Despedida

Etiquetas: , ,

Contra lo que suele pensarse la creencia en brujerías, horóscopos y adivinaciones no es un residuo del pasado, no es el lastre de una cultura tradicional, arcaica, que vaya a desaparecer con la (improbable) llegada de un orden verdaderamente moderno, sino un producto del proceso mismo de modernización. La experiencia de una vida insignificante, sujeta a fuerzas impersonales que obedecen a una lógica indiscernible y sin propósito, inspira el deseo de creer en casi cualquier cosa que ofrezca aunque sea la ilusión de un orden: algo predecible, que se puede controlar. Mucho más y con más razón en esta fase del capitalismo neoliberal, globalizado o como se le llame, en que para la mayoría en cualquier sociedad resulta misterioso el auge repentino de unos o la caída de otros, resulta misterioso el lugar en que se produce la riqueza. Hay quienes ganan con ello y hacen negocio a base de parasitar la incertidumbre, la miseria y la ignorancia como otros se aprovechan de la necesidad de distinción de los nuevos ricos: es perfectamente lógico. Inmoral, pero lógico.

La advertencia reciente de la Procuraduría del Consumidor con respecto a la publicidad de los adivinos en televisión se hace cargo del problema sólo a medias, o finge hacerse cargo de él y no ofrece una solución porque seguramente no la hay; de hecho, el gesto mismo revela la impotencia del estado. Veamos. La amonestación es porque los anuncios de videntes, iluminados y adivinadores son “publicidad engañosa”. Ahora bien: eso sólo puede significar que la actividad misma, la venta de servicios de adivinación, es una estafa, se anuncie o no se anuncie. Sin embargo, el estado no puede hacer nada contra los estafadores ni mucho menos contra los medios de comunicación que les sirven de plataforma puesto que son meros intermediarios, sin responsabilidad alguna por los contenidos de lo que transmiten, ni siquiera cuando contribuyen activamente a un fraude del que además se benefician. También se entiende: ya que no se van a remediar la miseria ni la ignorancia, que le quede a la gente al menos la posibilidad de hacerse ilusiones (y si hay quien hace dinero, tanto mejor: eso que se suma en las cuentas nacionales). Y con la televisión mejor no meterse. Será inmoral, triste, pero también tristemente se entiende.

Si va a decir verdad, con la misma lógica y por las mismas razones se podría esperar que la Profeco actuase con idéntica inútil diligencia contra la publicidad engañosa de las docenas de escuelas –o lo que sean—que se anuncian como universidades y ofrecen títulos que no valen ni el papel en que están impresos. Se puede hacer. Hay criterios indudables para evaluar e incluso para definir a una universidad, lo malo es que no podría cumplirlos ninguna o casi ninguna de las universidades privadas y eso no puede ser: tienen su función aunque no tenga nada que ver con la educación, las hay que venden a unos un recurso de distinción, las hay que hacen caja a partir de la fantasiosa esperanza de un ejercicio profesional que no se concretará nunca. ¿Quién va a denunciar eso ni para qué?

Cualquier que lo piense dos veces sabe que la expresión “publicidad engañosa” es un pleonasmo. La publicidad es siempre engañosa, incluso descontando las insinuaciones y mensajes implícitos, porque tiene que sugerir virtudes más o menos ilusorias, ventajas imposibles de verificar: cuarenta por ciento menos caries, doble limpieza a mitad de precio, protección veinticuatro horas, y todo científicamente comprobado (¡No faltaría más!).

Tomo el ejemplo que me viene más a mano, igual que podría usarse otro cualquiera: la publicidad de la editorial Alfaguara. Me entero, en su boletín de novedades, de una reedición del libro Obabakoak, de Bernardo Atxaga, uno de los nuevos valores, consentido de la editorial; el texto dice: “Vuelve una de las novelas fundamentales de la literatura del siglo XX”. Nada menos. Me detengo un instante a pensarlo: Proust, Joyce, Kafka… ¿y Atxaga? No, no puede ser. Amplío un poco la lista, hasta veinte o treinta títulos: William Faulkner, Jorge Luis Borges, Thomas Mann, Robert Musil, Louis-Ferdinand Céline, Virginia Woolf, Samuel Beckett, Juan Rulfo… ¿y Atxaga? No, tampoco puede estar ahí. Me siento, cuaderno y pluma, a hacer un mínimo inventario hasta llegar a ciento cincuenta o doscientas obras que han aportado algo fundamental para la literatura del siglo: sumo a Isaac Bashevis Singer, Witold Gombrowicz, Flannery O’Connor, Hermann Broch, Gabriel García Márquez, John Dos Passos, Primo Levi, Nabokov, Valle-Inclán, Pirandello, Onetti, Lampedusa, Pasternak, Machado, Orwell, Duras, Svevo, Baroja, Ionesco, Mishima, Perec, Cortázar, Breton, Max Aub e incluso, más cerca, Sebald, Rushdie, Kundera, Calasso… Tampoco en esa lista cabe Bernardo Atxaga; ni siquiera en una de libros importantes publicados en España en los últimos treinta años, donde estarían Rafael Sánchez-Ferlosio, Juan Goytisolo, Juan Benet, Miguel Espinosa, Julián Ríos y acaso Juan Marsé y José Manuel Caballero Bonald. No puede decirse que la frase de la propaganda sea mentira puesto que siempre será posible hacer una enumeración de las mil o dos mil obras, o cinco mil obras fundamentales del siglo, hasta que tenga su sitio el Obabakoak de Atxaga.

Miro por curiosidad la presentación de otros autores en el mismo catálogo. De Juan Goytisolo se dice que “sus libros se cuentan entre los más importantes de la literatura española actual”; Caballero Bonald es “un personaje capital en el panorama cultural de nuestro país”; Miguel Espinosa viene a ser “uno de los grandes narradores españoles del siglo XX.” Se hace difícil escoger, aunque no haya nada tan definitivo como lo que se dice del librito de Atxaga. Hay también traducciones en el catálogo. De William Faulkner dice: “logró convertirse en uno de los autores más importantes del siglo”; de Thomas Bernhardt: “su obra se configura hoy como fundamental en la moderna literatura europea”; de Joseph Conrad: “hoy se considera uno de los padres de la narrativa contemporánea”. Ligeros matices gramaticales establecen la jerarquía: Goytisolo, Caballero Bonald y Espinosa, por ejemplo, deben leerse como autores de interés básicamente local; con Bernhardt y Faulkner los elogios se hacen más sinuosos y Conrad parece una curiosidad para anticuarios. Nada como el rotundo presente de indicativo en que se califica la obra de Atxaga, como si no se hiciera más que reiterar un hecho sabido, que no se discute.

Imposible evitar, a la vista del juego, la sospecha de que todo en el mundo intelectual obedezca a ese tipo de mecanismos: la fama de los famosos y la importancia de las obras importantes, todo el andamiaje de nuestra vida pública.

Hace cinco años comencé a escribir para La Crónica gracias a una amable invitación de Salvador García Soto. No he dejado de preguntarme desde entonces qué se espera de una columna semanal, qué puede hacerse o qué debe hacerse con ella, cómo evitar que termine asimilándose a ese parloteo engañoso de adivinos y agencias de publicidad. Me digo, todavía tentativamente, que a uno le corresponde a veces opinar, razonar y explicar una opinión, a veces denunciar, revelar algo que queda oculto o no se ve del todo bien, buscar información nueva o distinta, proponer conjeturas, contrastes, a veces ayudar a esclarecer la coyuntura o sugerir una interpretación. No es posible decir la Verdad porque una opinión o una conjetura no pueden ser verdaderas ni falsas, pero sí hay un criterio –el único—para evitar que lo que uno dice resulte engañoso: dialogar, discutir, confrontar lo que uno piensa con lo que piensan y publican otros, y permitir que el público juzgue, razone y evalúe por su cuenta, es decir, que exista de verdad como público. Eso no lo hay en México. Sólo rara vez y casi por error el autor de una columna se digna mirar a los lados, a lo que escribe alguien en la página siguiente o en otro periódico; en lugar de vida pública tenemos una colección de párrocos, hablando cada uno desde su púlpito, para sus fieles. También eso es engañoso, es un simulacro, pero ¿quién lo dice?

Me toca callarme, dejar de escribir en este espacio. No quiero que sea sin agradecer la hospitalidad de La Crónica, la amable paciencia de quienes me han leído y el cordial, entusiasta, exigente deseo de diálogo de todos quienes me escribieron alguna vez para comentar mis artículos, para matizar, objetar o contradecir lo que fuese: gracias a todos. Gracias sobre todo a Pablo Hiriart por haber defendido cuando ha hecho falta mi derecho a disentir de todo y de todos, gracias por su generosidad y su infaltable respeto hacia mis textos. Echaré de menos esta tercera llamada, pero ahora me corresponde mirar la función.

La Crónica de hoy, 24 de enero de 2007