberalismo no es sólo el programa económico de la derecha conservadora. Se podría asociar de modo parecido a los gobiernos de Anthony Blair, Felipe González, Helmut Schröeder, Bill Clinton.

La verdad es que se ha abusado del término de tal modo que resulta prácticamente inutilizable. Desde hace tiempo se emplea de manera bastante indiscriminada, bastante imprecisa, para descalificar ideas, programas, políticas de la derecha. Según el uso que se hace habitualmente del término, neoliberal puede ser casi cualquier cosa. Y por eso es frecuente que se piense, que se diga, que el neoliberalismo no existe –que es una invención de la izquierda, un espantajo.

Por otra parte, por motivos de estrategia que no es difícil entender, los partidarios del programa neoliberal prefieren en general acogerse al amparo de una tradición larga, autorizada, prestigiosa, prefieren llamarse sencillamente liberales, y ubicarse en la estela de Adam Smith. No es exacto. El neoliberalismo existe. Es un programa intelectual perfectamente reconocible, muy distinto del liberalismo clásico. Un programa que de hecho se definió desde un principio precisamente por oposición al liberalismo clásico: de eso se trató el Coloquio Lippmann.

Las ideas que forman el núcleo del programa neoliberal estaban en el ambiente en los años treinta. Eran las horas más bajas del liberalismo. Las consecuencias de la crisis económica de 1929 habían sido devastadoras para la democracia representativa en Europa, y para la idea del mercado libre. El ascenso del fascismo, del nacionalsocialismo, la presencia amenazadora de la Unión Soviética, la beligerancia de los partidos nacionalistas, el New Deal en los Estados Unidos, todo parece apuntar en el mismo sentido: mayor intervención del Estado, politización de los mercados, planificación. Contra eso, que parece ser el espíritu del tiempo, se levantan algunos autores: Ludwig von Mises, muy tempranamente, también Louis Rougier, Lionel Robbins, Walter Lippmann. No tienen mucho en común, salvo la convicción de que es necesario recuperar el liberalismo, darle nueva vida, y que para eso hace falta un programa muy distinto del que habrían suscrito los liberales clásicos.

En ese contexto, Louis Rougier, filósofo, profesor en la Universidad de Besançon, empresario cultural, fundador de la editorial Librairie Médicis, decide organizar en París una reunión que sirva para poner en contacto a esa dispersa colección de liberales –es agosto de 1938. El pretexto es la traducción francesa del libro de Walter Lippmann, The Good Society. La intención es fundar una organización que contribuya a la restauración del liberalismo. Invita a algunos de los más notables economistas, filósofos, también a empresarios, funcionarios públicos, entre los partidarios del liberalismo. Desde luego, Walter Lippmann en primer lugar, pero también Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Alexander Rüstow, Jacques Rueff, Wilhelm Röpke, Louis Marlio, Auguste Detoueuf, Michael Polanyi.

El coloquio tiene un éxito extraordinario. Las discusiones son tensas, diáfanas, apremiantes, y conducen, de la mano de Rougier y Lippmann, a la definición de una agenda, y un programa de acción concreto, para la recuperación del liberalismo. Y de acuerdo con eso se decide entonces la creación del Centro Internacional de Estudios para la Renovación del Liberalismo –y acuñar el nombre: “neoliberalismo”.

La primera reunión del C.I.R.L. se convoca en París, en enero de 1939, para preparar un congreso internacional que tendría que reunirse en el segundo semestre del año. Es fundamentalmente una reunión francesa: temas, preocupaciones, invitados franceses. La inminencia de la guerra permite que se reúnan liberales clásicos, neoliberales, partidarios del corporativismo, e incluso sindicalistas[2]. El congreso nunca llega a convocarse. Alemania invade Polonia el 1 de septiembre de 1939. Pero la idea no se pierde. Apenas terminada la guerra hay un segundo intento de formar esa especie de internacional liberal. En esa ocasión bajo el liderazgo de Friedrich Hayek, con financiamiento de empresarios estadounidenses y suizos. La primera reunión, en Suiza, sirve para dar nombre a la organización: la Mont Pélerin Society, que sigue viva hasta la fecha, y que ha llegado a tener más de 900 miembros. Pero esa es otra historia. En lo que nos interesa aquí, 15 de los 26 invitados del Coloquio Lippmann estarán años después en la Mont Pélerin Society.

 

La pequeña historia

La pequeña historia del coloquio tiene su interés. Al parecer, a Lippmann no le entusiasma la primera invitación, porque entre los invitados que menciona Rougier están André Maurois y Paul Baudouin, director de la Banca de Indochina, ambos cercanos a movimientos fascistas, como el Partido Popular Francés, de Jacques Doriot[3]. Finalmente, la presencia de Hayek y von Mises lo convence. La coyuntura hace particularmente dramáticas todas las decisiones, la selección de los invitados es muy cuidadosa. El marxista austriaco Rudolf Hilferding manifiesta interés en asistir, lo mismo que el antiguo ministro socialista francés, Charles Spinasse, y ambos son rechazados por ser “demasiado políticos”[4].

Finalmente se reúnen 26 personas. Todos son hombres, todos de Europa y Estados Unidos. Los alemanes y los austriacos están en el exilio. España está en guerra. Y todos saben que de un momento a otro puede desatarse una nueva conflagración europea –en realidad, lo único que se preguntan es cuándo se producirá. Saben que la guerra es inevitable.

En el detalle del coloquio hay cosas curiosas. Por ejemplo, la asistencia de Raymond Aron. Es el primero en la lista que registran las actas. Todos los historiadores que han escrito sobre el Coloquio Lippmann lo mencionan, y algunos ofrecen detalles bastante concretos[5]. Aron era un joven profesor, que había presentado su tesis de doctorado apenas unos meses antes. Parece razonable que se le invitara, porque tenía una estrecha relación de amistad con Etienne Mantoux y Robert Marjolin, y en sus textos de esos años sostenía algunas de las tesis básicas del coloquio[6]. Ahora bien: no hay ninguna intervención suya registrada. En sus memorias, muy cuidadosas en esa clase de cosas, Aron no menciona en absoluto el coloquio (su biógrafo, Nicolas Baverez, tampoco[7]). Sí dice, en cambio, que durante la guerra, en 1940, Robert Marjolin le presentó a Friedrich Hayek y los demás economistas del Reform Club[8]. Y dice que en su primer viaje a los Estados Unidos, en 1950, conoció a Walter Lippmann[9]. No es sensato pensar que hubiese olvidado todo, tampoco tendría motivos para ocultarlo. No deja de ser extraño.

Otro caso interesante. Entre los invitados está el español José Castillejo. No es muy conocido, no tiene una obra de mayor importancia en Europa. Es especialista en derecho romano, no está claro por qué se le convocó. Tengo la impresión[10] de que el invitado preferido hubiese sido José Ortega y Gasset, que además estaba en París en 1938. Las ideas de Ortega surgen una y otra vez en las discusiones del coloquio. Pero Ortega estaba enfermo, se sometería a una operación seria de la vesícula dos meses más tarde—aparte de que quisiera evitar comprometerse políticamente[11]. Conjeturo que se escogió a Castillejo porque era secretario de la Junta de Ampliación de Estudios, encargada de promover la investigación científica en España, mediante un programa de intercambio con universidades europeas, y era además miembro de la Comisión Internacional para la Cooperación Intelectual, de la Sociedad de Naciones. Y era importante que hubiese un español: España estaba en guerra, allí se enfrentaban el comunismo y el fascismo, era el lugar en que poner a prueba las ideas de todos: un caso ejemplar, al que recurren varios de los asistentes en sus intervenciones.

Las discusiones fueron intensas, a veces ásperas. Es claro que hay diferencias importantes en casi todos los terrenos. Y por eso son más notables, fundamentales, las coincidencias. Es difícil agrupar a los asistentes, no hay facciones ni grupos reconocibles, salvo acaso los alemanes, Alexander Rüstow y Wilhelm Röpke, en cuyos argumentos se perfila muy claramente el “ordoliberalismo”. También hay una diferencia muy característica entre los funcionarios públicos y hombres de empresa, como Auguste Detoeuf, Louis Marlio, en general con más sentido práctico, y los académicos, más doctrinarios. El dramatismo de la situación europea se siente a lo largo de toda la reunión, en la referencia sistemática al totalitarismo, en las alusiones a la guerra civil española –y acaso en la acritud que se nota en las discusiones entre austriacos y alemanes haya también un eco del anschluss, que se había producido pocos meses antes[12].

 

Panorama de las discusiones

Las actas de las sesiones están a continuación. Y el texto es muy claro, las discusiones se pueden seguir sin ninguna dificultad. Es una lectura asequible, con mucho sabor de época, y bastante entretenida además: no hace falta estorbarla con muchos comentarios. No obstante, se me ocurre que vale la pena ofrecer de entrada si no una síntesis, un panorama de los asuntos que se discutieron.

En el propósito general están todos de acuerdo desde un principio. Se trata de dar nueva vida al liberalismo, amenazado como está por el ascenso de los regímenes totalitarios. Para eso se ha convocado el coloquio. El problema consiste en saber qué liberalismo se ha de recuperar, y cómo. Las posturas difieren, hay matices que importan, pero en lo fundamental el punto de partida es una crítica muy explícita del liberalismo clásico. Para todos es un hecho que está en decadencia (es la expresión que emplean casi siempre). Algunos lo juzgan con más benevolencia, y piensan que no hay nada fundamental que cambiar: Mises, Rueff. Otros son mucho más severos, empezando por Lippmann, que lo descarta como anticuado sin darle muchas vueltas. Robert Marjolin, Auguste Detoeuf, piensan que las nuevas circunstancias lo hacen impracticable, Rüstow señala defectos “espirituales”, también Louis Baudin.

En resumen, vienen a convenir en un programa que se desprende de dos premisas básicas. Primera, es necesario un Estado fuerte, que intervenga para proteger y garantizar el funcionamiento del mercado. Segunda, los derechos económicos deben tener prioridad sobre los derechos políticos. Las dos se explican de varias maneras, a lo largo de las discusiones. Lo interesante es que prácticamente ninguno de los asistentes tiene dudas. Bien: en esas dos premisas está contenido lo fundamental del programa neoliberal.

Louis Rougier lo explica con perfecta claridad al término de la primera sesión: “el criterio del liberalismo es el libre juego de los precios”. Es claro que no es el liberalismo de Stuart Mill, ni el de Tocqueville o Cavour, o Benito Juárez. Es algo distinto, donde el funcionamiento libre del mercado tiene prioridad, y no puede estar sometido a las veleidades de la política. Es el neoliberalismo.

Aparte de eso, hay también un acuerdo básico sobre el modo de plantear el problema, como una disyuntiva clara, simple, definitiva, sin medias tintas: economía de mercado o economía planificada, la libertad o el totalitarismo. No es un asunto menor. Esa convención retórica, por llamarla así, va a ser un recurso frecuentísimo, y muy eficaz. Sobre todo porque pone la base para el argumento de la pendiente fatal, que hizo popular Hayek, en Camino de servidumbre, y que resuena en varias de las intervenciones del coloquio. La idea es muy sencilla: la menor interferencia con el funcionamiento libre del mercado es el primer paso en el camino hacia el totalitarismo, normalmente se empieza por algo pequeño, salario mínimo, control de algún precio, control de cambios, e inevitablemente se camina hacia la planificación central y la supresión del mercado[13].

La discusión sobre los monopolios es muy ilustrativa. De entrada, todos dan por descontado que la concentración es mala. Y es lógico, puesto que se supone que el buen funcionamiento de la economía depende de la competencia. Pero enseguida aparecen los matices. A Louis Marlio, empresario del aluminio, le parece que “la concentración de empresas es un fenómeno útil, favorable al desarrollo de la economía” –siempre que se produzca “bajo el signo de la libertad”, y no como consecuencia de un privilegio legal. Nadie le lleva la contraria. Rüstow dice que hay una tendencia a la concentración por motivos económicos, “inmanente y legítima en un sistema competitivo”, que no tiene nada que ver con la tendencia “monopolista, neo-feudal, predatoria” que depende del Estado; según él, el mercado produce “el grado óptimo de concentración”, que nunca es el máximo[14]. En contra de Röpke, Mises hace un alegato firmísimo en contra de los monopolios: “en un mercado libre no hay ninguna fuerza que conduzca a la formación de monopolios”, de modo que los que hay son producto del Estado; después de las intervenciones de Marlio, Detoeuf, Rüstow, propone distinguir entre “la tendencia natural de la economía hacia la concentración” y la formación de monopolios –el problema “no es el monopolio de producción o venta, sino la existencia de un precio monopólico”.

Engarzado en la conversación sobre los monopolios hay un breve intercambio entre Auguste Detoeuf y Ludwig von Mises que resulta muy revelador. Se trata de la nacionalización de los ferrocarriles. Según Mises, ya no tiene sentido porque “las autopistas y… los aviones tienden a reemplazar al ferrocarril”. En contra, Detoeuf argumenta que el Estado “no podía hacer otra cosa”: tuvo que hacerse cargo de ellos, cuando las empresas estaban en quiebra, “para evitar la ruina de una buena parte de la población”[15]. Me interesa el diálogo, un episodio menor en el coloquio, por el contraste entre los dos registros: en el nivel de abstracción de Mises, hay una mercancía llamada “transporte”, y da lo mismo quién o cómo la ofrezca, un avión o un automóvil son sustitutos del tren; para Detoeuf, en cambio, el ferrocarril es algo concreto: un hecho social, que tiene consecuencias demográficas, territoriales, productivas –por cuyo motivo, la quiebra de las empresas amenazaba con arruinar a la mitad de la población francesa. No porque no hubiese transporte, sino esa forma concreta de transporte que es el ferrocarril.

Como es lógico, deriva de la crisis del 29, se habla mucho de salarios, desempleo, sindicatos, seguridad social. El acuerdo al que llegan finalmente, cuando se trata de definir la agenda, es que debe haber algún sistema de seguridad social. La propuesta es de Lippmann: el orden liberal “no excluye que una parte del ingreso nacional se destine a propósitos colectivos”, entre ellos la seguridad social, los servicios sociales y la educación. No piensa que el fondo sea discutible, por eso se preocupa sobre todo de los detalles técnicos del arreglo fiscal. Los demás aceptan la idea en la última sesión sin mayores discusiones, pero sin prestarle tampoco mucha atención. En realidad, las diferencias son serias, insalvables, de hecho. Lippmann, Marlio, Condliffe, piensan que hay que hacer algo para paliar las consecuencias adversas del funcionamiento del sistema económico: “desde un punto de vista económico, dice Marlio, eso son sólo ‘perturbaciones’, pero desde un punto de vista humano y social son males y pérdidas, daños”. Y algo hay que hacer para remediarlos.

La postura de Rueff es muy distinta. Porque no piensa que esos daños sean producto del funcionamiento normal del mercado, sino de la interferencia de los gobiernos. Según su argumento, la crisis “ha sido tan amplia por todo lo que se ha hecho para tratar de frenarla”; el desempleo, en particular, es consecuencia de que el Estado haya intervenido para “mantener el nivel de los salarios”, alternado el mecanismo de los precios; en resumen: “todas las intervenciones del Estado en el terreno económico tienen como consecuencia el empobrecimiento de los trabajadores”. Y por eso no le entusiasma ninguna forma de gasto social. Mises y Hayek remachan la misma idea: “el desempleo, como fenómeno masivo y de larga duración, es la consecuencia de una política que pretendía mantener los salarios en un nivel más alto del que resultaría de las condiciones del mercado” –dice Mises; en cuanto al seguro de desempleo, Hayek afirma que un sistema generoso tendría como consecuencia que “los trabajadores no buscarían empleo”, y por lo tanto propone como modelo las leyes de pobres de Inglaterra.

En todo caso, cuando se trata de establecer la agenda concreta, en la última sesión, no se habla del asunto.

La discusión más interesante, desde un punto de vista filosófico, la de más calado, es la que sostienen Rüstow y Mises sobre el significado último de la crisis. Es la sesión dedicada a las causas psicológicas, sociológicas, políticas e ideológicas de la decadencia del liberalismo. En la ponencia inicial expone Rüstow las tesis básicas del “ordoliberalismo”[16], es decir, que la crisis no es sólo económica, sino vital, manifiesta la carencia básica del sistema liberal, que es un mecanismo de integración profunda, porque “no sólo de pan vive el hombre”. Y pone como ejemplo la satisfacción del campesino, que vive de su tierra, “una tierra que ha heredado y en la que piensa morir, legándola a sus descendientes” –y la insatisfacción de los obreros de las fábricas modernas.

La reacción de Mises es tajante, áspera. En resumen dice que no hay más que la economía, y que los demás factores son irrelevantes. Dice que la idea de que los campesinos sean más felices es “un prejuicio romántico”, desmentido por el hecho de que millones de campesinos han abandonado el campo para vivir en las ciudades, y trabajar como obreros. Rüstow explica bien el desencuentro: “es innegable que en nuestro círculo están representados dos puntos de vista diferentes […] algunos piensan que no hay nada fundamental que criticar o cambiar en el liberalismo… Otros buscamos la responsabilidad de la decadencia dentro del propio liberalismo”.

A lo largo de todo el coloquio, la actitud de todos es parejamente elitista. Son constantes las alusiones a “las masas”, todas despectivas: “las masas están dispuestas a abandonar su libertad” (Rougier), “las masas desnutridas se entregan completamente al dictador” (Marlio), “las masas tienen cierta inclinación hacia la crueldad, la venganza y hasta el sadismo” (Mises), “el espíritu de imitación, que es típico de la masa” (Baudin). Están en el ambiente, es palpable, las ideas de Ortega y Gasset[17]. Castillejo habla de la responsabilidad de la “minoría rectora”, de la necesidad de “elevación moral de las minorías dirigentes”. En general, el problema que se les plantea es el de la ignorancia de las masas, su incapacidad para entender los problemas económicos, y por eso se proponen educarlas (y educar también a las elites, por cierto).

No es sorprendente el elitismo. Están convencidos, todos, de que hay una manera correcta de entender los asuntos económicos, una manera correcta, científica, de organizar la economía.

Ahora bien, por ese camino llegan a una crítica explícita de la democracia. La anuncia Castillejo en su primera intervención: “cuando la democracia se vuelve absoluta… el liberalismo es también anti-democrático”. No es difícil sentir también ahí un eco de Ortega: “liberalismo y democracia son dos cosas que empiezan por no tener nada que ver entre sí, y acaban por ser, en cuanto tendencias, de sentido antagónico”[18]. La crítica es general. Los alemanes, Röpke y Rüstow, siguiendo las ideas de Carl Schmitt, ven el peligro de que en un régimen pluralista el Estado sea capturado por intereses particulares. Marjolin teme sobre todo la influencia política del proletariado: “en cuanto el proletariado adquirió suficiente poder para ejercer presión sobre el Estado de manera determinante, el liberalismo estaba condenado”. Rougier distingue la “democracia liberal”, fundada en el respeto al derecho, de la “democracia socializante”, fundada en la noción de la “soberanía popular”, que mediante la demagogia desemboca en el totalitarismo.

La democracia liberal, la que preconizan todos ellos, está fundada en el derecho, un derecho que escapa a la “soberanía de la masa”. No está claro el fundamento que pueda tener ese derecho. Pero sí que en términos prácticos tiene que poner límites a lo que la mayoría puede decidir con respecto a la organización económica.

El programa neoliberal está completo.

 

Nota sobre la traducción

El texto que tenemos es la transcripción estenográfica de las discusiones del coloquio. Es decir, que las intervenciones están resumidas, a veces de un modo esquemático, y eso hace que algunos detalles sean difíciles de entender en ocasiones. Y desde luego, es claro que al conjunto le falta la agilidad de la expresión verbal, la claridad de las exposiciones escritas. A pesar de eso, el resultado es notable. Es un texto ágil, claro, que se lee con facilidad –y que refleja bien el clima de la conversación.

En 1939 se publicó una versión en francés (para la primera sesión del C. I. R. L.) y más tarde una traducción al inglés. Sumamente difíciles de localizar en la actualidad. Se nota que fue un trabajo hecho deprisa, porque hay numerosos errores en las dos versiones, errores de transcripción, de traducción, frases incompletas, inconsistencias. La versión que ofrezco está basada fundamentalmente en la versión inglesa de 1939, cuya copia me ofreció generosamente Eduardo Nolla, un ejemplar incompleto de la versión francesa, y una curiosa traducción al inglés de la versión francesa, presentada como apéndice en la tesis doctoral de Jurgen Reindhout, presentada en 2014, en la Universidad de Pensilvania[19].

En la edición original, de 1939, hay algunas acotaciones entre corchetes, en cursiva, con expresiones en francés: las he conservado tal cual, lo mismo que las dos o tres notas a pie de página. Aparte de eso, he añadido unas cuantas notas mías, las mínimas indispensables para identificar a los personajes que intervienen, para explicar alguna referencia histórica, y corregir algún error factual de los participantes o subrayar problemas de la argumentación que conviene no pasar por alto.

 

Fernando Escalante Gonzalbo

México, D. F. 15 de febrero de 2017.

 

 

[1] Las expresiones son conocidas: “Una dictadura puede autolimitarse, y una dictadura que se autolimita deliberadamente puede ser más liberal en sus políticas que una asamblea democrática que no tiene limitaciones” (cit. por Karin Fischer, “The influence of Neoliberals in Chile before, during and after Pinochet”, en Philip Mirowski y Dieter Plehwe (eds.), The Road from Mont Pélerin. The Making of the Neoliberal Thought Collective, Cambridge, Mass: Harvard University Press, 2009, p. 328.

[2] François Denord, “French Neoliberalism and its divisions”, en Mirowski y Plehwe (eds.), op. cit., p. 50.

[3] François Denord, “French Neoliberalism and its divisions”, en Mirowski y Plehwe (eds.), op. cit..

[4] Ibidem., p. 47

[5] Richard Cockett dice que asistió “el prominente filósofo político Raymond Aron” (Cockett, Thinking the unthinkable. Think tanks and the economic counter-revolution 1931-1983, Londres: Harper Collins, 1995, p.9). También lo menciona Bruno Amable (Amable, “Morals and Politics in the ideology of neoliberalism”, Commonalities of Capitalism, 9 (1), 2011). Daniel Stedman Jones señala a Aron entre los asistentes al Coloquio, y también entre los fundadores de la Sociedad Mont Pélerin (Daniel Stedman Jones, Masters of the Universe. Hayek, Friedman and the birth of Neoliberal Politics, Princeton. Princeton University Press, 2012, p. 31). François Denord ofrece más detalle, dice que Rougier hablaba de “los jóvenes del Congreso” para referirse a Mantoux, Marjolin, Piatier y Raymond Aron (F. Denord, “Aux origines du néo-libéralisme en France. Louis Rougier et le Colloque Walter Lippmann de 1938”, Le Mouvement Social 2001/2 (no 195). María Eugenia Romero añade que Aron fue el secretario de la reunión (María Eugenia Romero, Los orígenes del neoliberalismo en México. La escuela austriaca, México: FCE, 2015, p. 36).

[6] Por ejemplo, su crítica del programa económico del gobierno del Frente Popular francés, R. Aron, « Réflexion sur les problèmes économiques français », Revue de Métaphysique et de Morale, no 4, 1937.

[7] Nicolas Baverez, Raymond Aron. Un moraliste au temps des idéologies, Paris: Flammarion, 1993.

[8] Raymond Aron, Mémoires, Paris: Robert Laffont, 2003, p.167. Por cierto: tampoco menciona en ningún momento la Mont Pélerin Society, ni la reunión en Suiza de 1947.

[9] Ibidem., p. 242.

[10] Javier Zamora, biógrafo de Ortega, me dice que efectivamente fue invitado, pero que no hay constancia en la correspondencia de la negativa de Ortega.

[11] Javier Zamora Bonilla, Ortega y Gasset, Barcelona: Plaza y Janés, 2001, p.431.

[12] El anschluss, es decir, la incorporación de Austria a la Alemania nazi, se produjo el 12 de marzo de 1938. Es claro que ninguno de los asistentes era partidario ni del nazismo ni probablemente de la anexión de Austria. Pero el tono de las intervenciones sugiere que hay una tensión entre unos y otros. Perfectamente entendible, por lo demás.

[13] Por supuesto, es un argumento contra las políticas keynesianas, contra la economía mixta. Un argumento falaz, como señaló el propio Keynes en una carta a Hayek. Las dos formas puras: o solo mercado o solo Estado son posibilidades lógicas, que no pueden existir en la práctica –Hayek lo dice explícitamente. Por lo tanto, siempre habrá alguna combinación, con mayor o menor participación del Estado. Pero las diferencias serán cuestión de grado, nada más.

[14] Por supuesto, ese “grado óptimo” es puramente teórico, que resulta de la idea de que el mercado produce resultados óptimos. En estricto sentido, es una petición de principio.

[15] Detoeuf, ingeniero general de puentes y caminos, ha sido director del puerto de Estrasburgo y miembro de la comisión de vías navegables, y fundador de la empresa ferroviaria Alsthom.

[16] Es una tradición de pensamiento característicamente alemana, cuya idea central es que es necesario recuperar los valores de la sociedad tradicional, que ha sido devastada por la sociedad industrial, la masificación. Según una formulación de Wilhelm Röpke: “es muy importante disponer de una economía bien ordenada, productiva y justa, pero es por lo menos tan importante el cómo les va en ella a los individuos desde el punto de vista moral, espiritual y del de todos aquellos aspectos que dan auténtico sentido a la vida y son el supuesto previo de su felicidad”, Röpke, La teoría de la economía, Madrid: Unión editorial, 1988, p.247. Fue muy obviamente una respuesta a la profunda crisis de la República de Weimar, y en la posguerra daría lugar a lo que se llamó “economía social de mercado”, según la expresión de Alfred Müller-Armack.

[17] La traducción inglesa de La rebelión de las masas se publicó en 1932, la traducción francesa en 1937 (por lo visto, gracias a gestiones de Raymond Aron).

[18] José Ortega y Gasset, “Ideas de los castillos: liberalismo y democracia” [El Espectador, 1926], Obras completas, Madrid: Alianza editorial, 1993, vol.2, p. 424.

[19] Jurgen Reindhout, “Jacques Rueff theory of order in the context of early neo-liberal political thought”, Ph. D. Dissertation, Political Science, University of Pennsylvania, 2014. Dice Reindhout que, hasta donde tiene noticia, la suya es la primera versión en inglés de las actas del Coloquio Lippmann: “Al traducir el Coloquio Walter Lippmann, confío haber hecho una modesta contribución, al hacer más accesible para los investigadores anglófonos una importante fuente primaria para el estudio del pensamiento neoliberal” (p.122).