Guerras sin importancia

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A fines del año pasado se publicó el reporte final del Grupo de Alto Nivel para la Alianza de Civilizaciones. El año comenzó con la amistosa invasión de Somalia por parte del ejército etiope. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Nada. El reporte es una aparatosa colección de vacuidades para hacer frente a un problema imaginario: ni remotamente sirve para entender qué pasa en Somalia –donde el régimen de los Tribunales Islámicos ha sido derrocado—ni lo que pasa en Sudán, donde el gobierno islamista de Omar el-Bechir sigue masacrando a la población de Darfur, ni lo que pasa en Palestina, en la confrontación entre Hamas y al-Fatah. Se dirá que el grupo no se creó para eso y es verdad. Eso es lo malo.

El motivo concreto de la iniciativa es el auge del islamismo radical, con todas sus secuelas y consecuencias. Bueno: no todas, básicamente las que se refieren a Europa y Estados Unidos y pueden abordarse con una razonable vaguedad. La idea se tradujo en la formación del Grupo de Alto Nivel en el que hay un arzobispo, un rabino, un ayatolá, un par de profesores de teología y unos cuantos figurones políticos en desuso, como Federico Mayor; se les pidió que dijeran que puede evitarse el “choque de las civilizaciones”, que dijeran que la religión es importante y la identidad y la cultura, y que se debe promover el diálogo entre las civilizaciones y “profundizar los valores compartidos”, sobre todo mediante la educación. Eso mismo dijeron en su reporte final: que todas las religiones son pacíficas, que se deben combatir los prejuicios y estereotipos, que es muy importante la educación para la convivencia, que no tiene que haber hostilidad entre el Islam y Occidente, que la pobreza conduce a la desesperación, que alimenta un sentimiento de injusticia y termina favoreciendo el extremismo político. Eso, en cuarenta páginas. Con algunos pasajes divertidos, como sucede siempre en ese tipo de documentos: se pide, por ejemplo, con toda delicadeza a los gobiernos del mundo islámico que ofrezcan espacio para la plena participación de partidos políticos no violentos, y eso lo firman el ayatolá Mohamed Jatamí, Su Alteza Sheikha Mozah, consorte del Emir de Qatar, y Mohamed Charfi, exministro de educación de Túnez, entusiastas partidarios del pluralismo todos ellos.

Sobre el islamismo real, llamémosle así, el de Somalia y Sudán, el informe no dice nada ni medianamente útil (de hecho, no hay nada que pueda referirse a él salvo la imprecisa conjetura de que los musulmanes pobres e ignorantes se dejan llevar por líderes irresponsables: ni muy nuevo, ni muy claro ni muy cierto tampoco). Para hablar claro, ésas son guerras sin importancia, que no se entienden y por las que Europa no se siente amenazada, guerras entre musulmanes, donde no hay choque de civilizaciones ni serviría de nada una educación para la tolerancia y el respeto. Y sin embargo ése es el campo de batalla real del islamismo: la península arábiga, el Cáucaso, el Mahgreb, la extensa frontera histórica del Islam en África que va de Senegal a Somalia.

Ni el informe del Grupo de Alto Nivel ni el resto de los trabajos que se anuncian en la misma línea puede conducir a nada porque los problemas están en otra parte. La idea misma de una alianza de civilizaciones es un peligroso equívoco: las civilizaciones no chocan ni dialogan, no son entidades que puedan representarse y mucho menos por un puñado de clérigos. Las civilizaciones no existen como realidad sustantiva aunque el término pueda ser a veces útil como abreviatura para referirse a zonas más o menos extensas con algunos rasgos comunes (se puede hablar así de la civilización árabe, islámica, mediterránea, europea, cristiana, occidental, y cada una estará formada por diferentes sociedades). En la práctica, tal como se emplea en los últimos tiempos, es básicamente un recurso retórico de las estrategias políticas identitarias, una distinción beligerante entre ellos y nosotros, que supone una unidad espiritual inexistente y una diferencia espiritual igualmente inexistente: la usa Samuel Huntington, por ejemplo, que distingue la civilización occidental de la civilización latinoamericana para explicar que los mexicanos son inasimilables en Estados Unidos, la usan Osama ben Laden y otros islamistas para fabricar la gran unidad imaginaria del Islam frente a su enemigo occidental. El efecto es el mismo –aunque no se quiera—cuando se habla del diálogo de las civilizaciones porque el supuesto básico es el mismo, es decir, la existencia de esas unidades distintas e inconmensurables.

Otra vez, igual que en su iniciativa de diálogo con ETA, el jefe del gobierno español Rodríguez Zapatero se ha equivocado de mesa, de tema y de interlocutores. No hacía falta una comisión internacional de nada para decirnos que los cristianos y los musulmanes no tienen motivos para matarse; si se matan no será porque son cristianos o musulmanes, sino porque hay un conflicto político que se ha estructurado –de manera más o menos contingente—a partir de a esa oposición (como se puede estructurar entre hutus y tutsis, comunistas y fascistas, blancos y rojos). El “choque de las civilizaciones” es una invención intelectualmente indefendible pero políticamente muy eficaz, que ha servido sobre todo para dar una aparente (sólo aparente) coherencia a la política exterior estadounidense y ha contribuido también a dar credibilidad a la estrategia del islamismo radical: los intereses en juego son otros y los escenarios son otros, no las civilizaciones.

Los atentados en Europa y en Estados Unidos tienen valor sobre todo simbólico para guerras que se libran en otras partes (en esta ocasión Europa es una periferia cuyos muertos son políticamente rentables para otros, como en su momento lo han sido para los políticos europeos los muertos del Congo, Angola, Vietnam, Nicaragua o El Salvador). La retórica incendiaria, antioccidental, de ben-Laden, al-Zarqawi o al-Zawahiri sirve para legitimar y consolidar su autoridad mediante la invención de esa enorme comunidad imaginaria de “los musulmanes” como enemigos de Occidente; su objetivo político no es conquistar Francia o España sino hacerse con el poder, como lo han intentado y lo intentan, en Egipto, Argelia, Bosnia, Chechenia o Líbano, en Afganistán, Palestina, Yemen y Sudán, en Somalia. No es un partido ni un grupo de conspiradores sino una generación de políticos de muy distintos orígenes, nacionalidades y trayectorias, pero con un mismo repertorio simbólico que favorece alianzas tácticas y formas de colaboración enormemente flexibles, improbables, hasta ahora inéditas (habrá también alguno que se despierte todos los días pensando en conquistar el mundo, sí, también lo habrá).

Su auge no depende del fervor religioso sino de la desintegración política y las dislocaciones económicas, regionales, demográficas, producidas por el fin de la Guerra Fría y el nuevo orden internacional. Somalia es un caso ejemplar. Padeció casi quince años de guerra civil a partir del derrocamiento de Siad Barre en 1991; es un modo de hablar: una guerra civil de quince años termina siendo una lenta, feroz masacre en la que sólo sobreviven las formas más inmediatas y primarias de lealtad, en este caso a partir de la vieja estructura de clanes de la sociedad somalí. En 2004 se pudo formar finalmente un Gobierno Federal de Transición: su primera decisión al instalarse en el país fue dividirse y crear dos sedes de gobierno, la del presidente Abdulá Yusuf Ahmed en Jowhar (más tarde en Baidoa), y la del líder del congreso Hassan Shaik Aden en Mogadiscio. Siguió la guerra más o menos desorganizada, de alianzas cambiantes, hasta que comenzó a ganar fuerza la Unión de los Tribunales Islámicos que, aparte de recursos internacionales, ofrecía imponer una sola ley –la shari’a—en lugar de las lealtades clánicas: ocupó la capital a mediados del año pasado y consiguió mínimos de orden y seguridad que no había visto la generación actual; pronto comenzaron otros problemas, los de siempre: los miembros del clan Abgal pretendieron crear su propio tribunal islámico porque la Unión, según ellos, favorecía al clan Habr Gedir, y el nuevo orden empezó a hundirse en el mismo pantano de la década anterior. La intervención de los países vecinos –Kenia, Etiopía—siguió complicando las cosas.

Etiopía, el enemigo por antonomasia de Somalia desde hace siglos, ha invadido el país como apoyo para el Gobierno Federal de Transición y –de momento—ha derrotado rápidamente a la Unión. El futuro es imposible de predecir: acaso Etiopía sólo quiere un gobierno amistoso en el país vecino, acaso también una especie de revancha por la derrota de Ogadén de 1977, un trazado ventajoso de la porción de frontera aun sin definirse entre ellos. Mientras tanto, al-Zawahiri ha llamado ya a todos los musulmanes del mundo para que vayan a combatir a la yihad de Somalia contra el gobierno etiope, el nuevo “esclavo de los cruzados”; necesita que el conflicto se vea como otro episodio en el “choque de las civilizaciones” y siempre habrá alguien en Washington dispuesto a darle la razón (mientras escribo me llega la noticia de los primeros bombardeos estadounidenses al sur de Mogadiscio: contra células de Al-Quaeda o grupos en que podría haber gente de Al-Quaeda o que podrían haber protegido a militantes de Al-Quaeda –o algo así).

Pero no, no es eso.

La Crónica de hoy, 10 de enero de 2007