La esencia

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Nuestra esencia está en América Latina. Eso dijo el presidente Calderón la semana pasada: nuestra esencia y sustancia, historia, pasado y futuro. Francamente es mucho decir. No recuerdo cuándo fue la última vez que escuché a un político hablar de la esencia, o a un filósofo, pero es una palabra que no me gusta porque no dice nada y puede usarse para significar cualquier cosa; en este caso supongo que se trata de dar un tono amistoso a la relación diplomática con los demás países de la región, que no está mal, pero la grandilocuencia de la frase hace que se note mucho más la falta de contenido. Habló el presidente de fortalecer relaciones, coordinar de manera estrecha y planeada las acciones, pero no dijo cuáles ni cómo ni se ha explicado para qué; de momento, aparte de la celebración de la esencia, no parece probable que haya nada más en el futuro inmediato.

La situación internacional es bastante confusa e inestable, también en el continente, más vale andarse con cuidado, pero es indispensable que haya alguna definición de la política exterior. No se ve. La política tradicional, de principios, no es muy fácil de reconstruir en las circunstancias actuales: siempre suena bien lo del respeto a la autodeterminación, la no intervención, la solución pacífica de controversias, lo malo es que hay que hacerlo compatible hoy en día con el Tribunal Penal Internacional, las intervenciones humanitarias, el errático activismo del Consejo de Seguridad; por otra parte, no está claro cómo podría apoyarse ni orientarse una política de intereses, ni siquiera en el entorno más inmediato: no vamos a competir con Brasil por la hegemonía en el sur ni con Venezuela en los países andinos, ni en el Caribe, no podemos competir con China ni con la India por atraer el interés de Europa, y sería una peligrosa tontería creer que podemos convertirnos en un aliado importante para Estados Unidos. En los últimos meses nos hemos ahorrado nuestra opinión con respecto a la invasión de Somalia, las masacres de Darfur, el programa nuclear de Irán y hasta la ejecución de Saddam Hussein. No va a ser tan sencillo cuando aparezcan las crisis, no falta mucho, en Bolivia, Venezuela, Ecuador o Cuba, y no tenemos ya la autoridad moral de otro tiempo. Si no me equivoco le corresponde al Senado por lo menos el bosquejo de una respuesta: ¿cómo se define nuestra política exterior?

El vistazo más superficial a los titulares de la prensa dice que va a haber problemas pronto en ese nuevo eje del latinoamericanismo bolivariano que pasa por Teherán. Mucho es demagogia, ya lo sé, básicamente para consumo interno, pero cuando hace falta ese tipo de retórica significa que las cosas marchan mal. Hace apenas dos días decía el presidente Evo Morales que “la lucha antimperialista, antineoliberal del hermano presidente Fidel Castro no ha sido en vano”; lo secundó el presidente de Ecuador, Rafael Correa: “se han derrumbado los gobiernos serviles y las democracias de plastilina –dijo—y ha empezado a surgir esa América Latina altiva, digna, soberana, justa y socialista del siglo XXI”. Ambos enfrentan problemas similares porque necesitan hacerse una nueva constitución y tienen en contra a casi toda la oposición: Morales intenta que la suya se apruebe por mayoría simple, Correa quiere convocar al constituyente mediante referendum, pasando por encima del congreso. Ni Ecuador ni Bolivia tienen estados muy sólidos, no son gobiernos que puedan mantenerse contra viento y marea, y el entusiasmo popular tiene sus límites (una pinta en un muro en Cochabamba es elocuente: “El pueblo somos la mayoría carajo! Viva Evo”).

La semana pasada recibieron ambos, junto con Hugo Chávez y Daniel Ortega, el apoyo entusiasta del presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad. “Nosotros hoy no estamos solos: Irán, Nicaragua y Venezuela y otros países revolucionarios estamos juntos, estaremos juntos y vamos a resistir juntos”; hablaba en Managua, donde auguró “la muerte de todos los opresores y del imperialismo mundial” y explicó los recursos fundamentales de su estrategia de lucha: “El primero es la unión, el segundo es el esfuerzo y el trabajo, y el tercero creer en dios y tener mucha fe.” Improbable como parece, la alianza no es del todo absurda pero sí coyuntural, complicada de administrar, inútil para hacer frente a los conflictos internos y de escasa ayuda para una política de desarrollo.

Venezuela, por lo demás, tampoco puede ofrecer un apoyo ilimitado: el ruidoso apogeo del chavismo da mucho qué pensar. Según lo que puede verse el presidente Chávez tiene prisa y seguramente no le falta razón: por primera vez, con la candidatura de Manuel Rosales, la oposición parece empezar a organizarse con algún sentido; la transición política de Cuba, tras el retiro o la muerte de Castro, pone en riesgo la continuidad de las misiones médicas; Nicaragua, Bolivia y Ecuador aportan poco como aliados y empezarán a costar más conforme se agudicen sus problemas; el precio del petróleo ha comenzado a bajar. Chávez tiene prisa. No deja de tener interés la melodramática exuberancia de su juramento: “Juro por el dios de mis padres, juro por mis hijos, juro por mi honor, juro por mi vida, juro por los mártires, juro por los libertadores, por mi pueblo, por mi patria… Juro por Cristo, el más grande socialista de la historia, juro por todos ellos, por los dolores, por todos los amores, por todas las esperanzas…” Es el estilo del personaje, sin duda, pero un énfasis tan aparatoso no inspira tranquilidad precisamente; eso descontando que acto seguido ordenó a sus diputados que reformasen esa “maravillosa constitución bolivariana” para permitir su reelección indefinida y otorgarle facultades extraordinarias –mediante una “ley habilitante revolucionaria”—para legislar sin el congreso (“para nosotros, allá en el gabinete, hacer un conjunto de leyes revolucionarias”). Tiene prisa.

Las medidas de los últimos días parecen anunciar, de hecho, una huida hacia adelante. La decisión de nacionalizar la petroquímica, la generación de energía eléctrica y las telecomunicaciones puede ser más o menos sensata, prudente u oportuna según las circunstancias pero no es particularmente revolucionaria, tampoco la revocación de concesiones de radio y televisión; pueden ser medidas lógicas de gobiernos muy razonables, pueden ser también disparates. En este caso, aparte de servir a la retórica nacionalista, contribuirá a ampliar la “salarización” de una sociedad en la que de por sí el gasto público es el único motor de la economía: aumentará el poder del presidente, lo mismo que la subordinación del banco central al gobierno, también lo hará más vulnerable. Hay motivos para pensar que no hay en el gabinete venezolano una idea ni medianamente clara con respecto al desarrollo económico (la ocurrencia de la “moneda única latinoamericana” es, como poco, desconcertante) pero sí un sentido político muy despierto: el presidente Chávez necesita enemigos y va a buscarlos donde sea. Nada le sería tan útil como un conflicto con un par de compañías españolas o estadounidenses con motivo de las nacionalizaciones. Lo dice: “Si pretenden llevarnos de nuevo por el camino de la confrontación, bienvenida sea ésta, pero se van a arrepentir; por el camino que escojan los vamos a derrotar…”

Leo a uno de sus entusiastas, Ángel Guerra, en La Jornada: “El proceso revolucionario venezolano ha llegado a un punto de inflexión que exige su radicalización… Venezuela será el primer país del mundo en concluir el desmantelamiento de los fundamentos económicos de las políticas neoliberales…” La verdad es que no parece que haya para tanto. El petróleo se cotizaba a 7 dólares por barril en 1998, ha llegado a cotizarse a 60 dólares por barril y más. Eso es el chavismo y tiene ese límite. Tampoco es un caso único. Sin ir muy lejos está Irán o, en un ejemplo que me parece más útil como contraste, Zimbabwe, donde Robert Mugabe gobierna desde hace 26 años: inició su huida hacia adelante en el año 2000, con una política beligerante de expropiaciones –sin indemnización—y una retórica cada vez más agresiva; la inflación ha llegado al 1000 % y el producto interno disminuye un 7% cada año: la oposición política está destruida, lo mismo que los sindicatos. Es el país con la escolaridad más alta en el sur de África, el país con la más corta esperanza de vida.

La deriva del “proceso revolucionario” venezolano va a afectar a toda la región. No hace falta creer en ninguna esencia para pensar que el problema nos concierne y que hace falta una política exterior para hacerle frente, aparte de profundizar y estrechar y fortalecer. Hasta ahora no se ve.

La Crónica de hoy, 17 de enero de 2007