Desobediencia civil

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En 1971 publicó Hannah Arendt un breve ensayo sobre la desobediencia civil: incisivo, cuidadoso, brillante. Tenía en mente el movimiento contra la guerra de Vietnam en Estados Unidos, también las protestas contra la segregación racial, en defensa de los derechos civiles. Vale la pena volver a leerla hoy, en México. En el plano más general, la desobediencia civil remite al fundamento moral de la obediencia, es decir, a la constelación que forman la ley, la moral, la conciencia individual, la virtud cívica, la autoridad, la democracia.

En parte, la experiencia del desorden de fines de los sesenta, decía Arendt resultaba de no haber comprendido en qué consistía la intranquilidad, y no haber entendido la naturaleza de la protesta. La alternativa era tratar a los manifestantes como criminales o como apóstoles, como una amenaza terrible o la última expresión de la democracia –y no eran ni lo uno ni lo otro.

En su ensayo, aparta, para empezar, la objeción de conciencia, a la manera de Thoreau, que es otra cosa. El objetor de conciencia es un individuo que se resiste a obedecer una ley en particular porque la considera injusta. Y está dispuesto a arrostrar con las consecuencias que eso implica. Porque no piensa que el orden sea injusto, o que la autoridad sea ilegítima. Sencillamente, su conciencia no le permite cumplir con una disposición concreta. Es decir, que la objeción de conciencia es una manifestación extrema del conflicto entre el ideal del “buen ciudadano” y el del “hombre bueno”. Sabemos desde Aristóteles que no son la misma cosa –pero ése es un problema de conciencia individual, no es político.

Aborda a continuación el problema de la desobediencia, que es mucho más vidrioso, y no admite soluciones tajantes. En su argumento, tenemos que ubicarla en el contexto de la desobediencia como fenómeno masivo, cotidiano, casi banal, consecuencia de una progresiva erosión de la autoridad en la segunda mitad del siglo veinte. El sistema judicial, dice, no es capaz de castigar las formas más crasas de desobediencia criminal: robos, asaltos, tráfico de drogas. La probabilidad de ser descubierto, en cualquiera de esos delitos, es de uno entre diez, y la probabilidad de terminar en la cárcel, de uno a cien. La desobediencia civil ocurre en ese escenario. Es una desobediencia “indirecta”, puesto que implica desobedecer leyes que no son motivo de conflicto, el reglamento de tránsito por ejemplo, pero que se incumplen para dar valor expresivo a una protesta. La desobediencia civil implica una decisión colectiva, y una movilización organizada, coordinada, por parte de una minoría, en contra de una decisión mayoritaria. Sólo es desobediencia civil mientras se mantiene como forma de expresión no violenta. Más allá es criminal. A partir de ahí, hilvana sus reflexiones.

Me viene a la memoria el texto de Hannah Arendt, y vuelvo a leerlo, mientras repaso las noticias sobre la movilización de los maestros de Guerrero, Oaxaca, Michoacán, y las reacciones de la prensa. De un lado, en clara mayoría, están quienes piden una acción más rápida, eficaz, categórica, de la policía, para acabar con el desorden; del otro están quienes denuncian la represión, porque la policía federal desalojó a los maestros guerrerenses de la autopista México-Acapulco, y eso es un atentado contra el derecho de manifestación.

La expresión más ramplona de la protesta, útil por eso, por su ramplonería, la ha expuesto Octavio Rodríguez Araujo: “una manifestación de descontento es legal, pues es un derecho; si afecta a terceros, ni modo…” En el extremo, Martí Batres supone que el hecho de manifestarse contra el gobierno lleva consigo una especie de inmunidad, contra la que no vale ninguna ley; pensar, por ejemplo, en despedir a los maestros que falten más de tres días consecutivos sin justificación “es absurdo”.

Hagamos un repaso. El derecho de expresión y manifestación es un derecho porque está regulado, en México y en todas partes. No se vale todo. Pero tiene formas particulares en cada lugar. En México, en las últimas décadas, adopta de preferencia una modalidad específica, que es el bloqueo, el cierre de calles, carreteras, edificios, algo que según el caso es una forma de acoso o de secuestro, y de cualquier modo es un acto de fuerza, al que se añaden con frecuencia arranques vandálicos más o menos graves, para añadir dramatismo a la exhibición.

Hablamos de los maestros de la CNTE. Unos piden que se les trate como expresión del Pueblo. Otros, que se emplee la policía, sin más miramientos. Las dos partes lo tienen todo clarísimo. A los de un lado, pregunto: ¿hay que respetar a toda costa cualquier manifestación, cualquier bloqueo, de cualquier calle o edificio, por parte de quien sea? A los otros: la policía, ¿contra cualquier manifestación, en cualquier parte, por cualquier motivo? Ya sé, unos y otros dirán que no. O sea, que el asunto es un poco más complicado, siempre admite matices. Para avanzar un poco, podríamos empezar por leer a Hannah Arendt.

 

La Razón, 13 de abril de 2013