Germán Castro Caycedo

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Ocho años tarde leo Con las manos en alto de Germán Castro Caycedo: una colección de reportajes y crónicas sobre la guerra en Colombia. Son textos emocionantes, de un dramatismo sobrio, medido, exacto, con la sabiduría que dan cuarenta años de oficio periodístico. No pretenden explicar la guerra; no se trata de eso, sino de recuperar la experiencia de la guerra, que tras la lectura resulta mucho más terrible, más compleja y turbia y dolorosamente humana.

Aparecen, por ejemplo, un “contratista” estadounidense muerto por una sobredosis y una compañía de mercenarios que ocasionalmente también se dedica al narcotráfico. En otro reportaje, un confuso ataque contra un campamento guerrillero en que los operadores del radar se equivocan al dar las coordenadas para el bombardeo. Hay también la reconstrucción de un secuestro de las FARC, la vida de los secuestrados en la selva: hambre, fatiga, miedo, resentimiento; la voz de uno de los guerrilleros, responsable del campamento, al ver morir a uno de sus prisioneros: “La mercancía sigue dañándose. Negocien con el gobierno la entrega de estos ricos hijueputas. Busquen negociar ya. No tenemos más comida”. Un frustrado ataque de la guerrilla, una masacre de los paramilitares en El Salao, el montaje para la visita del presidente Clinton a Cartagena: flores recién plantadas, fachadas recién puestas y hasta habitantes de Cartagena recién llevados, y una viuda de guerra embarazada para que la abrace el presidente. El negocio de las armas para las FARC, el negocio de las armas para el gobierno, el negocio de las compañías de mercenarios.

Otro libro de Castro Caycedo, ése de hace seis años, Sin tregua, se ocupa sobre todo de la trágica economía de la guerra colombiana. Reportajes sobre Arauca, la Guajira, la Contraloría General de la República. En las guerras hay siempre mucho dinero: para el que fabrica los helicópteros, para el que los compra y para el intermediario que los junta. La guerra misma, una guerra de décadas como la de Colombia, se convierte en un mecanismo de extracción de riqueza. Guerrilleros y paramilitares cobran sus impuestos, parasitan el comercio, acaparan el mercado de tierras mediante invasiones, amenazas y masacres. Lo más sencillo y rentable es vender seguridad a las compañías petroleras: no pueden irse con el negocio a otra parte, no pueden vigilar toda la extensión de los oleoductos y gasoductos. La alternativa es parasitar el gasto público.

El reportaje sobre el departamento de Arauca es estremecedor: obras inconclusas o inútiles, maquinaria inservible, extraviada, un flujo constante de dinero para obras de infraestructura que es “capturado” por las FARC, el ELN o las AUC, por docenas de organizaciones no gubernamentales. Allí la guerra consiste en tener suficiente presencia en el territorio para intimidar al alcalde o al gobernador y recibir un tanto de las regalías petroleras, contratos para obras públicas, para adquisición de maquinaria. Y así se paga la guerra, que en el Arauca tiene como objetivo controlar el territorio para intimidar al alcalde, etcétera. A veces dominan las FARC o el ELN, a veces las Autodefensas; la lógica es la misma. Lo explica un viejo: “Entonces se consolidan las autodefensas y el gobernador, que antes tenía que darle manejo a la guerrilla, ahora tiene que darles manejo a las autodefensas. Su gobernabilidad cambia, ¿me entiende?”. Así el crecimiento económico y el gasto público, la inversión, los programas de desarrollo, todo contribuye a mantener la guerra, y a que sea un buen negocio.

Que la muerte espere, de hace tres años, abre con una reconstrucción del suicido de Adriana, una chica de 23 años, de muy buena familia. En una serie de cuadros aparecen los negocios de su padre, intermediario entre la industria de armamento rusa y el ejército colombiano, la gran vida social con sus preocupaciones, el ruidoso extravío de los universitarios, una sexualidad triste, mezclada con patéticos rituales de un satanismo ingenuo, de supermercado. Sigue en el libro una crónica de la masacre de San José de Apartadó, de 2005, que comienza con la narración fría, puntual, del levantamiento de los cadáveres, en páginas difíciles de olvidar.

Yo contaría los casi ya veinte libros de Germán Castro Caycedo entre los mejores de la literatura colombiana reciente. Sin la fantasía de García Márquez, sin la encantadora elegancia de Álvaro Mutis, sin la violencia verbal de Fernando Vallejo, pero con una energía y una capacidad de evocación como sólo hay en el gran periodismo. Caigo en la cuenta de que nos falta en México en los últimos años esa clase de periodismo, algo que vaya más allá de la nota de color y la transcripción de los boletines de prensa. También caigo en la cuenta de que la estrategia comercial de las grandes editoriales tiene reducido a Castro Caycedo al mercado local en Colombia: sus libros no circulan en México. Lástima.

 

La Razón, 5 de diciembre de 2009