El tiempo de la sociedad civil

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En general, los políticos tienen mala fama. Cada vez peor. Es cosa vieja pero que se ha venido agravando conforme más faltos de ideas están todos. Pasa lo mismo con los partidos. Con más razón desde que han comenzado a turnarse y tienen ocasión todos ellos de defraudar a sus respectivos electores y dejar incumplidas sus promesas de campaña, que son todas igualmente fantasiosas. Es cosa vieja y, si todo va bien, terminaremos por acostumbrarnos. Lo malo es que la retórica habitual de nuestra vida pública es de un maniqueísmo infantil y necesita siempre que haya buenos y malos; de modo que cuando no los hay, se inventan. Es malo, peligroso, porque hoy por hoy los buenos pueden ser cualquier cosa, menos políticos: pueden ser sacerdotes o guerrilleros, por ejemplo, o militares.

Desde hace unos quince años, por poco tiene el monopolio de la virtud la Sociedad Civil, que es algo que nadie sabe lo que es, pero que se ha vuelto obligatorio elogiar. Los políticos, por cierto, son de los más entusiastas: ya que no pueden ganar prestancia por cuenta propia, tratan de congraciarse con el público pidiendo que haya “espacios” para la Sociedad Civil, que se favorezca la “participación” de la Sociedad Civil, que en las elecciones haya candidatos de la Sociedad Civil.

Hay que decir que el fenómeno no es sólo mexicano. Sucede algo similar en todas partes. El entusiasmo por la Sociedad Civil coincide, aproximadamente, con el descrédito final y el derrumbe del socialismo, con la desaparición de los partidos comunistas y de los últimos residuos de ilusión revolucionaria; coincide también con el predominio absoluto de las que se llaman “políticas de ajuste”, que imponen con la misma energía los partidos de la derecha, los de la izquierda y los del sótano. La deprimente grisura del paisaje hace que se busque cualquier cosa, para variar, y permite que ganen elecciones personajes cuyo prestigio no tiene nada que ver con la función pública. Y ganan precisamente por eso: no son políticos, sino que representan a la Sociedad Civil.

Por otra parte, el término ha venido a sustituir a otros que resultan un poco arcaicos; según se usa la expresión, la Sociedad Civil es poco más o menos lo que antes era el Pueblo. La Sociedad Civil es buena, callada, virtuosa, sufrida y valiente como antes lo era el Pueblo; sólo que suena mejor. Y con razón todos se sienten aludidos cuando se habla de la Sociedad Civil y todos, desde los sindicatos y los empresarios hasta los sacerdotes defienden sus intereses y exigen que se les tome en cuenta como parte de la Sociedad Civil.

En principio, la confusión no es muy grave; a veces resulta incluso divertida. Pero ha dado pábulo a toda clase de fantasías y no sólo sirve para aderezar comentarios editoriales y discursos, sino que se usa para reformar leyes e instituciones con ideas que empiezan por ser muy poco prácticas y que terminan siendo de plano disparatadas. El entusiasmo por la Sociedad Civil se traduce, en general, en proponer formas más espontáneas, más inmediatas de participación, formas que pasen por encima de los partidos y los diputados, como si eso fuese garantía de virtud. Porque hay la idea de que hasta ahora no había encontrado un modo de hacerse escuchar y los políticos, con todos sus votos a cuestas, no representan en realidad a nadie.

Insisto: es una confusión de escasa importancia, al menos hasta ahora. Ha sido útil sobre todo para dar amparo y prestigio a los “grupos de interés”, a los “grupos de presión”, que no tenían un buen lugar en la retórica democrática. Lo malo es que nos pone en la pendiente que va del antiautoritarismo al antiparlamentarismo, donde se comienza por desconfiar de los políticos (que son todos iguales), se sigue con el descrédito de cualquier forma de autoridad y se termina, paso a paso, en la acción directa y en algún mando personal, inmediato, virtuoso y popular.

Tengo la idea de que si quitamos el adjetivo las cosas pueden quedar un poco más claras y, con suerte, nos ahorramos algunos descalabros. Vayamos por partes: a la sociedad mexicana le habrán faltado muchas cosas en el pasado, pero desde luego nunca se ha notado por su falta de participación. Al contrario. Ahora bien: nunca ha sido una participación que pueda llamarse “civil” casi en ningún sentido del término. Ha sido una participación episódica, corporativa, autoritaria, violenta a veces, particularista, sectaria, intolerante y, en general, muy poco civilizada. Y en eso, con todos los elogios que se le prodigan, no ha cambiado.

Basta mirar los periódicos de la semana pasada. Pudimos ver, por ejemplo, al Consejo Coordinador Empresarial en plan de imponerse al Presidente, tratándolo de inepto para arriba. Pudimos ver a los ejidatarios de Bernalejo de la Sierra, en Zacatecas, reclamando sus derechos a base de rifles y machetes. Es la sociedad que participa, como siempre lo ha hecho. Por supuesto, no están pensando en nada de eso quienes abogan por la participación de la Sociedad Civil. De hecho, cuando se amaga con participar demasiado, como sucede en los Chimalapas, en estos últimos días, los políticos de plano prefieren pedir que intervenga el ejército. Lo que sucede es que ésta es la sociedad que tenemos. Participa, se hace oir, presiona para imponerse al margen de los partidos, como lo ha hecho siempre, y con frecuencia también fuera de la ley. No será muy civilizado, pero se trata de que quien tiene más saliva traga más pinole.

El problema es que la retórica de la “democracia participativa” y la Sociedad Civil sirve de amparo para las formas de participación de esta sociedad: no hay otra; y en particular sirve para desacreditar, por si hiciera falta, los procedimientos legales, el orden institucional y, al final, cualquier forma de autoridad. Porque siempre habrá algún político que quiera remar a favor de la corriente y salga a explicarnos que las intemperancias de los maestros, los sindicalistas, los campesinos y hasta los obispos se deben a que no se han atendido sus demandas, que no se ha escuchado su voz, que no se han abierto canales de participación. Hablar mal del Estado (y hablar bien de la Sociedad Civil) es algo que resulta popular en toda ocasión.

Si no la llamamos “civil” y nos quedamos en que es la sociedad acaso haya quien caiga en la cuenta de que normalmente debe participar en las elecciones y debe procurarse una representación en el Congreso. Que fuera de las instituciones lo que hay son grupos de presión: ni más virtuosos ni más justos ni mejores que los partidos. Que la participación espontánea e inmediata es lo que se llama “acción directa”: puede ser sumamente eficaz, pero es en general poco civilizada y desde luego favorable para intereses particulares, y no otra cosa. Pero tampoco me hago muchas ilusiones. Viene el tiempo de la Sociedad Civil, que es producto de la inepcia y la falta de imaginación de nuestros políticos. A nadie le sorprende ya que los militantes de la Unión Nacional de Trabajadores Agrícolas, de Hidalgo, marchasen la semana pasada en Pachuca con piedras, palos y tubos para reclamar una tienda de Solidaridad en El Palmar; a nadie le sorprende que secuestrasen a un policía municipal, que lo desnudasen y lo amarrasen a un poste, rociado con gasolina, amenazando con quemarlo vivo. Todos vimos la fotografía de ese pobre hombre desnudo, con las manos atadas, mientras la Sociedad Civil, henchida de valor y voluntad de participar, mira sonriente, retadora, a las cámaras. Los políticos guardaron un silecio reverencial. Los demás empezamos a acostumbrarnos: es el tiempo de la Sociedad Civil.

La Crónica de hoy, 2 de julio de 2002