Sobre el desamparo

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Siempre me sorprende oír que alguien lee para evadirse, por huir de la vida, o que lee sólo por distracción; me suena raro, lo mismo que la separación que suele hacerse entre la literatura y la vida, como si fuesen cosas tan distintas. Para mí, al menlos, es justo al contrario. La primera razón por la que quiero que me cuenten una historia es la posibilidad de adentrarme en la vida: leo para entenderme, para saber qué significa el miedo cuando siento miedo, qué significa la angustia, el entusiasmo infantil de otras veces. Una novela me llama la atención, me absorbe y llega a serme necesaria porque consigue darle forma al espanto, al deseo, porque me permite asomarme a la conciencia de los demás, entender algo de sus motivos, y porque me ayuda a descubrir a todos esos otros que soy yo. Dicho sin tantas vueltas, me apasionan las novelas cuando siento que hablan de mí, como me emocionaba de niño pensar que a un señor tan importante, que incluso escribía libros, le hubiese pasado lo mismo que a mí.

Supongo que es natural: un enamorado quiere leer historias de amor y enterarse de cómo terminan; quien está en pleno naufragio en un divorcio lee historias de desamores y separaciones, y por supuesto que quiere enterarse de cómo terminan. Para eso se escriben los libros y para eso se contaban las historias antes de que hubiese libros. El mundo ha sido siempre un hogar difícil: con frecuencia oscuro y amenazador, tan oscuro como nuestras emociones, tan espantoso a veces como la conciencia de estar vivos; las historias nos sirven, lo mismo que a los niños, para aliviarnos del miedo, para acostumbrarnos a la oscuridad. También a nuestra oscuridad. Nos dan palabras, cuando nos faltan palabras, y ejemplos y casos y personajes para mirarnos en ellos.

Para eso está también la ciencia, desde luego, y esa forma menor, degradada, de la ciencia que es la literatura de autoayuda, pero difícilmente ofrecen consuelo: la vida no es tan simple. Cuanto más exacta es una teoría, cuanto más entusiastas son los consejos de un manual, más remotos resultan. Por mi parte, al menos, soy incapaz de ver mi propia experiencia reflejada en una estadística o entenderla gracias a una fórmula química, y la cháchara paternalista sobre la autoestima me parece una tomadura de pelo. Prefiero las historias, las que son buenas, porque no explican nada, no argumentan, no tratan de resolver un misterio como trata de hacerlo una teoría, sino que nos dejan ver el significado del misterio, transparente e impenetrable. Como la vida.

El misterio, por ejemplo, del desamparo: la sensación de estar extraviado viviendo una vida ajena, incomprensible; descubrirse de pronto sin asideros, haciendo lo mismo de todos los días, con la serena conciencia de que es absurdo. Sin siquiera la ilusión de romper con todo, fugarse, irse al otro lado del mundo. Porque quien se siente verdaderamente desamparado sabe que no hay otra vida ni otro mundo. Entonces las explicaciones no sirven, las teorías no sirven. Pero están las historias, las vidas posibles de esos otros que somos, con su oscuridad, con todas sus complicaciones; si hay suerte, resulta que uno se siente menos solo, menos ridículo. En todo caso, siempre es tranquilizador ir leyendo y poder decir: sí, eso mismo me pasa a mí.

El desamparo es un sentimiento difícil de explicar: es demasiado vulgar, tal vez, o demasiado obvio para que hablen de él los libros de sicología; es difícil de confesar también, porque uno sabe, cuando se siente desamparado, que eso no le importa a nadie. Hay muchos modos de estar solo y de sentirse solo: está la soledad de los héroes, por ejemplo, que es admirable, como la soledad intensa y turbulenta de los enamorados; el desamparo es otra cosa, es una soledad cotidiana y ruidosa, irreparable, la de la vida común y corriente que de pronto se queda desenfocada, se vuelve incomprensible y ajena y vagamente hostil.

Hay muchas imágenes del desamparo, pero entre ellas una me acompaña desde hace tiempo y por alguna razón me consuela: la imagen de Gimpel, el tonto, mirando pacíficamente el mundo, una vez que lo ha abandonado todo. Desengañado, con una amarga y frágil tranquilidad; en paz, como uno querría estar a veces, cuando ya no queda ninguna de las grandes esperanzas. Cuando se cae en la cuenta de que la vida era una estafa y que no hay a quien culpar. “Gimpel, el tonto” fue lo primero que leí de Isaac Bashevis Singer, hace acaso veinte años; es un cuento amable y triste, sabio, que he vuelto a leer no sé cuántas veces y siempre con la misma fascinación, con el mismo, irreprimible amor por ese personaje extraordinario que reacciona casi como yo, que se siente casi igual que yo y que en el fondo es bueno, como querría ser yo.

Por supuesto, Gimpel no es tonto, no más que cualquiera, sólo que resulta fácil de engañar porque está siempre dispuesto a creer en lo que dicen los demás. Sabe que se ríen de él porque resulta ridículo, pero no puede hacer nada por evitarlo. No podría o no querría vivir de otro modo. Sabe que su esposa Elka lo engaña, como lo engañan todos, pero no es capaz de enojarse: él quiere con su cariño tonto a la esposa infiel y a todos esos hijos que no son suyos.

Gimpel no es tampoco un santo. Es un hombre pacífico, que quiere vivir sin dobleces ni complicaciones, sin hacerse muchas preguntas. Cuando muere Elka, y le obliga a escuchar la cuenta de todas las mentiras, Gimpel se queda definitivamente desamparado, sin ilusiones. Sin poder vivir más en paz. Reparte todo lo que tiene entre los hijos que no fueron suyos, los bendice y se va. Ésa es la imagen que tengo grabada, la de Gimpel anciano, solo, contemplando una vida en la que nada ha sido suyo, en la que nada ha sido lo que parecía, y esperando la muerte –al menos eso, la muerte- con un resto de alegría. La verdad es que no sé si me consuela la final tranquilidad de Gimpel o solamente su tontería, ver reflejada en ella mi propia tontería, esta sensación de estar fuera de lugar, en un mundo demasiado complicado, incomprensible.

A todos nos pasa, supongo. No es de todos los días, pero sucede a veces que la vida se vuelve confusa, desordenada y agobiante, triste. Nada es enteramente sólido, nada se entiende muy bien: por qué esa sonrisa, por qué los gritos, por qué ese beso. Resuenan las voces con un eco imposible, los rostros adquieren un aire extraño, el menor trámite se vuelve aplastante. Uno se siente de pronto lejos, un poco tonto en medio de la prisa y la seguridad de los demás, que lo entienden todo perfectamente; uno se siente absurdo, desamparado. También es cierto que se sale de ahí casi siempre. Algo mínimo y urgentísimo nos pone enseguida a flote, porque hay que entregar un informe y hay que llegar antes de que cierren el banco y hay que preparar la cena; y están todos los demás, ahí al lado, que nos quieren tanto. Todo vuelve a ser como antes, salvo que no: nada es como antes.

Es una sensación extraña. Despertar una mañana después de un sueño intranquilo, como Gregor Samsa, y verse convertido en un monstruoso insecto. O ver a los demás convertidos en amables insectos, agitando sus patitas peludas, frotándose las antenas, haciendo crujir sus élitros con una felicidad maquinal: ¿a quién le dice uno eso? ¿Y decirle qué? Porque no suele haber ninguna tragedia, nada terrible; es algo tan vulgar como sentirse metido en una novela de Kafka, y acaso no en La metamorfosis sino en otra no tan amenazadora, América, por ejemplo: sentirse como Karl Rossman, ese muchacho de dieciséis años a quien sus padres mandaban a América porque lo había seducido una sirvienta que más tarde tendría un hijo suyo…

No sucede nada espectacular en la vida de Karl, nada espantoso, pero desde ese primer párrafo sabemos que está desamparado: viviendo a contrapié y sin querer, empujado por una serie de accidentes, como si lo moviese un mecanismo idiota. Nada va nunca del todo bien, pero las cosas funcionan; y no hay más que hacer, sino dejarse llevar. Ésa es, según yo, propiamente, la experiencia de lo kafkiano, no que el mundo sea disparatado y absurdo, sino que uno mismo es absurdo; el mundo está bien: está perfectamente bien, es uno el que no encaja.

Leyendo América se siente eso, se aprende eso. Las cosas funcionan, y la principal seguridad con que contamos todos, al fin y al cabo, la protección contra el desamparo es ese estado de semiinconsciencia en que se puede vivir, haciendo lo que debe hacerse como si fuera importante, como si nosotros lo hubiésemos decidido. Comienza por pensar que la vida vale la pena, decía William James, y esa idea contribuirá a que en efecto valga la pena. Bien. Pero cuesta trabajo convencerse de ello en uno de esos días en que uno se queda mirando el revés de la trama, pasmado, sin poder reconocerse en ese personaje que empuja el carrito del supermercado, que dice sí, por supuesto, que tiene que llegar temprano a casa, que se hace unas cuentas que no salen y dice que sí, por supuesto. Las cosas funcionan, pero uno está en otra parte o querría estar en otra parte.

No es fácil que hoy se haga nadie grandes ilusiones sobre su propia importancia; en el fondo sabemos todos que estamos de más, que las cosas funcionan por su cuenta y seguiría todo igual sin nosotros. Estamos acostumbrados a la idea de que somos prescindibles y podemos ser sustituidos por cualquiera, en lo que sea. Eso significa que somos razonables. Lo malo es sentirlo. Ver de pronto al mundo entero funcionando sin nosotros, allá lejos, sin que le falte nada; uno se siente entonces víctima de un engaño incomprensible, porque es verdad que estamos de más. Por eso tal vez nos apegamos tanto al Amor (con mayúscula) y a la Familia (con mayúscula también), porque podemos pensar que ahí somos indispensables. Hay quien encuentra el modo de resignarse y volver a ponerse en marcha más o menos decorosamente, como Karl Rossman; hay quien cede a la tentación de dejarse caer, como Gimpel, como Franz Tunda en Fuga sin fin, de Joseph Roth.

La historia de Tunda sí es emocionante, o debería serlo: es soldado y prisionero de guerra, participa en la Revolución Rusa, se enamora de una mujer, se casa con otra, se separa de ambas, cruza media Europa de ida y vuelta; pero es incapaz de creer verdaderamente en nada. Mira a los demás con una mezcla de asombro, tristeza y envidia, porque sabe que ese aplomo, esa seguridad, la comodidad y el sentido práctico le están negados. En Paris, en Viena, en Berlin, las cosas funcionan: Franz Tunda no hace más que dejarse caer. Así nos lo pone Roth a la mitad de la vida, con treinta y dos años y todo tipo de talentos: no tenía ni profesión, ni amor, ni alegría, ni esperanzas, ni ambición, ni siquiera egoísmo. Nadie en el mundo era tan superfluo como él.

En esos casos, los médicos suelen recetar un antidepresivo. Tienen razón. Y tiene razón el bueno de William James. Para vivir en paz hace falta ese punto de fantasía y de confusión mental que nos permite hacernos ilusiones. Por supuesto, a menos que uno sea una máquina o una bestia, cuesta trabajo mantener el equilibrio entre la pura idiotez y el desamparo; eso encuentro de fascinante en el relato de la vida de Efraim Nomberg, Fima, en la novela de Amos Oz: Fima no está absolutamente desencantado, pero tampoco es capaz de llevar una vida seria, sensata y acomodada; puede ver que a su alrededor todo es un disparate irreparable, pero sigue empeñado en que sea de otra manera, sigue queriendo cambiarlo a fuerza de razones, con un sentido común aplastante, infantil. Vive extraviado en una rutina ridícula, una parodia de la vida de todos, como conserje de una clínica, visitando diariamente a su antigua esposa y discutiendo con su padre, de pronto entusiasmado, iracundo, de pronto triste hasta dormirse de tristeza.

Fima tiene quebrada el alma, como Franz Tunda, pero todavía hace el esfuerzo de ilusionarse. Lo recuerdo viendo una película, preguntándose agobiado por qué los personajes se hacen tanto daño, por qué no sienten un poco de compasión: no le sería difícil explicarles, si lo escucharan tan sólo un momento, que para sentirse bien no necesitarían hacer otra cosa más que dejar en paz a los demás y tratar de ser buenos, hasta donde fuese posible. Es conmovedor y disparatado, como si Gimpel se empeñara en su tontería.

Todos podríamos ser o hemos sido alguna vez Gimpel, Fima, Karl Rossman, Tunda. Es posible que en eso se manifieste algo del desquiciamiento del mundo moderno, la melancólica aridez de una vida falta de sentido y falta de deseo, de cualquier cosa que la justifique, o bien una deficiencia en la producción de serotonina, un pequeño desequilibrio hormonal. Es posible, pero cuando uno se siente desamparado, no resulta de mucha utilidad saber nada de eso: lo que uno siente es siempre otra cosa.

Hay sobre todo algo que no se explica: el desamparo también tiene su seducción, también atrae como atraen los abismos. Secretamente lo sabemos todos. Por eso es tan inquietante, siniestro, ese breve relato de Nathaniel Hawthorne que se llama Wakefield: es la historia de un hombre común y corriente, sin mucha imaginación, sin grandes pasiones, con un trabajo ordenado y lo que se llama un matrimonio feliz, un hombre de vida moderada, de sentimientos fríos, rutinarios, que una tarde sale de su casa y no vuelve más. Desde un departamento, a una calle de distancia, se dedica a contemplar en secreto su casa, los ires y venires de su esposa, sus amistades, la vida que tendría que ser la suya y que sigue sin él, durante veinte años.

Es imposible explicar a Wakefield; también es innecesario. A todos nos pasa.

 

 

 

Hawthorne, Nathaniel, “Wakefield”, en The Complete Novels & Selected Tales of Nathaniel Hawthorne, Nueva York: The Modern Library, 1965.

Hawthorne, Nathaniel, Wakefield, México: Premiá editora, 1981.

Kafka, Franz. America, Madrid: Alianza, 1976.

Oz, Amos, Fima, Nueva York: Harvest, 1994.

Oz, Amos, La tercera condición, Barcelona: Seix Barral, 1994.

Roth, Joseph, Fuga sin fin, Barcelona: Icaria, 1979.

Singer, Isaac Bashevis, Gimpel, the fool and other stories, Nueva York: Farrar, Straus & Giroux, 2000.

Singer, Isaac Bashevis, Gimpel, el tonto . Barcelona: Plaza & Janés, 1979.