Enemigo público

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Decía H. L. Mencken que la forma más segura de avanzar en la política en Estados Unidos era encabezar una acusación que llamara la atención del público. No cualquiera, porque un político práctico no trata de inocular nuevas ideas a sus seguidores, sino que se limita a agitar las nociones más primarias que la gente ya tiene en la cabeza, para aprovechar a su favor la efervescencia emocional que resulta de ello.

La media docena de segundones que forman la Comisión de Chicago para el Crimen está en eso –declarando Enemigo Público Número Uno al Chapo Guzmán. Listos, oportunistas, desvergonzados, ellos son La Ley y el Orden, exigen justicia, abanderan la lucha contra el Mal, y echan mano de todos los prejuicios, fantasías y obsesiones de su público, y de paso alimentan la paranoia política estadounidense, un poco venida a menos después de la muerte de Hussein y Ben Laden, y le ofrecen al presidente Obama una magnífica ocasión para declarar la guerra, otra. Desde luego, la idea misma de señalar a un Enemigo Público Número Uno es un arcaísmo, un gesto melodramático que remite a las películas, lo mismo que el lenguaje que emplean los señores comisionados y el agente especial Riley, de la DEA, que los acompañaba: “a su lado Al Capone parece un amateur”, “ningún otro criminal ha merecido tanto esa designación”, “es el nuevo Al Capone de Chicago”, “uno de los individuos más feroces, despiadados y poderosos”…

Desde luego, es un engañabobos. Pero la idea del archi-enemigo, archi-malvado, causante de todos los males, junto con la fantasía del sheriff salvador, y la fe ilimitada en el uso de la fuerza, están tan arraigadas en la cultura popular norteamericana, que incluso una tontería así puede funcionar.

Miro un mapa con la distribución espacial de los homicidios en la ciudad de Chicago en los últimos diez años. Es asombrosa. La inmensa mayoría de los casos están concentrados en unos cuantos barrios: Austin, Garfield Park, Lawndale, Washington Park, Woodlawn, Great Grand Crossing… Todos ellos con 80 y 90 por ciento de población afroamericana. Por otra parte, casi no hay ningún homicidio en barrios como Lincoln Park, Loop, o Hyde Park, que son por supuesto vecindarios abrumadoramente blancos, y con mayores índices de escolaridad y un ingreso per cápita casi del doble. Para quien quiera verlo, eso significa que Chicago tiene un problema urbano, de servicios, de empleo, educación, desigualdad, de discriminación y violencia, en el inmenso gueto negro del Oeste y el Sur de la ciudad. No tiene nada que ver con el Chapo Guzmán.

Los comisionados prefieren no pensar en eso, y prefieren evitar que la gente piense en eso, porque puede confundir a alguien. Mejor imaginarse que viven en Ciudad Gótica, bajo la influencia siniestra de un mexicano perverso –y llamar a Batman. Es otra vuelta de tuerca. Otro aviso.

 

La Razón, 19 de febrero de 2013