El laberinto francés

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Hace algunos años, dos o tres, se puso de moda en Francia el tema de la decadencia. La decadencia francesa, se entiende. Era básicamente una idea de la derecha empresarial, que se quejaba de la falta de competitividad, de la rigidez de los mercados, del lastre del sistema de seguridad social y de los servicios públicos. Los motines urbanos de las últimas semanas han puesto en circulación una nueva versión: ahora se trata de la izquierda, una parte de la izquierda, que denuncia la bancarrota del modelo de integración francés, la hipocresía del orden establecido, la discriminación y el abandono de la población de origen africano. Tengo mis dudas. Hay motivos de preocupación, por supuesto, pero no estoy seguro de que esto sea el Apocalipsis.

Alain Touraine habla, en estos días, de la necesidad de cambiar el “modelo cultural” francés, para superar la oposición entre “un republicanismo cargado de prejuicios y un comunitarismo cargado de agresividad”; Bernard Henri-Levi dice que el “modelo francés de integración está estallando en pedazos”. Puede que tengan razón. Lo mismo que buena parte de la prensa –la francesa y la del resto del mundo- que ha descubierto de pronto que hay en Francia una población “excluida”, “marginada”, que no ve otra salida más que la violencia (por alguna razón, además, hay muchos que encuentran en eso un motivo de satisfacción). Insisto: puede que tengan razón. Me incomoda la contundencia de las ideas, la absoluta claridad, me intranquiliza ver que coinciden todos ellos, casi puntualmente, con lo que ha dicho el señor Le Pen, del Frente Nacional. Ha dicho que las medidas adoptadas por el gobierno serán ineficaces porque no se refieren al verdadero problema, que es “la inmigración masiva y descontrolada del Tercer Mundo”; ha dicho que esos muchachos de las barriadas de Paris y Marsella “van a convertirse en terroristas y bandidos” y que la situación podría desembocar en una “guerra civil”. Poco más o menos, lo mismo que dice la izquierda, aunque su intención sea la contraria.

La opinión francesa, como la del resto del mundo, dice en encuestas lo mismo que han dicho los medios de comunicación el día anterior. En una proporción de siete a tres, aproximadamente, dice que era necesaria la declaración de estado de emergencia, dice que la violencia es producto de bandas de delincuentes, que se debe expulsar a los extranjeros detenidos y que, por cierto, confía en el gobierno para resolver la crisis. Lo más curioso de todo es que los jóvenes que participan en las revueltas, cuando se les entrevista, vienen a decir lo mismo: son hijos de inmigrantes africanos, excluidos, que recurren a la violencia porque se les ha abandonado; podrían decir a continuación que hay que cambiar el “modelo cultural” francés porque “ha estallado en pedazos” y que puede haber una “guerra civil”.

Tendrán razón: todos ellos. Ahora bien, podría ser –lo digo sólo por molestar- que el fenómeno fuese un poco más complejo y más ambiguo. Es indudable que hay un “malestar francés” de los tiempos recientes; pero no se reduce al problema de las barriadas. El presidente Chirac ganó la última elección con el ochenta por ciento de los votos, pero fue porque la alternativa en segunda vuelta era el Frente Nacional de Jean Marie Le Pen; lo de menos es que ganase Chirac: lo importante es que el Frente Nacional, con su demagogia ramplona, se había convertido en una alternativa en una elección presidencial. Después vino el fiasco del referéndum sobre la Constitución Europea. Nadie ha querido colgarse esa medalla porque no está claro a quién corresponde la victoria ni qué significa. El voto, como todo voto negativo, fue producto de una coalición accidental, de intereses contradictorios: para unos había demasiada Europa, para otros, muy poca; unos dijeron que no porque no están conformes con el orden establecido, otros dijeron que no porque no quieren cambiarlo, porque quieren conservar sus privilegios. Es decir: la constitución fue rechazada en lo que tenía de proyecto de cambio y en lo que tenía de continuidad. Algo hay que no marcha bien.

Los motines de las barriadas son sólo otro aspecto de ese malestar. No son nada nuevo. Los primeros que hubo, que llegaron a las primeras planas, ocurrieron en 1981. La violencia juvenil, en particular en los barrios periféricos, ha sido un tema de campaña electoral de los últimos diez o quince años.

Leo las entrevistas con los muchachos amotinados, que se multiplican en los periódicos, y me sorprende sobre todo ver que todos hablan igual y casi todos dicen lo mismo; emplean el lenguaje habitual del periodismo progresista: tenemos rabia, dicen, nos tratan como escoria y por eso actuamos como escoria, nos han abandonado, nos sentimos traicionados, sólo sabemos hablar con el fuego, usamos la violencia porque sólo así conseguimos que nos escuchen. Será. Pero no deja de sonarme a hueco todo eso. Como si hubiesen tomado sus explicaciones del noticiero de la noche o del análisis de un sociólogo de izquierda; porque son muchachos que ven los noticieros de televisión, sobre todo para ver cómo reportan y exhiben sus hazañas del día.

No hace falta mucha sutileza para darse cuenta, sólo con esas entrevistas, que el “modelo francés de integración” ha tenido buen éxito: los jóvenes rebeldes hablan en francés para defender valores franceses, manifiestan aspiraciones perfectamente francesas: quieren la libertad y la igualdad. Y quieren también ser parte de la sociedad de consumo. No son musulmanes reivindicando el Islam ni africanos que recuerden las tesis de Frantz Fanon (un dato: el 25 % de la población de origen argelino se casa con franceses nativos, en lo que se llama “matrimonios mixtos”, en contraste con el 1% de los turcos que se casan con alemanes, menos del 1% de los pakistaníes que se casan con ingleses). Por otra parte, a cualquiera se le alcanza que el modelo ha fracasado también: por las tasas de desempleo, la persistencia de la discriminación, sobre todo por la formación de verdaderos guetos de población africana en los suburbios de Paris, de Marsella, de Toulouse, de Nancy, que sirven de maravilla para justificar los argumentos culturalistas (los de Le Pen o los de la nueva izquierda, tanto da).

El problema de fondo –si se me permite una conjetura- es que se quiere que la economía francesa sea competitiva y flexible y abierta, y se ha favorecido para eso la “deslocalización” de empresas, que se instalan en África o en el sur de Asia, buscando mano de obra barata, menos controles, menos restricciones fiscales, sanitarias y laborales. El problema es que los trabajos mal pagados, temporales, inseguros, que hay en el mercado laboral francés de hoy son ocupados por polacos, rumanos, rusos, incluso por franceses de ojos azules. Ya no existe, o cada vez es más reducido, el espacio que llenaron los padres de los amotinados de hoy. Que tampoco querrían verse en la situación de sus padres.

La violencia de las últimas semanas es irracional. Eso se dice mucho. No tiene sentido ni organización ni propósito político. Bien. Tiene su propia racionalidad: la venganza, la intimidación, la exhibición de fuerza, incluso la diversión en la exhibición de la fuerza. Forma parte de una cultura juvenil –producto del retraimiento del Estado, de la dejación, del aislamiento de gueto, del predominio del ideal del consumo- que ha creado sus propios criterios de orden; una cultura juvenil que aprecia sobre todo las “virtudes guerreras”: las que sirven para controlar mercados ilegales, para brindar protección o sacar ventaja de los recursos comunes. Para esa cultura, la violencia tiene sobre todo un valor demostrativo: es un espectáculo mediante el que se afirman jerarquías, territorios, privilegios, acceso privilegiado a los recursos que haya. Cuando se explica, en la música de rap por ejemplo, no tiene más que una serie de lugares comunes sobre la sociedad corrompida por el dinero, la policía como agente de opresión por antonomasia, pobres y ricos; motivos sacados a medias de la experiencia cotidiana, inmediata, a medias de fantasías conspirativas, incluyendo la conspiración judía por supuesto. Nada.

En tiempos normales, cuando no hay los grandes motines, la inmensa mayoría de las víctimas de la violencia de esos jóvenes de las barriadas son otros jóvenes de las barriadas. Los perdedores en un sistema de relaciones sociales basado en el prestigio de la violencia y el dinero. En estos días –toque de queda, estado de emergencia, despliegue represivo- hay más de un centenar de policías y bomberos heridos: ninguno de los amotinados. Tal cual, como si fuesen los universitarios de siempre, los hijos de la burguesía, ejerciendo su derecho de apalear a la fuerza pública.

No tengo más espacio: resumo. Vemos tan sólo la rebelión de los adolescentes en el orden urbano del nuevo siglo, con formas de integración efímeras. Lo que se hunde, Francia avisa, es la idea de Europa, no por el “choque de civilizaciones”, sino por un modelo de integración económica que ha hecho al Estado insignificante, que deja a los políticos braceando en el aire, como marionetas.

 

La Crónica de hoy, 16 de noviembre de 2005