Barroco político

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Nuestra vida pública atraviesa por un periodo barroco: proliferan las organizaciones, siglas, redes, asambleas, membretes de significado más o menos ambiguo o incomprensible; domina un lenguaje alusivo, circular, grandilocuente, deliberadamente equívoco. Todo es excesivo, aparatoso. El conjunto ofrece la imagen de un movimiento retorcido, teatral, de contrastes imposibles, una acumulación de adornos, apósitos y huecos, falsas columnas y falsos vacíos que dan la idea de un enorme –festivo, trágico—dispendio de energía improductiva. Como sucede siempre, contra el barroco, contra la estética del exceso se esgrime el ideal clásico: líneas simples, perfiles nítidos, serenos, transparencia y exactitud, sobriedad, reglas de absoluta solidez.

El barroco aparece en cualquier texto de un periódico: incluso en la redacción de las noticias hacen falta comillas a cada paso, adjetivos, elipsis, acrobacias gramaticales para decir que las palabras significan otra cosa. Gobierno, presidente, pacífico, gabinete, legitimidad, representación, democracia, conflicto, todo necesita una apostilla porque puede no ser lo que parece (y seguramente no es lo que parece, ni se llama así). Aparece también en las formas de organización. El obradorismo, por ejemplo, excedió al PRD y desdobló su organización mediante las Redes Ciudadanas; durante la campaña se mudó en Alianza por el Bien de Todos y después ha producido sucesivamente la Convención Nacional Democrática y el Frente Amplio Progresista, aparte del gobierno legítimo: inicia ahora la integración de una Red Nacional de Ciudadanos, todo ello declaradamente al margen e incluso en contra de las instituciones, pero con registro y dinero y apoyo de las instituciones.

Hay el barroco del gobierno que pide la continuidad del cambio y el diálogo permanente para negociar lo que no puede negociarse mientras se organiza el desalojo pacífico a trancazo limpio de quienes se manifiestan pacíficamente a base de pedradas y bombas de gasolina. Hay el barroco de Oaxaca. Según su información oficial, la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca reúne a “365 organizaciones sociales, ciudadanos a título individual, representantes de ayuntamientos populares, de los sectores de todo el estado” que decidieron sumarse a la lucha de la Sección 22 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y la Promotora por la Unidad Nacional contra el Neoliberalismo, con “una demanda única: la salida del Tirano, Ulises Ruiz” (conforme al procedimiento legal, es decir, mediante la desaparición de poderes); eso no obsta para que, de paso, se busque un arreglo para el conflicto laboral de los maestros y se instalen unas fantasmales mesas de diálogo con el gobierno federal, que no tiene recursos legales para atender esa demanda única (algo más habrá que atender). Ya en posesión de la calle, la APPO organiza una policía ministerial y ejerce una espectacular justicia popular (y discretamente, después de la humillación pública, entrega a los delincuentes –y espías y traidores—al ministerio público del Tirano: ¿qué otra cosa iba a hacer?). Declara que sus exigencias no son negociables, pero dice que reiniciará el diálogo con el gobierno federal en cuanto se hayan cumplido (para dialogar sobre otras cosas, se entiende); anuncia una ofensiva política, bloqueos carreteros y toma de ayuntamientos, pero reclama enérgicamente que se respete la autonomía universitaria (no hacía falta, por lo visto: la Policía Federal Preventiva respeta mucho la autonomía universitaria). Para lo que sea necesario los diputados del PRD en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal han dicho que entregarán dos días de su salario a la APPO, que está en plena organización de la Asamblea Nacional de los Pueblos de México (que muy bien podría sumarse a la Red Nacional y a la Convención y el Frente y la Promotora y el gobierno legítimo).

No es un puro desorden, aunque lo parezca. No es tampoco la Revolución ni el gobierno del Pueblo. Ese barroco político tiene sentido: pone de manifiesto las limitaciones del orden institucional, desbordado por todas partes, y a la vez deja ver la solidez de un Estado extraño, que produce la informalidad y es capaz de parasitarla además. El barroco habla de la necesidad de decir cosas diferentes con los mismos signos, decir cosas imposibles. Es subversivo y profundamente conservador: produce incertidumbre, produce orden. Hoy por hoy la oposición se finge gobierno mientras el gobierno sigue en campaña, resulta imposible saber qué está dentro y qué fuera del Estado, dónde termina el Pueblo y empieza la Burocracia (alguna, cualquiera de las burocracias); por otra parte, los diputados cobran su quincena (y regalan algo de ese dinero para crear formas de representación legítimas), los maestros cobran su quincena (y tienen un desahogo para seguir en la lucha, sin el riesgo de que los expulsen del Sindicato), y el gobierno instala una mesa de diálogo cada día (que siempre será más barato y más sencillo que gobernar) y expide órdenes de aprehensión para poder anularlas, como voz auténtica del Pueblo Soberano.

Ponga usted las comillas a su gusto, en las palabras que prefiera, para que el párrafo anterior diga una cosa o la contraria. Úselas también para hablar de los atentados con explosivos del lunes.

La semana pasada, en el Excélsior, hablaba Claudio Lomnitz de los riesgos de esa mimesis de sociedad y estado: “La sociedad mexicana necesita defender su Estado. Pero para esto se requiere una discusión colectiva acerca de cómo y para qué sirve el Estado”. No es poca cosa: nos hemos pasado un par de siglos tratando precisamente de evitar ese tipo de preguntas. No obstante, creo que Lomnitz tiene razón. La elegancia clásica de esa distinción entre Estado y Sociedad es tanto más importante cuanto más difícil resulta de conseguir: el barroco es un exceso de vitalidad, como el cáncer, y en la coyuntura actual (la nuestra y la del mundo entero: estados en retroceso, billones de dólares virtuales en especulaciones a futuro y sin fronteras, redes transnacionales de tráfico de cualquier cosa) esa zona de sombra se vuelve particularmente peligrosa. El fantasma es una sociedad que practica impune e irresponsablemente la violencia, disfrazada de Estado (Somalia, Líbano, Palestina) y un Estado que se extravía en las redes de la informalidad (Congo, Angola, Sierra Leona).

Hace tiempo que Antonio Azuela ha demostrado con ejemplos elocuentes –y a veces muy divertidos—que la propensión al barroco está en la legislación mexicana posrevolucionaria, empezando por la Constitución. Sin ir más lejos, en el ejido: una forma de propiedad que tiene también atribuciones de gobierno. También en los procedimientos de regularización de tenencia de la tierra. Está en el orden político del priísmo clásico, que necesitaba formas de representación más inmediatas y más flexibles, excesivas, pero que finalmente remitían al orden establecido (no es lo mismo exigir justicia, sin más, que argumentar a partir de una interpretación verosímil de un artículo del texto constitucional). Acaso el barroquismo se haya exacerbado en los últimos tiempos precisamente porque hay mucha gente en el gobierno y en el congreso y en los medios de opinión que –por ingenuidad o por ignorancia llana y simple—se aferra al ideal clásico como si tuviera una vigencia indiscutible. Y no.

Es posible imaginar un gobierno de traza clásica: ninguna mesa para negociar el incumplimiento de la ley, ningún subsidio para los amotinados, ninguna tolerancia con la ocupación violenta de espacios públicos ni con los atropellos de la justicia popular. Ningún descuido respecto al uso de los recursos públicos usados para mantener la subversión. Sería un gobierno sin vínculos oscuros –discretos, secretos—con empresarios, narcotraficantes, banqueros, un gobierno que no se prestara para hacer negocios particulares y que tuviera una relación transparente con representantes electos. No es posible imaginar el resultado. No un buen resultado al menos, o no por ahora. Nuestra vida pública atraviesa por un periodo barroco y no por casualidad. Hay necesidades expresivas –de representación, de identidad y de protesta—que sólo se satisfacen en ese exceso, hay también funciones de gobierno que requieren la teatralidad y el equívoco.

El barroco es magnífico y desconcertante: colorido, enfático, agitado, laberíntico, de expresión densa, compleja y elusiva. Es la cultura de los periodos de decadencia.

 

La Crónica de hoy, 8 de noviembre de 2006