Diego García

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La Isla Diego García es un pequeño atolón, un arrecife de coral con una curiosa forma de V, que es parte del archipiélago de Chagos, al sur de la India y a unos 3,000 kilómetros de África, entre las islas Maldivas, las Seychelles y Mauricio. A mediados de los años sesenta contaba unos dos mil habitantes que vivían del cultivo de cocoteros y de la pesca, es decir, un paraíso en miniatura como los que ofrecen las agencias de viajes. Actualmente es tal vez la base militar más importante de los Estados Unidos, fundamental para las guerras de Irak y Afganistán, para el control del Golfo Pérsico: dos mil residentes permanentes, capacidad para tener anclados hasta treinta buques de guerra, un aeropuerto, un vertedero de residuos nucleares, y desde luego bares, centros comerciales, un campo de golf. Los que ya no están son los habitantes de hace cuarenta años, ninguno. La historia es sencilla, pequeña, triste.

Diego García aparece en los mapas europeos en el siglo XVI. A fines del XVIII se convierte en posesión francesa, lo mismo que la isla Reunión, Mauricio y las Seychelles. En las décadas siguientes se establecen en Chagos una serie de plantaciones de coco, para producir aceite para la isla de Mauricio, dedicada exclusivamente a la producción de azúcar. Los primeros habitantes del atolón fueron 22 esclavos negros, llevados de África. Como resultado de las guerras napoleónicas pasó todo a manos de Gran Bretaña. Y sigue una historia trivial, pacífica, somnolienta, hasta mediados del siglo veinte, cuando el archipiélago despierta el interés de Estados Unidos.

Los estadounidenses conservaron todas las bases que habían emplazado durante la Segunda Guerra Mundial, desde Antigua, Bahamas y Jamaica, hasta Guam y Okinawa, y abrieron muchas otras en los años siguientes: más de 200 en Alemania, cien en Japón, otras tantas en Italia, en Corea del Sur, hasta sumar unas mil instalaciones militares fuera de su territorio. Necesitaban algo en el Océano Índico. Y en los años sesenta el Pentágono había optado por la idea de Islas Estratégicas, que calificaban por su ubicación, su capacidad para anclar barcos, para construir un aeropuerto, y por estar relativamente lejos de tierra firme y escasamente pobladas. Diego García era perfecta, desde todo punto de vista: situada en el mejor lugar imaginable para controlar el sur de Asia, África y Oriente Medio, relativamente aislada, y con una población, bueno, de apenas dos mil negros –o sea, algo de verdad insignificante, apenas una vecindad.

Inglaterra aceptó separar de Mauricio el archipiélago de Chagos, en contra de lo que exigía la declaración de Naciones Unidas sobre la descolonización. Para evitar problemas, discusiones, publicidad, lo hizo mediante un decreto del consejo privado de la reina, que de un plumazo creó el Territorio Británico en el Océano Índico (BIOT). A continuación, el gobierno inglés firmó un acuerdo con Estados Unidos para ceder el uso de Diego García durante cincuenta años –un acuerdo negociado secretamente, no un tratado, para evitar el embrollo de los debates parlamentarios, las investigaciones de la prensa. Se concluyó el 30 de diciembre de 1966. Y también secretamente se acordó un pago de 14 millones de dólares, que sin más explicaciones se descontó de la deuda inglesa.

El único problema que quedaba era la población de Diego García. Porque Estados Unidos quería su isla “limpia y desinfectada”, para tenerla “bajo control exclusivo (sin habitantes locales)”. La limpieza comenzó con una elegancia británica: a partir de 1969 se negó autorización para regresar a los habitantes de Chagos que viajaran a cualquier otro lugar, a Mauricio o Seychelles, por cualquier motivo. Alrededor de 400 chagosianos quedaron perdidos, incomunicados, absolutamente desposeídos, en países extraños, en el más perfecto silencio. A fines de 1970 Estados Unidos exigió la deportación de todos los demás.

El intercambio de la burocracia inglesa al respecto es deslumbrante: “El propósito es quedarnos con unas rocas en las que no habrá más población indígena que las gaviotas… Infortunadamente, junto con los pájaros hay algunos “tarzanes” y “viernes” de oscuro origen que habrá que barrer a Mauricio… Conviene mantener la ficción de que los habitantes de Chagos no son una población permanente ni semipermanente…” Para que no hubiese responsabilidad oficial, se encargó la deportación masiva al dueño de la mayor plantación del archipiélago, Marcel Moulinié. En la víspera del primer gran traslado, siguiendo instrucciones, Moulinié ordenó matar a todos los perros de la isla, que fueron gaseados, y después incinerados delante de sus dueños –no sé si por motivos de higiene, intimidación o pura crueldad. Seguramente no importa.

Los dos mil chagosianos fueron literalmente abandonados en los muelles de Mauricio y las Seychelles, en 1971. Cada uno podía llevar una caja de cartón, con lo que quisiera llevar, y un petate. Seis o siente años después, los más afortunados recibieron una compensación de unos 4,000 dólares por adulto. Los pleitos legales en el reino Unido se resolvieron con un decreto del consejo privado de la reina que prohibió definitivamente el retorno a Diego García –sin discusión, sin publicidad. La jurisdicción es británica, de modo que Estados Unidos no tiene ninguna responsabilidad.

David Vine publicó hace unos meses la primera historia completa de la transformación Diego García: Island of Shame. Es una tragedia mínima, monstruosa. No sé si tiene moraleja.

 

La Razón, 20 de julio de 2013