El atraso

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Nunca hemos llegado a saber bien a bien en qué consiste esta condición que solía llamarse de subdesarrollo: hay más pobreza que en Alemania o en Francia, es decir, hay más pobres que son más pobres; hay una menor esperanza de vida y más baja escolaridad promedio, peores servicios públicos, peores salarios, peores condiciones de trabajo. Según la idea más tradicional eso significaba poco más o menos que vivíamos en el pasado, lo que hacía falta era ponernos al día, estar a la altura de los tiempos; actualmente y con la globalización de por medio no está tan claro: muchos de los males resultan ser ventajas comparativas, otros más son producto de una legislación inadecuada, de veleidades nacionalistas, o bien del estorbo de la cultura (de la cultura popular concretamente). En lo fundamental nuestro orden es igual al de Francia o Alemania o Estados Unidos, porque es el único posible: mercado, democracia, libertad de prensa, igualdad de derechos, propiedad privada, libre comercio. Es igual y no.

La situación ha venido a ser tan confusa, tan falta de explicaciones serias, quiero decir, que cuesta trabajo incluso ver en qué consiste la diferencia. Hay deudas, lastres, deficiencias que remiten siempre –son los candidatos, el gobierno, los partidos- a la falta de crecimiento económico (en el lenguaje del presidente, se trata tan sólo de “echarle más ganas”). Nadie piensa, nadie dice que éste sea un orden distinto, radicalmente distinto del que impera en el mundo desarrollado: en su estructura, en su modo de funcionar. En la situación en que estamos resulta que hace falta, antes incluso de ponerse a explicar nada, hacer visible de nuevo la diferencia.

Lo pensaba mientras leía días pasados una colección de ensayos de Agustín García Calvo (un raro polígrafo, un punto extravagante, de vocación marginal, que vive en Zamora, en España). Son textos incisivos, enérgicos, con un sentido del humor ácido y contagioso; recuerdan a veces a Sánchez Ferlosio, a Tomás Segovia, aunque no tengan la agresividad conceptual de uno ni la escritura transparente del otro. Su argumentación resulta un poco reiterativa porque tiene prácticamente un único motivo: denunciar las mentiras básicas del orden imperante en Europa, las que constituyen la normalidad. La primera, la del Futuro: “Ese futuro está destinado a ser siempre futuro, a trocarse por otro Futuro, que para el futuro cumpla las mismas funciones que este Futuro cumple para el presente. Siempre ‘Estamos de reformas, disculpen las molestias’, siempre en obras, siempre en vías de desarrollo…” A continuación todas las formas de diversión, comodidad, seguridad y confort: los grandes bloques de viviendas, las casitas suburbanas (“Viva hoy su mañana. Eso decía el cartel de una urbanización de suburbio de Paris hace unos años; ya llevarán allí diez años viviendo en el mañana de ayer”), las autopistas, la televisión (“Pero hombre, si lo único natural y propio para la televisión son los spots publicitarios! Y un buen televidente no debía pedir más que eso y más de eso”), la música enlatada, ensordecedora, repetitiva, el deporte de masas (“la desproporción entre el jugar y el ganar ha llegado a tanto que la competición se ha comido al juego… Como ya no puedes emocionarte con el juego tienes que emocionarte, como sustituto, con los números del marcador”) y siempre el automóvil como emblema del nuevo orden: personal, siempre nuevo, innecesario, destructivo.

Como es lógico, sus diatribas empiezan por dirigirse contra la Mayoría: porque la mayoría tiene su trabajito y su sueldito y su seguro médico, y está muy conforme y hasta contenta, se ilusiona con su coche, se divierte cuando se lo ordenan, compra a crédito un departamento, espera con entusiasmo el futuro y mientras tanto mira la televisión (“Y por amor del pueblo que no se cuenta déjese usted de ilusiones democráticas de una puñetera vez: la Mayoría es fea. La Minoría, también; sólo que menos; aunque nada más sea por el mero hecho de que son menos. Pero la Mayoría, como su señora de usted, es, francamente, fea. O sea, que es francamente fea.”) El primer vistazo a una ciudad española sirve para darle la razón. La diferencia con esto que tenemos nosotros –el atraso- también salta a la vista: aquí son unos pocos los que tienen todo eso, y no viven así. No pueden.

El conformismo de nuestros conformistas es medroso, agresivo, casi teatral, precisamente porque no son la mayoría (ni mucho menos). Eso hace que el consumo y las formas modernas de diversión y comodidad tengan un significado muy distinto.

También nuestro Estado se esfuerza por disciplinar, organizar, uniformar. También nuestro Estado querría que todo pudiera planearse, querría ofrecernos a todos ese mismo futuro: higiénico, previsible, lleno de coches y autopistas y casitas suburbanas, con trabajo para todos y diversiones programadas para el tiempo libre, y querría esa armoniosa sintonía con el Capital. Está todo en las leyes, dicho del mejor modo. Lo que pasa es que no puede. No tiene recursos ni personal, no tiene capacidad administrativa ni hay la trama social sobre la que tendría que apoyarse. La primera consecuencia de ello es que la intervención del Estado no es propiamente “pública” (ni transparente, ni uniforme, ni general) sino política. Es decir: es resultado de una coincidencia más o menos fortuita, polémica y conflictiva de intereses particulares. Política. En el mejor o el peor sentido de la palabra, es igual.

Da lo mismo que se trate de construir un aeropuerto o prevenir la contaminación, regular el comercio en la vía pública, cobrar impuestos, arreglar el sistema financiero o la educación superior; contra las mejores intenciones de quienes las tengan nuestro Estado no puede más que politizar la vida social. Exactamente lo contrario de lo que haría el Estado del modelo que se quiere seguir, que neutraliza e impone con toda naturalidad.

Algo más: el lenguaje en que se explica el Estado es el del modelo, como si (aparte de eso, del atraso) este país estuviera en Europa; por eso lo que dicen los políticos se entiende al revés o parece mentira. O bien es directamente mentira. ¿Qué significa por ejemplo el crecimiento? ¿Qué significa aumentar la productividad? ¿Qué una educación de excelencia? ¿Qué en la cabeza del Presidente y qué en la de quienes lo escuchan?

El Capital igualmente querría, si fuese factible sin perder sus márgenes actuales de ganancia, que todos fuésemos consumidores como los españoles o los franceses o, mejor, como los estadounidenses. No hay razón para pensar otra cosa. Dicho es sus términos para que se entienda bien, querría que la abrumadora masa de necesidades del país se convirtiera en “demanda efectiva”. No puede ser. Porque todo el orden se vendría abajo. No obstante, la publicidad se hace, masivamente, como si todos fuésemos a comprarnos un coche nuevo, como si todos pudiéramos decidir darnos las vacaciones que nos hemos merecido y contratar un seguro de vida y escoger un banco, como si todos pudiéramos usar con sonriente naturalidad una tarjeta de crédito. A ese simulacro responde un consumo masivo que es, a su vez, simulacro: contrabando, marcas falsificadas, piratería.

Lo importante es que no es el consumo impensado y casi sedante de Europa. Es también a su manera político. Para la mayoría es algo sumamente consciente y grave, es un recurso de autodefinición, una forma de defensa, un desafío: nada que pueda resultar tranquilizador para nadie. La exhibición del consumo –en la televisión o en la calle- señala un espacio de confrontación.

El atraso es ese conjunto de equívocos y malentendidos. Nuestro Estado que simula que es un estado europeo, nuestras elites que piden a gritos una izquierda como la europea, nuestra publicidad que querría hacernos creer que vivimos en Europa (o que podemos fingir que vivimos en Europa). Partes todas de un mecanismo que produce incesantemente política: esta política nuestra. El atraso son sesenta y cinco hombres enterrados vivos en la mina de Pasta de Conchos, donde había inversión y crecimiento y seguramente también productividad. Y política. No podemos –la tragedia es ésa- no podemos sentirnos todos hundidos, sepultados con ellos.

 

La Crónica de hoy, 1 de marzo de 2006