Desconfianza

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Se ha publicado hace unos días en Francia el resultado de una encuesta acerca de la confianza que inspira a los franceses una larga lista de instituciones.

El resultado es interesante. Como apuntan Nicolas Domenach y Laurent Neumann, acusa algunas consecuencias de la crisis europea en las que vale la pena reparar, porque el mensaje no sólo concierne a Francia.

En primer lugar, está lo obvio: la gente confía en su familia y desconfía de los políticos. Esa traza básica se repite inalterable, en todas partes, y por eso no tiene mayor interés. Entre lo que hay de más significativo está la confianza casi absoluta que se tiene en los bomberos y las enfermeras, más incluso que en la familia. No deja de ser curioso, porque rara vez tiene nadie necesidad de llamar a los bomberos, y comprobar si son dignos de confianza. Manifiesta, según creo, más bien la afirmación de una idea moral –la idea del servicio, o algo semejante. Me confirma en ello el hecho de que los médicos, que también son apreciados, están claramente por debajo de las enfermeras.

Otro hecho digno de subrayarse: el aprecio de la cercanía. La gente dice que confía en bomberos y enfermeras, y en la familia, también en médicos, maestros, carniceros, pequeños empresarios, artesanos, agricultores, policías, es decir, en la gente con la que se uno se puede encontrar todos los días, en las profesiones más cercanas, en la gente como uno. Inversamente, la desconfianza crece rápidamente en cuanto se pasa a categorías más remotas: abogados, economistas, banqueros, grandes empresarios, supermercados. Sirve de corroboración un dato curioso: los políticos de instituciones locales, municipales, inspiran confianza a un 53 por ciento de la población, mientras que los políticos de los organismos nacionales apenas consiguen el aprecio de un 20 por ciento, es decir, la gente puede confiar en su alcalde, pero difícilmente en un diputado o un ministro.

Ese aprecio por la cercanía revela acaso uno de los principales efectos de la crisis, que es una desconfianza generalizada hacia las elites: económicas, políticas, culturales. Agravada porque la hostilidad alcanza a casi todas las instituciones intermedias. En particular (y digo yo que con razón), los franceses no confían mucho ni en los militantes de organizaciones civiles, ni en los sindicatos, ni en los curas ni en los periodistas. Si se juntan las piezas, es el clima moral del populismo.

A ese apego por lo cercano, lo propio, lo pequeño, a esa estimación del servicio y el desinterés, corresponde un espectacular aparato de fobias, odios, miedos y resentimientos hacia lo otro y los otros. Están en la calle todos los días, en media Europa, marcando el fin de fiesta del ciclo neoliberal.

 

La Razón, 11 de junio de 2013