Costa de Marfil

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África nos queda muy lejos. Es raro que se le preste atención si no hay una catástrofe. Incluso entonces es difícil comprender lo que sucede, salvo que se trate de un tema tan obvio como el apartheid. Las pocas noticias que llegan resultan confusas, incoherentes, los conflictos se parecen todos y no se entiende ninguno. Tampoco importa. Estamos predispuestos para no entender. A la simplificación de los medios, que seguramente es inevitable, se une un viejísimo racismo, de modo que antes de leer las noticias sabemos que se refieren siempre a oscuras rivalidades entre tribus, envenenadas por odios ancestrales. De hecho, todo lo que pasa en África nos parece ancestral e incomprensible. Sucede en estos días con la crisis en Costa de Marfil: hay motines, un cuerpo del ejército francés, la apresurada evacuación de los europeos residentes, la guerrilla del norte y un precario gobierno, los akan contra los mande. Hay mucho más, por supuesto, y no es inútil tratar de entenderlo.

En breve: el conflicto de Costa de Marfil se refiere a la naturaleza del estado y la definición de los derechos de ciudadanía. En sus rasgos fundamentales es muy similar a las demás crisis políticas posteriores a la Guerra Fría. Implica una metamorfosis de la oposición entre derecha e izquierda, la politización de diferencias étnicas, implica la movilización de nuevas alianzas internacionales y una competencia por el control de materias primas, fuentes de energía, empresas privatizadas, redes legales e ilegales de tráfico de armas, drogas, divisas. En mucho, es una crisis típica, como la de los Balcanes, como la del Cáucaso y muchas otras que veremos en el futuro próximo.

Costa de Marfil fue hasta 1999 un modelo de estabilidad en la región. Tras la independencia, el presidente Félix Houphouët-Boigny estableció un régimen autoritario, de partido único, básicamente alineado con Francia. La economía tuvo a su favor durante mucho tiempo los altos precios internacionales del café y el cacao: hubo crecimiento y empleo y una relativa prosperidad a pesar de las famosas extravagancias del presidente vitalicio, que entre otras cosas construyó un palacio descomunal, campos de golf y la iglesia católica más grande del mundo en su pueblo natal, Yamaossoukro. El país se convirtió en un refugio muy atractivo para la migración de los países vecinos: Mali, Guinea, Burkina-Fasso. Tanto que en la actualidad los inmigrantes representan al menos una cuarta parte de la población de Costa de Marfil; Houphouët-Boigny les otorgó derechos de ciudadanía: para ampliar su base de apoyo, sin duda, también para hacer gobernable una sociedad así constituida.

La crisis actual se gestó a mediados de los noventa, cuando coincidió la muerte de Houphouët-Boigny con una grave depresión económica y cuando comenzaron a repartirse los negocios de la privatización de las empresas públicas. El sucesor, Henri Konan Bedié, nunca tuvo la autoridad del primer presidente. Intentó consolidar su posición adoptando la retórica de un nuevo nacionalismo, de base étnica. En una elección confusa en el año 2000, tras un golpe de estado, Bedié entregó el poder a un viejo opositor de Houphouët-Boigny, el líder izquierdista Laurent Gbagbo, dirigente del Frente Popular de Costa de Marfil (FPI). Es el presidente actual.

Lo que sigue casi no necesita explicación. El presidente Gbagbo no hizo más que radicalizar el nacionalismo étnico de la marfilidad, que podía asimilarse en algunos extremos a la retórica tradicional de la izquierda: primero, en su hostilidad hacia Francia, explicada en clave antiimperialista; después, en una política de “recuperación de la tierra” para los marfileños. En lo fundamental era una política dirigida contra los inmigrantes, sobre todo los burkinabes, a los que se ha despojado de la ciudadanía y en la práctica también de los derechos de propiedad. Progresivamente, la oposición entre nacionales y extranjeros se ha ido asimilando a una oposición religiosa entre los musulmanes del norte del país, muchos de ellos llegados de Mali y Burkina-Fasso, y los cristianos del sur, partidarios del presidente Gbagbo. En el otro polo del conflicto está Alassane Ouattara, que fue ministro de Houphouët-Boigny: musulmán, nacido en Burkina-Fasso, animador del Movimiento Patriótico de Costa de Marfil (MPI), gestor de las políticas de ajuste económico de principios de los noventa, amigo de Francia y partidario –por supuesto- de una ciudadanía abierta. Ocupa actualmente la mitad del territorio, cuyo frente se ha estabilizado por la presencia de las tropas francesas. También él ha comenzado a politizar las diferencias religiosas: después de todo, una tercera parte de la población es musulmana.

Hay una dimensión internacional del conflicto. Están las secuelas de la interminable guerra civil de la vecina Liberia en la que intervino el gobierno marfileño, apoyando a Charles Taylor; como resultado, quedan en la región redes de guerrilleros, mercenarios y traficantes de armas dedicados al negocio de la guerra. Están, por otra parte, los intereses económicos de Francia que, junto con Burkina-Fasso, apoya casi sin disimulo a Ouattara.

En muchos sentidos, la crisis de Costa de Marfil es ejemplar. Según los criterios internacionales, la economía funciona a pesar de todo: los vínculos entre negocios formales, informales e ilegales permiten que incluso la guerra resulte lucrativa. Francia protege sus inversiones. Los políticos locales –cortos de miras, ambiciosos, sin escrúpulos- radicalizan sus posiciones con una retórica populista, fabrican un antagonismo étnico y tratan de aprovechar las redes de la delincuencia organizada. Veremos muchos otros enfrentamientos similares en las próximas décadas. También entre nosotros. Eso que parece una confusa carnicería de odios ancestrales es seguramente el rostro del futuro.

 

La Crónica de hoy, 17 de noviembre de 2004