Fuera de control

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Los titulares de las últimas semanas abundan en episodios de fricción, más o menos áspera, entre policías comunitarias, autodefensas, campesinos armados, policías y militares

, en un forcejeo sobre el derecho a portar armas o montar retenes. No se parece a una guerra, sino a las formas de negociación política del antiguo régimen, cuando las cosas no iban del todo bien. Es claro que hay motivos para preocuparse, pero me parece un poco absurdo que con ese motivo haya quien venga con el cuento del “Estado fallido”.

En ninguna parte, ni en México ni en ningún otro país, puede el Estado controlar estrictamente el territorio bajo su jurisdicción. Siempre hay extensos espacios sin vigilancia, relaciones, recursos de poder, formas de producción e intercambio imposibles de vigilar, y hay prácticas irregulares, informales, ilegales y criminales más o menos rutinarias e impunes. La vigencia de la ley depende de algo tan improbable, frágil, circunstancial y contingente como la voluntad de obedecer –circunstancial y contingente, pero no gratuito, que conste. Ahora bien, eso no significa que la autoridad del Estado quede en entredicho, o que no exista, ni siquiera cuando se infringe la ley.

Para entendernos, las manifestaciones de estos días pasados en Turquía suponen un riesgo mayor que los motines de Tierra Caliente.

En el lenguaje del sexenio pasado todo hubiese quedado resumido como manifestación del “crimen organizado”, y tendríamos una historia de cárteles y rutas y plazas: sencilla, clara, y finalmente incomprensible. Algo queda de eso, sin duda, pero empieza a abrirse paso otra clase de explicaciones. Más confusas, más difíciles de entender, más razonables también. El problema aquí es la recogida del limón, allá es la tala de madera, más allá es el transporte del aguacate. Unos piden al ejército, otros piden que se retire el ejército, pero de momento nadie está proponiendo la desaparición del Estado ni cosa parecida.

Las armas han estado siempre ahí, también los conflictos. Y el Estado aparecía de manera intermitente, mediante funcionarios de reforma agraria, un agente del MP, la escuela, el dispensario de la Secretaría de Salud o el IFE. No estaban “fuera del control” del Estado, nadie hubiera dicho eso, pero sería igualmente difícil afirmar que estaban bajo control del Estado. La palabra es engañosa.

La violencia, como la que hemos visto, significa que los actores locales no son capaces de llegar a un arreglo, de modo que hace falta la intervención de la fuerza pública, que a lo mejor no querían ni unos ni otros. A eso responden las fricciones: militares retenidos, motines, grupos de autodefensa que se rehúsan a dejar las armas. No es el fin del mundo. Significa que hace falta sensibilidad política, muy afinada, para entender cuándo, dónde, y en qué términos es necesaria la presencia concreta y material del Estado, a través del ejército, y con qué plazos. Porque esto no es un problema de criminalidad, sino de orden social –y no se trata de meter más policías, más rudos, para imponer el cumplimiento de la ley.

 

La Razón, 4 de junio de 2013