Chomsky

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En su momento, hace unos diez días, leí por encima el texto de la conferencia que dictó Noam Chomsky en la UNAM. Me pareció básicamente insulso, superficial; agresivo, beligerante, pero trivial. Me encuentro ahora en La Jornada un elogio de Víctor Flores Olea: “Sus conferencias, las pocas veces que he tenido la suerte de escucharlo, se asemejan a un concierto de órgano de Bach: la maciza construcción modulada se acerca a los sentidos y nos llega en oleadas de razonamiento irrefutable.” Sí, se refiere a Chomsky. No sólo dice que sus razonamientos sean irrefutables, sino que a él le suena como Bach. Si hubiera dicho que Silvio Rodríguez, todavía, Carlos Puebla, pero ¿Bach? Por puro amor a las Variaciones Goldberg, me siento obligado a leer de nuevo el texto de Chomsky.

Y es peor. Leído con calma resulta ser una versión para niños de alguna teoría del imperialismo de principios del siglo pasado. Blanche Petrich hace una crónica entusiasta en La Jornada; cuenta lo que oyó: “Ideas sorprendentes como la de Barack Obama, presidente de Estados Unidos, descrito como una mercancía con una mercadotecnia tan exitosa, que el año pasado mereció el primer lugar en campañas promocionales… Tan vendible como una pasta de dientes o un fármaco”. Seguramente es verdad que encontró sorprendente la idea: uno se pregunta dónde habrá estado los últimos cuarenta años. Hay libros dedicados a estudiar la influencia de la mercadotecnia sobre las campañas electorales desde los años cincuenta, literalmente cientos de libros, incluso revistas especializadas. La analogía es hoy perfectamente trivial.

Sí tiene interés, sin embargo, el contexto en que habla de ello Chomsky. Según su explicación, “los arquitectos de las políticas públicas” necesitan “controlar las actitudes y las opiniones”, de modo que se dedican a “socavar la democracia, creando votantes desinformados que tomarán decisiones irracionales”. En el caso de Obama, fueron los banqueros: “debimos haber anticipado que los intereses de las industrias financieras tendrían prioridad para el gobierno de Obama”, puesto que “fueron sus principales proveedoras de fondos”. Ni crisis ni nada. Sencillamente, Obama obedece a sus jefes.

Es una de las claves de la interpretación de Chomsky: “los principales arquitectos de las políticas públicas” son “las instituciones financieras y las corporaciones transnacionales”. Las elecciones son “montajes espectaculares”. La democracia, los debates del congreso, los jueces, son menos que la superestructura marxista, una nada. Así, despojado de su falsa complejidad, el mundo se entiende mucho mejor.

Estados Unidos define su política exterior a partir del “principio de la Mafia”: no tolera “que nadie lo desafíe y se salga con la suya”. Y la misma explicación sirve para la Cuba de Castro, el Chile de Allende y el Irán de Jomeini: ¡y pensar que hay estudiantes, seguramente muchos en el público, que se pasan años estudiando relaciones internacionales! ¡Con lo fácil que es!

Armado con ese poderoso aparato conceptual pasa Chomsky a explicar la historia del último medio siglo. Lo de los años recientes es de una simplicidad deslumbrante: el pretexto de la “guerra contra las drogas” y el de la “responsabilidad de proteger” por motivos humanitarios sirven para justificar cualquier intervención estadounidense en el mundo. Resulta vagamente tranquilizador pensar que no hay ningún problema real, que la diplomacia internacional no ha enfrentado en realidad decisiones trágicas con respecto a Bosnia, Darfur o Ruanda. No hay más voz que la del Padrino ni otra cosa sino sus siniestros intereses.

¿Y México? Bien: Chomsky tiene para ofrecer lo que a Blanche Petrich le parece “un dato puntual, asombroso”. Según lo cuenta, “los participantes de un taller” para el “desarrollo de estrategias” celebrado en el Pentágono en 1990 concluyeron que era necesario neutralizar el riesgo de una “apertura a la democracia” y que podría hacerse mediante un tratado de libre comercio. No dudo que haya sucedido, pero ¿qué “participantes” dijeron concretamente qué? Estamos obligados a suponer que los congresistas estadounidenses fingieron que discutían y muchos fingieron que protestaban, mientras el gobierno mexicano fingía que tenía algún interés en el tratado. Todo se decidió en un taller del Pentágono. Asombroso, sí.

No tiene mucho caso seguir: el resto es igual. Es un poco triste, eso sí, que la izquierda mexicana necesite como inspiración algo así. Mucho más ramplón y superficial que cualquiera de las caricaturas que publica habitualmente La Jornada. Es un poco triste que una tradición intelectual poderosa, compleja, brillante, venga a disolverse en una teoría conspiratorial de segundo orden, con un malo de película: el Padrino. El auditorio estaba a reventar.

 

3 de octubre de 2009