La cultura del libro

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Me han pedido que hable sobre el futuro de la industria editorial. Es un tema complicado, de muchas aristas, y que suele llevar una intensa carga emotiva. Como precaución me importa sobre todo evitar, por un lado, el catastrofismo: la idea de que ya nada es lo que era, que ya no hay los libros que había, ni la cultura ni los autores que había en otro tiempo, y evitar también el optimismo fácil que viene de pensar que se editan más libros que nunca y hay muchos más lectores que nunca.

En alguna medida las dos cosas son ciertas, las dos admiten muchos matices.

Adelanto cuatro tesis muy simples. La primera: la cultura del libro no va a desaparecer. No va a desaparecer, en primer lugar, por la superioridad tecnológica del libro: como ha dicho Gabriel Zaid, el libro es tecnológicamente insuperable, es imposible encontrar un mecanismo más sencillo, portátil, resistente y asequible. No va a desaparecer tampoco porque el tipo de prácticas reflexivas que permite la lectura de libros –libros de papel, se entiende—no son sustituibles.

Segunda: no sólo no va a desaparecer la cultura del libro, sino que seguirá siendo el corazón, el centro de mayor vitalidad y creatividad de la vida pública.

Tercera tesis: lo que sí ha cambiado en los últimos años es el lugar que ocupan los libros en la vida cotidiana de la mayoría de la gente y el lugar que ocupan en el espacio público. Las otras formas de comunicación y las otras prácticas de lectura no sustituyen a los libros, pero sí transforman el espacio público.

Cuarta tesis: no son los otros “soportes” de textos ni los otros medios de comunicación lo que más ha afectado en los últimos tiempos a la cultura del libro, no eso sino la transformación de la industria editorial y del mercado del libro.

 

Dicho muy brevemente, mi idea es que la vigencia de la cultura del libro no depende de que todos en una sociedad sean grandes lectores, ni siquiera la mayoría. La aspiración puede sonar más o menos bien –que todo el mundo lea, o que todo el mundo lea mucho—pero más vale que tengamos claro que no es factible. Y no tiene sentido proponérselo como objetivo de una política de promoción de la lectura.

En cualquier parte del mundo, según lo que dicen sistemáticamente las encuestas, lo mismo en Alemania que en Francia, España o Gran Bretaña, en sociedades con elevada escolaridad y muy altos ingresos, en todas partes hay siempre, entre un 30 y un 35 por ciento de la gente que dice que no lee y no quiere leer: que no lee porque no le gusta ni le interesa. Más bien tendríamos que hacernos a la idea de que eso es una constante. Hay una tercera parte del mundo que no lee, que no quiere leer, y que no va a leer, y eso tampoco es grave. Seguramente nunca ha sido de otro modo.

Lo que sí importa, en cambio, porque decide mucho de la estructura y la calidad de la vida pública, es el peso relativo de la minoría –siempre va a ser una minoría—de los que podemos llamar “lectores habituales”, es decir, quienes leen al año 20 libros o más. El criterio de clasificación es más o menos arbitrario, pero no es difícil de entender el sentido que tiene; quienes leen 20 libros o más al año, es decir, al menos un libro cada quince o veinte días, son los que mantienen la vitalidad de la cultura del libro. Y la proporción de lectores habituales sí cambia mucho de un país a otro.

Si adoptamos ese criterio, resulta que son lectores habituales el 16 por ciento de los franceses, el 18 por ciento de los ingleses, de los alemanes, algo menos del 5 por ciento de los españoles. En México es difícil saberlo porque las encuestas de lectura son problemáticas, pero puede estar alrededor del 3 por ciento de la población. No es difícil ver que el peso relativo de ese grupo de grandes lectores en México es demasiado pequeño. Pensando en la vitalidad de la cultura del libro, sería importante sobre todo procurar que aumentase el tamaño de esa minoría, sabiendo que será una minoría; tratar de formar un público lector atento, con capacidad crítica. Ahora bien: eso depende de una serie de mediaciones, las mediaciones que hacen que los libros existan para alguien.

En México prácticamente todas esas mediaciones son muy precarias. Hagamos un brevísimo repaso. Están en primer lugar las mediaciones cercanas que son la familia y la escuela. Los libros existen o no, en primer lugar, en casa. En México, en parte porque apenas hemos terminado hace muy poco la alfabetización de la población, no hay una tradición de lectura en las familias. Insisto: la alfabetización es muy reciente.

Según las encuestas que conocemos, sólo en el 5 por ciento de los hogares en México hay más de 50 libros, lo cual significa que para el 95 por ciento de la población esa primera mediación, la más cercana, no puede funcionar. Los libros no existen en la familia.

En segundo lugar está la escuela, que teóricamente tendría que compensar las deficiencias de la mediación familiar. Bien: el 40 por ciento de la población mexicana tiene estudios de primaria incompletos, en un sistema educativo con serias deficiencias, en particular en lo que se refiere al aprendizaje de la lectura. Y tenemos también desde hace tiempo en México –igual que en otras partes, dicho sea de paso—una pedagogía que casi evita los libros, que prefiere libros que parezcan no ser libros, sino otra cosa. Libros-juguete, libros de imágenes y recuadros y flechas de colores.

En resumen, esas dos primeras mediaciones de la cultura del libro, las más cercanas, son bastante precarias.

Las mediaciones materiales también son problemáticas: bibliotecas y librerías. Son las mediaciones que hacen que los libros efectivamente existan para alguien, en el sentido material de la palabra. El hecho de que un libro haya sido escrito, incluso si yo sé que ha sido escrito y quisiera leerlo, no me significa nada si no puedo encontrarlo en una biblioteca o en una librería. ¿Cuál es la situación en México?

El sistema de bibliotecas es en general muy insuficiente y muy anticuado, hay seis mil bibliotecas que en conjunto tienen menos de 33 millones de ejemplares (como término de comparación, las cinco mil bibliotecas de Gran Bretaña que tienen 120 millones de ejemplares). De ésas seis mil bibliotecas, 2 500 son bibliotecas municipales cuya dotación inicial es de 1 200 libros, o sea, son apenas embriones de biblioteca que sirven si acaso para algunas tareas de secundaria. A pesar del esfuerzo –significativo—de las “bibliotecas de aula”, la situación es mala: porque la cultura del libro no puede limitarse a la lectura para la escuela.

En cuanto a librerías estamos todavía peor: muy pocas, mal surtidas, concentradas en tres ciudades. Hay en el país aproximadamente 1 500 puntos de venta de libros, en los que se incluye a los Sanborns’, las tiendas Liverpool y los kioscos de aeropuerto; registrados como librería o librería y papelería, hay aproximadamente 600 locales en todo el territorio, y sólo 300 que son exclusivamente librerías. Y las que realmente contribuyen al movimiento de la industria editorial, como clientes constantes de las editoriales, no pasan de 150. Es decir, el sistema de librerías en México es un desastre, con una librería por cada 700 000 habitantes, más o menos (como término de comparación, en Francia hay más de 20 000 puntos de venta, más de 8 000 librerías). Aparte de eso, el 75 por ciento de la venta de libros se realiza en el Distrito Federal, Guadalajara y Monterrey, y en el 95 por ciento de los municipios del país no hay librería.

Finalmente, está el sistema de mediaciones públicas: las críticas, los premios, las reseñas, los comentarios en revistas y suplementos culturales, todo lo que contribuye a destacar un título, a llamar la atención sobre él. Nuevamente, el panorama es desalentador. Dejando de lado el descrédito de casi todos los premios y la escasa confianza que merecen muchas de las reseñas que se publican en los medios de más circulación, está el hecho de que en México prácticamente no hay suplementos culturales en los periódicos y no hay tampoco revistas, digamos, de diálogo culto. Entre las revistas de divulgación e interés general muy pocas mantienen un espacio de crítica de libros serio, extenso, bien pensado, interesante, en la tradición de la antigua revista Vuelta. Tenemos noticia de los libros, con suerte, por la publicidad de las grandes editoriales.

 

Para entender el nuevo lugar de los libros en la vida pública, para tener una idea del futuro de la industria editorial, hay que sumar a todo lo anterior la transformación de la industria en las últimas dos o tres décadas. El mercado del libro está dominado hoy, abrumadoramente, por un pequeño conjunto de consorcios multimedia: reúnen revistas, periódicos, cadenas de radio y televisión, productoras de música, y acaparan la gran mayoría de los sellos editoriales de gran circulación. En lengua española son cuatro: Planeta (entre otros: Ariel, Crítica, Destino, Diana, Emecé, Espasa Calpe, Joaquín Mortiz, Paidós, Península, Seix-Barral), Santillana (entre otros: Aguilar, Alfaguara, Altea, Itaca, Taurus), Anaya (entre otros: Alianza, Cátedra, Larousse, Salvat, Siruela, Tecnos) y Random House (Círculo de Lectores, Collins, Debate, Grijalbo, Lumen, Mondadori, Plaza & Janés, Sudamericana).

Por su estructura, esos consorcios necesitan aumentar la tasa de ganancia: tienen que dar cuentas a sus accionistas y no pueden operar con la misma lógica de las editoriales tradicionales. Y eso hace que cambie el público al que buscan, el tipo de libros que publican, el sistema de distribución, etcétera. Los editores tradicionales podían tener una tasa de ganancia de 4 por ciento, con productos de rotación lenta, contaban con vender normalmente un tiraje corto en tres, cuatro o cinco años; la nueva industria necesita tasas de ganancia de 15 o 20 por ciento, y en ocasiones más, y para eso necesita tirajes muchos mayores y una venta mucho más rápida.

Eso significa que la nueva industria tiene que concentrarse en los lectores ocasionales, que forman la inmensa mayoría del mercado. Y eso quiere decir que tiene que buscar libros fáciles, que puedan llegar al mayor número posible de lectores. Es inevitable: hace falta buscar el mínimo común denominador. También tiene que utilizar todo el aparato multimedia para crear lo que se podría llamar un Star System: un conjunto relativamente breve de autores conocidos por el gran público, con presencia en radio y televisión, para garantizar la venta rápida de novedades. La lógica de promoción concentrada implica tirajes altísimos para tener la máxima presencia en librerías, con los libros en consignación, mientras dura la campaña publicitaria. Y eso, entre otras cosas, termina convirtiendo a las librerías en almacenes de novedades, con títulos que están en aparatosa exhibición durante dos o tres meses, y desaparecen.

El resultado es un nuevo mercado donde estas cuatro o cinco empresas acaparan los sellos editoriales y que se orientan hacia a una población uniforme, con libros en general de literatura ligera, firmados por un pequeño conjunto de celebridades.

No quiero exagerar la nota pesimista. No desaparecen ni los grandes lectores, ni las editoriales serias, ni los buenos libros; nunca ha habido tantos libros y nunca los hemos tenido tan asequibles. Lo que sí aumenta, y es algo que me importa la calidad de la vida pública, es la distancia entre el pequeño grupo de lectores habituales (que conoce esas pequeñas editoriales más exigentes, que tiene los contactos en el mundo para saber dónde se está produciendo algo interesante) y la mayoría de la población, formada por lectores ocasionales, sin información y sin recursos de crítica. Viven cada vez más en mundos distintos. Con más razón en México por la debilidad de la estructura de mediaciones de la cultura del libro.

El futuro es bastante previsible. Va a continuar el proceso de concentración, aunque será cada vez más lento, porque es relativamente más difícil que se produzcan fusiones o adquisiciones de empresas de ese tamaño (aún así, en 2008 el Grupo Planeta adquirió al grupo francés Éditis, por ejemplo). Dominarán la literatura ligera y el periodismo, los libros de autoayuda, y eso significa que habrá espacio para las editoriales pequeñas, de calidad, que seguirán siendo las de producción más interesantes: buscarán nichos, tendrán que acreditarse con calidad, y tendrán que buscar nuevos canales de distribución. El problema es que lo mejor y lo más interesante que se publique va a tener muy poca visibilidad.

La situación en México no es muy prometedora, en buena medida por la debilidad de las mediaciones de la que he hablado. Aparte de eso, hay que decir que nuestro mercado es muy pequeño: el volumen de ventas en México es de unos 400 millones de dólares al año. Muy poco, en comparación con los cuatro mil millones de dólares del mercado español, no digamos ya con los treinta mil millones de dólares del mercado de Estados Unidos.

Es, pues, un mercado muy pequeño, también un mercado periférico: el 60 por ciento del catálogo de distribución es importado, y eso no cuenta los libros de las editoriales españolas que se imprimen en el país. La proporción de traducciones en México es de 70 a 1, es decir, se traducen 70 libros en México por cada libro mexicano que es traducido a otro idioma. La balanza comercial es siempre deficitaria, además: exportamos nueve millones de pesos (normalmente reexportaciones de los consorcios españoles) e importamos 25 millones de pesos.

Es un mercado pequeño, entonces, periférico, y básicamente escolar. Los números son casi aterradores. El 50 por ciento de los libros en el mercado mexicano son para la educación básica; si incluimos en la cuenta los libros de texto gratuitos, el porcentaje se eleva al 80 por ciento. Más: si incluimos los textos universitarios y los libros publicados para la educación superior, resulta que el 89 por ciento de los libros que circulan en el país son para el sistema educativo. Queda únicamente un 10 por ciento, y de ese 10 por ciento, la mitad son libros de autoayuda, superación personal y espiritualidad.

Reitero: tenemos un mercado pequeño, periférico, básicamente escolar. También un mercado enormemente subsidiado. El 34 por ciento de los ingresos de la industria editorial mexicana, tomada en conjunto, provienen de ventas directas a gobierno; hay además, cada año, aproximadamente 20 millones de ejemplares en coedición con instituciones públicas, con los tirajes casi íntegros íntegramente para distribución oficial.

También es, finalmente, un mercado sumamente concentrado. El mercado de libros de texto es acaparado por cinco editoriales, McMillan, McGraw-Hill, Pearson, Limusa y Trillas, y el mercado normal del libro lo dominan ampliamente Planeta, Santillana, Anaya y Bertelsman.

Algo se puede hacer, sin duda. El futuro no es tan negro como algunos de estos números dicen. Sobrevivirá el libro, seguirá siendo la parte de mayor vitalidad en la vida pública. Pero algo hay que hacer para favorecerlo. Y seguramente lo más razonable, lo más eficaz sería actuar sobre las mediaciones: escuelas, bibliotecas, librerías, tomando en cuenta las características peculiares que tiene el mercado del libro hoy, y con un propósito claro, con la idea de que conservar la pluralidad de la cultura del libro es un asunto de interés público.

No partimos de cero y no es todo un páramo. Existe el Fondo de Cultura Económica: sin duda ninguna, la editorial más importante en lengua española. No la más grande, no la que vende más libros, no la que publica más títulos, sino la más importante. Y desde luego la mejor. Tiene el catálogo histórico más completo y más consistente, tiene una línea editorial clara, rigurosa, equilibrada. Desde hace 75 años acomete los proyectos editoriales que ninguna empresa privada podría, desde la edición de clásicos como Economía y sociedad de Max Weber o la Paideia de Werner Jaeger, hasta la publicación de las obras de Reyes, Martín Luis Guzmán, Azuela, la mejor literatura mexicana contemporánea y algunos de los mejores libros de ciencias sociales que se han escrito en el país. Y es una empresa que crece y tiene presencia dondequiera que se habla español. Es un éxito, por donde se mire, absolutamente improbable: un muy buen fundamento para el optimismo.

México, D.F.  septiembre de 2010