Harmattan

Etiquetas: , ,

Aparece cada tanto en la prensa noticia de algún atentado en Nigeria. Siempre en páginas interiores, uno o dos párrafos con el lenguaje protocolario de los cables de agencia. El último, hace diez días: 99 muertos en el pueblo de Kawuri, en Borno, consecuencia de un ataque de “presuntos extremistas islámicos de Boko Haram”. No se encuentra mucho más en ningún periódico, tampoco en otras ocasiones. Alguno tiene en archivos que Boko Haram significa “la educación occidental es pecado”, la imagen de los extremistas islámicos se confunde con las de Al-Qaeda, los talibán –algo borroso, temible, un poco absurdo. No es inútil dedicarle tres o cuatro minutos más.

Nigeria es el país más poblado de África, 160 millones de habitantes, uno de los principales productores de petróleo. Está formado por regiones de muy distinta estructura demográfica, productiva, de diferente clima: sabanas con extensiones áridas y semiáridas en el norte, selva tropical en el Oeste, manglares, pantanos en el delta del Níger. Tres grupos étnicos mayores: los hausa, en el norte, los yoruba en el oeste y suroeste, los igbo en el sur; cada uno suma aproximadamente un 20 por ciento de la población, el otro 40 por ciento lo integran otros 200 grupos etno-lingüísticos. A ese mosaico se le superponen las diferencias religiosas: alrededor del 50 por ciento musulmanes, 40 por ciento cristianos de varias denominaciones, un surtido residual de religiones tradicionales. Las fronteras que fabricaron esa mezcla fueron trazadas en 1914, para delimitar la posesión británica.

Nigeria entonces, según la frase de Obafemi Awolowo, no era más que una expresión geográfica. Pero sobre esa geografía se impuso el hecho político del Estado nigeriano, y eso alteró profunda, definitivamente las relaciones entre los diferentes grupos.

El Islam llegó a Nigeria en el siglo XI, y arraigó sobre todo en el norte. Era la religión mayoritaria entre los mercaderes que participaban de la extensa red comercial trans-sahariana, que alcanzaba casi todo el Sahel, y para las elites hausa resultó por eso un vehículo eficaz para consolidar lazos diplomáticos con el norte de África, con el mundo árabe. El apogeo de ese sistema de comercio se dio entre el siglo XIV y el siglo XVI. Comenzó su decadencia a la vez que se hacía más intensa, más frecuente, la presencia europea en la costa, en el Golfo de Guinea.

A principios del siglo XIX, un movimiento reformador lanzó una jihad que culminó con la creación del califato de Sokoto, cuya autoridad llegaría hasta lo que es hoy Níger. Para 1903, cuando las tropas británicas conquistaron la sabana, la población tenía una extraordinaria cohesión política, cultural, económica, producto de la experiencia de décadas de vida bajo un estado islámico –con ese contraste se padeció en el norte la colonización, la formación de Nigeria.

En el momento de proclamar su independencia, el territorio se dividía en tres regiones, que correspondían a las zonas de predominio yoruba, igbo y hausa. A partir de entonces, la división territorial ha sido uno de los ejes de la política nigeriana. En 1967 se crearon 12 estados, con otro reparto fueron 19 en 1976, se repitió el proceso: el número llegó a 21 en 1987, a 30 en 1991, y a 36 en 1996. Ningún trazado está libre de problemas. Cada vez que se crea una nueva entidad territorial un grupo se convierte en mayoritario, otros forman nuevas minorías. Y hay nuevos agravios, resentimientos, miedos.

La crisis actual tiene su origen en el desmantelamiento del sistema político como consecuencia de la crisis económica de los años ochenta, y el Programa de Ajuste Estructural del presidente Babangida –y de Sami Abacha y Olesegun Obasanjo después. En 1984 se redujo el gasto público a la mitad, siguió el expediente conocido: devaluación, privatizaciones, desregulación de mercados, supresión de subsidios, abandono de los servicios públicos. Y continuó el declive económico. La escasez de recursos hizo más apretado el clientelismo, más áspero en los espacios locales, volvió más ofensiva la corrupción de una clase política rentista, que vive de las concesiones de explotación petrolera. Las organizaciones religiosas, las iglesias carismáticas, el islamismo, ofrecían una alternativa –de organización, de ayuda, de denuncia moral. Y después vino la politización global del Islam, y la islamofobia.

En bastantes estados, sobre todo en el norte, la implantación de la shari’a ha sido recibida con entusiasmo, como forma de lucha contra la corrupción, como restauración de un estado fuerte en lo económico y en lo social.

Disidentes del movimiento salafista formaron la Asocación del pueblo de la Sunna para el proselitismo y la lucha armada, que suele identificarse con el sobrenombre de Boko Haram –un poco bandidaje, un poco guerrilla, vigilantismo, autodefensa, militancia religiosa. El gobierno trató de detener la agitación en el estado de Borno, en 2009, masacrando a más de mil personas, en 2013 recurrió incluso a bombardeos aéreos. De eso está hecha la violencia de hoy.

En la estación seca sopla en Nigeria un viento frío que llega del Sahara. Alivia el calor, pero también arrastra arena, que contribuye a la desertificación de las sabanas del norte –se llama Harmattan.

 

La Razón, 15 de febrero de 2014