El mar, el mar

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Pensando en escribir estas líneas repaso La vía de las máscaras, de Lévi-Strauss. Me descubro de pronto encantado leyendo historias de nutrias, cazadores y espíritus marinos –el Quing, el Hakulaq, el Komogwa. Me fascina la explicación trabajosamente trenzada, también el lenguaje cuidadoso y cortés de Lévi-Strauss, y desde luego el español sabio, elegantísimo de Juan Almela.

En realidad, busqué a Lévi-Strauss para escribir sobre Juan Almela (que también es Gerardo Deniz, como se sabe –supongo). Y es que desde hace tiempo tengo ganas de hacer un elogio de Gerardo Deniz, pero me resulta endiabladamente difícil, porque su obra es siempre algo más: múltiple, inmensa, inagotable. No sabría por dónde empezar, ni a dónde querría ir –aunque pasando, eso sí, por eso inverosímil, entre la epopeya y el esperpento que es Picos pardos. Seguramente por eso empiezo por Lévi-Strauss y el Hakulaq, para decir que sobre todo Gerardo Deniz es un poeta. Pero es que también es otras cosas. A ver si me aclaro. Es uno de los escritores, uno de los pocos, verdaderamente grandes del último medio siglo, aunque no es fácil que le caiga ningún premio –porque resulta difícil encontrar uno de su talla.

Casi lo primero que se dice siempre, cuando se habla de la poesía de Deniz, es que es difícil. A veces como una especie de elogio, a veces no tanto. Yo no entiendo por qué debería ser fácil. Desde luego es imposible que nadie tenga la erudición polimorfa (y algo perversa) de Gerardo Deniz, pero eso sólo añade grados de disfrute a la lectura. Octavio Paz habló alguna vez de la densidad verbal de los poemas de Deniz, cuyo lenguaje, decía, posee la consistencia de los objetos físicos. Sí, pero también algo aéreo y musical, como de cúpula, que resuena a veces a siglo dieciséis (“Diremos hoy del amor cosas verdades / como la orilla al mar hasta volverse arena”).

El mundo de la poesía de Gerardo Deniz es el mundo de todos los días, absolutamente cotidiano: material y prosaico (todo, dice él, son cosas vividas o cosas ocurridas). Sólo que transfigurado por una creatividad verbal prodigiosa, irreverente, feliz, que lo mismo echa mano de la química o la geometría, que mezcla idiomas, ecos de otros versos, personajes mitológicos. La variedad, la intensidad de las innumerables aficiones de Gerardo Deniz es abrumadora –pero no abruma, en eso está el chiste. El resultado es un mundo apasionante, insólito, en que aparecen los nexos más improbables, y que puede disfrutarse con la misma naturalidad puramente sensible con que se disfrutaría el espectáculo de una frutería de las de antes, en las que había también piñatas, botellas de leche y a lo mejor cigarros, y juguetes. Porque es una poesía que para empezar suena, y tiene colores, y olores –y después, está todo lo demás: ecuaciones, silicatos, eosinófilos y estiércol, y de pronto un mono narigudo de Borneo, o un diálogo de Pármeno y Sempronio. Y dominándolo todo, la risa. Porque el humor de Deniz es para reírse a carcajadas.

No sé si me explico. Dos líneas, el inicio de un poema: “Eustaquio y Falopio, elefantes hermanos / que atruenan mi hogar con sus discusiones sobre / Cuvieronius y Cordillerion…” Casi cualquier mexicano que haya cursado la primaria, al menos cualquier mexicano de mi generación que haya cursado la primaria, reconoce inmediatamente “Fusiles y muñecas” de Juan de Dios Peza (“Juan y Margot, dos ángeles hermanos / que embellecen mi hogar con sus cariños…”). La proximidad mueve a risa, porque el recuerdo del poema de Juan de Dios Peza mueve a risa, pero más por la desproporción, y más cuando se repara en los nombres. Lo explica Gerardo Deniz en un comentario: “Hemos oído hablar de la trompa de Eustaquio, de la trompa de Falopio, sin llegar a la razonable conclusión de que Eustaquio y Falopio deben ser elefantes. Pues bien, sí lo son…”

Insisto: es imposible tener ni de lejos una mínima parte de la erudición de Gerardo Deniz. Pero uno puede ir adquiriendo trozos, entendiendo cosas, algo de las mitologías del Cáucaso, alguna palabra de sánscrito, uno puede averiguar que el Cuvieronius del poema anterior, por ejemplo, era un antepasado prehistórico de los elefantes. Este mundo, de pronto, gana hondura, interés, belleza. Y lo mejor de todo es que después de rumiar largamente un poema, y descubrir un sentido adicional, la resonancia de una metáfora, uno sabe que sigue habiendo siempre otros mundos que descubrir (“Todo esto será jocoso, / será infumable, / pero no lo fabrico / –me nace, lo siento mucho”).

Además ha publicado Deniz una fascinante colección de relatos, Alebrijes. Textos ágiles, coloridos, disparatados, entre la fábula y la pesadilla, y de un realismo absoluto. No es una hipérbole decir que los dos relatos de Silvano, el alebrije, son perfectos: y son exactamente alebrijes, en prosa. También está ese otro relato inclasificable que es IMDINB. Y además, están sus ensayos: sobre música, sobre química, lingüística, mitología, sobre escitas y osetas, con una de las prosas más inteligentes y amables que yo conozca. Y punzante donde tiene que serlo, con exactitud cruel. Y además, además, nos ha dejado más de cien libros traducidos con rigor exquisito, empezando por los de Lévi-Strauss y su infaltable Georges Dumézil.

La de Gerardo Deniz es una de las obras más completas, más generosas, más genuinamente originales de la lengua española. Con sus palabras, diría que es uno de esos momentos que prueban que la literatura puede ser valiosa. Por cierto: deniz, en turco, significa mar.

 

La Razón, 13 de octubre de 2012