Elogio del Fondo de Cultura Económica

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Texto leído en la ceremonia de entrega del Premio Daniel Cosío Villegas, 2014

 

Contra la corriente: elogio del Fondo de Cultura Económica

Igual que todos ustedes, o casi todos ustedes, yo leí por primera vez a Isaiah Berlin en una edición del Fondo de Cultura Económica: Contra la corriente. Igual que ustedes, también, leí a Max Weber y a Lèvi-Strauss en ediciones del Fondo de Cultura. Y a Braudel y Ranke, a David Brading, a Raúl Prebisch. También por cierto leí La muerte de Artemio Cruz en la Colección Popular del Fondo, y Pedro Páramo, y las Memorias póstumas de Blas Cubas. Y leí a Erich Fromm, a Roberto da Matta, Michal Kalecki, y Antonello Gerbi.

Verdaderamente, no haría falta decir casi nada más como explicación. Nos podríamos pasar el resto de la tarde recordando nombres, evocando lecturas: Veblen, Heidegger, Norbert Elias, Irving Leonard, Albert Béguin, Santayana, Hirschmann. O bien podríamos escoger cualquiera de los últimos títulos en el catálogo del Fondo, el librito de Bétrice Hibou sobre la privatización del Estado, o el último tomo del diario de Alfonso Reyes, y dedicarnos un rato a leer –que es el más obvio homenaje que se puede rendir al Fondo de Cultura. Y explica muy bien el premio.

Algo más diré, aunque sobre. No mucho.

Demasiado tarde me doy cuenta de que yo no sé escribir un elogio. Ya sé que no hubiese hecho falta que lo dijera, porque ustedes se iban a dar cuenta enseguida. Pero prefiero que conste de entrada, y evitar que nadie se decepcione. No sé escribir un elogio. Mucho menos sabría hacer el elogio del Fondo de Cultura Económica. Para empezar porque el tema me excede, absolutamente. Pero además, y acaso tendría que haber empezado por ahí, porque todo lo que se refiere al Fondo de Cultura es para mí algo personal. Y eso siempre complica las cosas.

O sea, que tocaría que me callase. Sería lo más sensato. No obstante, si acepté la invitación para hablar aquí, ahora, y sin pensarlo, antes de que nadie fuese a cambiar de idea, fue porque el honor de hablar en esta ocasión implica también la posibilidad de decir algo de lo que el Fondo significa, para mí y para tantos. Y esforzarme por articular mi gratitud, la de tantos, por haber podido vivir contando con la compañía del Fondo de Cultura Económica –que ha hecho que nuestro mundo fuese mucho más interesante.

A mediados de 1934, hace ahora ochenta años, Daniel Cosío Villegas se propuso la tarea modesta, discreta, urgente, de producir los libros que necesitaban los universitarios mexicanos para estudiar economía. Bien poco, algo muy factible, sencillo incluso, pero indispensable. Pronto resultó que esa pequeña, modesta tarea iba a ser otra cosa, mucho mayor.

La historia la conocemos todos. Sobrevino la guerra civil española, para muchos la triste urgencia del exilio. Y Cosío Villegas comenzó a imaginar lo que sería El Colegio de México. Y aquel pequeño fideicomiso creado para publicar textos de economía se vio de pronto editando la obra de Dilthey, Max Weber, Meinecke. Entre el azar y la necesidad, mediante la intuición histórica de don Daniel Cosío Villegas, cobró forma el proyecto editorial más importante de la lengua española.

Veinte años después, reflexionando sobre su experiencia en el Fondo, decía Cosío Villegas: “tengo hoy todavía la sensación de que sigue siendo un milagro hacer libros en México. Es verdad que a los cuarenta y cinco años de edad tengo todos los días la sensación de otro milagro: ver salir el sol entre los dos volcanes del valle. Me parece éste un milagro por el horror que me causa imaginar cuán densa sería en el valle la oscuridad el día que no saliera el sol; como me causa también horror imaginar cuánta luz perdería el país si dejaran de imprimirse los libros que hoy se hacen en México”. Podríamos decir hoy algo muy parecido. Porque no es más fácil hacer libros en México, ni menos urgente. Y si añadimos alguna calificación: hacer bien buenos libros, se entiende en qué consiste la dificultad. Porque están las librerías llenas de libros, los hay hasta en los supermercados, en las cafeterías –pero no es eso, no es eso.

Antes de decir algo más sobre el Fondo, el tema es para mí inagotable, quiero hablar sobre el premio, quiero reparar en el hecho de que el Premio Daniel Cosío Villegas se otorgue a una institución. A él sin duda ninguna le hubiera gustado eso. Entre otras cosas, es un gesto un poco a contracorriente del individualismo cínico de nuestra cultura de las celebridades. Desde luego, premiar a una institución es también premiar a un conjunto de individuos, eso está claro. Pero es sobre todo reconocer la importancia de una idea –que es la que da continuidad y coherencia al trabajo de una institución.

Me extiendo un poco. A nadie le podría haber resultado extraño que un premio como éste, de ciencias sociales, se le hubiese otorgado a Lèvi-Strauss, a Mannheim, a Robert Merton. Su influencia ha sido enorme, ha marcado nuestra manera de entender la vida social. Y bien, en algún sentido el premio corresponde a todos ellos también, y con justicia a quien los ha hecho existir en español. Nadie ha tenido mayor influencia sobre las ciencias sociales en el mundo de habla española que el Fondo de Cultura Económica.

De hecho, el panorama de las ciencias sociales en español resultaría irreconocible sin los libros del Fondo de Cultura.

Pero decía que premiar a una institución significa reconocer la importancia de una idea. En este caso, lo que justifica al Fondo es una idea muy simple: que la lectura es un asunto de interés público. Lo que pasa es que esa idea tan simple resulta ser a fin de cuentas enormemente complicada. Significa para empezar que es de interés público que la gente aprenda a leer. Pero también la publicación de algunos libros, según cuáles, y la traducción de algunos libros, y la circulación de los libros, también la integración de un mínimo canon, el cuidado de un patrimonio cultural, y más. En su momento lo dijo con perfecta claridad Cosío Villegas: “enseñar a leer sin haber resuelto antes, o concomitantemente, el problema de ofrecer una lectura digna, que eleve, es un engaño” (no me resisto a citar lo que sigue: “que los dueños de un periódico diario digan que éste es un instrumento de cultura, pase; pero apenas es concebible que lo crea alguien más”). Ofrecer una lectura digna. Es decir, libros. Pero no cualquier libro. Y otra vez, la idea es muy simple, y muy complicada.

La lectura es de interés público, o sea que nos interesa a todos, y no sólo a quienes lean una cosa u otra. No se trata de que todos los habitantes del país se conviertan en grandes lectores. Ni es posible, ni tendría sentido. Pero sí que todos sepan leer. Tampoco se trata de que todo el mundo lea una determinada lista de libros. Eso sería un disparate. Pero sí se trata de que haya esos libros “de lectura digna”: muchos, distintos, nuevos y viejos, y clásicos, originales y traducidos. No importa que se lea esto o aquello en particular, sino que se lea, y habrá libros que interesen a miles, decenas de miles de gentes, pero no son por eso más importantes que otros, que tienen sólo unos pocos cientos de lectores –es de interés público que exista la posibilidad de leer, que se mantenga esa conversación interminable, abigarrada, esa conversación de siglos que se desarrolla mediante la cultura del libro. Esa es la misión básica del Fondo de Cultura Económica.

Ahora bien, al cumplir con ese propósito, y producir los libros que hacen falta en México, el Fondo hace mucho más. Porque produce libros para todos los hablantes de español. Todos: mexicanos, españoles, argentinos, incluso durante décadas, brasileños, todos leímos a Marx, y a Dumézil, a Castoriadis, a Marcel Bataillon y Carl Becker gracias al Fondo de Cultura.

Todo ese rodeo, que espero que no haya resultado demasiado aburrido, para subrayar la importancia del trabajo del editor –que es lo que este premio reconoce hoy. Al traductor de un libro en general sólo se le ve cuando se equivoca, cuando tropieza, y su éxito consiste precisamente en que el texto no parezca una traducción, que ofrezca la ilusión de haber leído el original. Algo parecido sucede con el editor, que si hace bien su trabajo casi no se nota. Uno llega a una librería y encuentra el libro que buscaba, que estaba allí, naturalmente, en la sección de sociología, naturalmente, y se lee con facilidad, no se deshoja al abrirlo, el papel permite hacer anotaciones, naturalmente. Pero no, no es natural nada de eso.

El editor es quien hace posible que un autor se encuentre con sus lectores, sean mil o cien mil. Estamos acostumbrados a que suceda, vale la pena recordar que es absolutamente improbable. En el mundo se han escrito varios millones de libros, sólo en español se publican unos cien mil títulos cada año, una librería bien surtida puede tener acaso treinta mil volúmenes –y en medio de ese maremágnum sucede que yo quiero comprar precisamente Las pasiones y los intereses, de Albert Hirschmann. No me sirve otro autor, ni otro título. Y resulta que está ahí. En la tramoya de ese pequeño milagro está el editor. Que tiene que escoger los autores, los títulos, tiene que ordenarlos en colecciones, tiene que traducir muchos de ellos, tiene elegir el formato, y decidir el diseño, el tiraje, el papel, el modo de anunciar la publicación, las vías de distribución… Para que cada autor se encuentre con sus lectores. Y si lo hace bien, no nos damos cuenta.

Imagino que con ese pequeño rodeo se entiende mejor si digo ahora que la obra del Fondo de Cultura Económica es su catálogo. Ese inmenso panorama de la cultura, con diez mil invitaciones distintas para seguir la conversación.

El Fondo de Cultura es un editor sui generis, y lo es desde su fundación, desde la idea primera de Cosío Villegas. Porque se creó para producir los libros que hacían falta, que eran importantes y necesarios –descontando las demás consideraciones. Y eso impuso un modo de seleccionar los títulos, un modo de integrar el catálogo que lo convirtió, como se suele decir, en sello de referencia. Uno puede no conocer a Gerbi o a Pietschmann, por ejemplo, pero están en la colección negra, de historia, del Fondo, y eso basta como recomendación.

No digamos que no haya habido errores, libros de interés más efímero, olvidables. Sin duda. A Cosío le hubiera sorprendido menos que a nadie, después de todo el Fondo es obra humana, burocrática. Pero el peso del conjunto es indiscutible. En el catálogo coexisten Ronald Laing, Oscar Lewis y Antonio Alatorre, François Furet y Robert Redfield, clásicos absolutos como Cassirer, Ibn Jaldún o Marcel Mauss, y autores vivos, que están descubriendo nuevos paisajes: Sissela Bok, Mary Louise Pratt, Thomas Picketty. La inagotable riqueza de la conversación a la que invita el Fondo depende de eso.

En aquel lejano 1934, y en los años siguientes, en las horas más oscuras de la cultura española del siglo veinte, el Fondo hacía lo que nadie más estaba haciendo, y fue literalmente indispensable para mantener vivas las ciencias sociales en español. Pero sucede que hoy, ochenta años después, tampoco hay nadie que haga lo que hace el Fondo. Hay muchas editoriales, que publican muchísimos títulos, algunos extraordinarios, algunos que se venden por decenas de miles. Pero la capacidad para pensar en los libros que hacen falta, más allá de otras consideraciones, de rentabilidad o de popularidad, ésa nadie la tiene como el Fondo –que ha terminado hace relativamente poco la edición de la obra completa de Alfonso Reyes, la de Octavio Paz, la nueva edición anotada de Economía y Sociedad, la de Las formas elementales de la vida religiosa, de Émile Durkheim, la monumental biografía de Dostoievski, de Joseph Frank.

Adicionalmente, esa abundancia de libros en el mercado subraya la importancia del Fondo de Cultura en otra dimensión. El crecimiento desbordado del número de títulos, los catálogos millonarios aplanados por la búsqueda del best-seller, la destrucción publicitaria de casi todas las mediaciones que configuran la cultura del libro, todo eso hace particularmente útil esa función de “sello de referencia”. Pero además, ahora como entonces, los libros del Fondo sirven de soporte para muchas otras lecturas, son un punto de partida. Es imposible saber a dónde llegará una conversación que comienza en las páginas de Tibor Scitovsky, por ejemplo, o de Paul Bénichou o George Steiner. La lectura siempre abre el apetito, las ganas de leer.

La primera misión que se dio Fondo fue la traducción de libros de otros idiomas. Sigue siendo el eje de su actividad, y con razón. E importa reconocerlo en lo que vale. La traducción es uno de los signos más elocuentes de vitalidad cultural. Y tiene una importancia especialísima para las Ciencias Sociales y las Humanidades. De hecho, eso que llamamos las Humanidades es fundamentalmente un vasto esfuerzo de traducción, consecuencia de esa felicísima catástrofe que fue la Torre de Babel. No llegamos al cielo, pero en cambio aprendimos a hablar en inglés, en italiano, en griego. El Fondo de Cultura es en ese sentido el mejor testimonio de la vigencia en español de las Humanidades como modo de asumir la experiencia humana. Sólo como juego se me ocurre imaginar un itinerario que podría empezar con la Paideia, de Jaeger, y seguir con el Primero sueño de Sor Juana, Los 1001 años de la lengua española, de Antonio Alatorre, con La sabiduría de los bárbaros, de Momigliano, o ese prodigioso monumento al lenguaje que es Erdera, de Gerardo Deniz –eso apenas mordisqueando una esquina del catálogo del Fondo.

Traducir, editar, publicar lo indispensable: Weber, Husserl, Braudel, Frazer, es contribuir a formar un canon. Eso ha hecho el Fondo. Con el resultado de que hoy no sería posible estudiar en español historia, sociología, sicología, filosofía, sin contar con los libros del Fondo. A continuación, con el mismo ánimo, comenzó a integrar un canon de las letras mexicanas: Sor Juana, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, Rosario Castellanos, Alfonso Reyes, y ese maravilloso compendio continental que es la Biblioteca Americana. Y al lado de la serie monumental a la que pertenecen Heidegger o Dilthey, comenzó también a publicar libros con otra ambición, más didáctica, para formar “la base de una biblioteca que lleve la universidad al hogar”, y así surgió la colección más hermosa, de horizonte más amplio en el mundo editorial en español: Breviarios. También en el Fondo, no sobra recordarlo, en la Colección Popular, luego en Tezontle, publicaron sus primeros libros jóvenes escritores mexicanos como Juan Rulfo, Juan José Arreola o Carlos Fuentes. Y en Tierra Firme están Cardoza y Aragón, Euclides da Cunha, Alejandro Rossi.

Ya va siendo hora de que termine. Pero hay un par de cosas que no querría dejarme en el tintero. La tarea del editor consiste en que el autor se encuentre con sus lectores. Para eso, hay un eslabón último al que se presta poca atención, como cosa ancilar, de interés puramente mercantil: la librería. Es una pieza clave de la cultura del libro, la más frágil acaso, que no tiene fácil sustitución. Una librería es una tienda, y a la vez es otra cosa, diría que es menos librería cuanto más se parece a cualquier otra tienda. La librería se lleva mal con el espíritu del tiempo sobre todo porque admite mal el crecimiento, la espectacularidad, el gigantismo, el movimiento masivo de novedades que hace el comercio de hoy, que requiere grandes superficies, procesos estandarizados. Pero insisto: no hay sustitutos a la vista. Digamos de paso, por no dejar, que por mucho que ayude la comunicación por Internet, nunca podrá ofrecer una experiencia equiparable –ni siquiera la ofrecerá cuando Amazon tenga en español, si la llega a tener, una importancia parecida a la que tiene en inglés.

Ese ha sido entre nosotros desde siempre el talón de Aquiles para el mundo del libro. A mediados del siglo veinte calculaba Cosío Villegas que en México podría haber una librería por cada 134,000 habitantes según la estimación más optimista, una por cada 875,000 habitantes según los editores industriales. No estamos mucho mejor. Tenemos bastantes “puntos de venta” de libros, que son tiendas de regalos, cafeterías y kioscos de aeropuerto: en conjunto, uno por cada 70,000 habitantes. Registradas como librería, o papelería-librería, tenemos aproximadamente una por cada 170,000 habitantes. Pero si nos ponemos un poquito exigentes, y nos tomamos en serio el nombre, hay en México una librería por cada 680,000 habitantes. El Fondo de Cultura también ha terminado haciéndose cargo de eso, para la venta de sus libros y de todos los demás fondos editoriales que circulan en el país –sin eso, no podría cumplir con su tarea editorial.

Hacer libros en México ha sido siempre una tarea complicada. Y si decimos publicar bien buenos libros, y que se lean, mucho más. Contaba Cosío Villegas en los años cincuenta con unos cinco mil o seis mil lectores habituales en el país –efecto de todas las causas que se quieran imaginar. Aunque hoy los hubiésemos multiplicado por diez, sería un mercado pequeñísimo. Aun así, en su momento se enorgullecía Cosío de que se hubiese agotado la edición de 3,000 ejemplares de la Paideia de Jaeger, antes que las ediciones alemana e inglesa, de 2,000. Contra la corriente, pero algo siempre puede hacerse, algo se ha hecho.

Decía hace un rato que al premiar a una institución se reconoce la vigencia de una idea. Pero también el trabajo de personas concretas. El trabajo de traductores únicos como Eugenio Ímaz, José Medina Echavarría, Tomás Segovia, Elsa Frost, Juan Almela, el trabajo de editores extraordinarios, como Arnaldo Orfila, Jaime García Terrés, José Luis Martínez, Joaquín Diez Canedo Manteca, Alí Chumacero, Adolfo Castañón.

Termino. Se lamentaba Cosío Villegas de la “propagación casi patológica” de las historietas como lectura única de los niños, de los jóvenes y no tan jóvenes, “en parte por que son fáciles y en parte porque son baratas y se encuentran al alcance de su mano; pero en parte quizá todavía mayor porque no hay nada que pueda sustituirlas, en la misma abundancia, por el mismo precio y con una calidad de verdad superior. El editor o el Estado que acometa este problema y lo resuelva habrá hecho un servicio a la cultura que difícilmente podría tener rival”. También a ese empeño está dedicado el Fondo de Cultura. Y también en reconocimiento a ese servicio, y no sería el menor de los méritos, el premio que lleva el nombre de Daniel Cosío Villegas, corresponde hoy al Fondo de Cultura Económica.