La inmadurez de siempre

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En la euforia que siguió a la elección del dos mil se convirtió en un lugar común la idea de que la sociedad mexicana había alcanzado la “madurez democrática” y había dejado atrás esa minoría de edad forzosa, impuesta por el predominio del PRI. Muy pronto empezaron las dudas, con las primeras protestas, de típica inmadurez priísta, pero la expresión tenía un atractivo enorme: permitía que el Presidente hiciera el elogio de sí mismo al elogiar a quienes habían votado por él. La idea ofrecía además el supuesto indispensable para que la mercadotecnia pudiera orientar las decisiones del gobierno; una sociedad madura, es decir, formada por individuos racionales, se entiende mediante encuestas y se gobierna desde la televisión. Era de lo más tranquilizador, no había más que hacer sino cuidar los puntos de popularidad del señor Presidente. Por eso la elección de la semana pasada está siendo muy difícil de digerir.

Para cortar por lo sano, el Presidente encaró la situación con la fuerza del pensamiento positivo y decidió que los resultados no tenían nada que ver con él ni se referían a su gobierno; el señor Secretario de Gobernación, un poco más amargo, tuvo que explicarnos que fue la sociedad la que no estuvo a la altura de las circunstancias: reconoció que el gobierno “debe difundir de mejor manera la cultura cívica”, es decir, que se había pecado de optimismo, porque está a la vista que la ciudadanía sigue siendo lamentablemente inmadura y vota o deja de votar en la más perfecta irresponsabilidad.

Visto en frío, el resultado es para preocupar a todos. No sólo al PAN, que va a cargar con el lastre del gobierno hasta la próxima elección: también al PRD, que está en riesgo de convertirse en un partido regional, e incluso al PRI, cuya presencia nacional tiene el hueco –al parecer irremediable- de la Ciudad de México. Debería servir también, dicho sea de paso, para poner sobre aviso a todos los candidatos “independientes” que ya se anuncian para el 2006 y que se imaginan una campaña para adultos, es decir, de publicidad televisiva, con frases entusiastas y mucha personalidad.

Lo cierto es que el resultado no tendría que haber sorprendido a nadie. Mucho menos el porcentaje de abstención. Porque ninguno de los partidos tenía nada serio que ofrecer, aparte de frases más o menos ingeniosas. Hay quienes barruntan el problema y empiezan a hablar de nuevo de la necesidad de pensar un “proyecto nacional”. La expresión tiene una sonoridad autoritaria y fantasiosa que no me gusta, pero supongo que es un modo de decir algo bastante obvio: hace falta que los políticos y sus partidos se hagan cargo de este país tal como es, aunque no les guste, y que piensen como cambiarlo en lugar de hacerse la ilusión de que es otro.

Hagamos a un lado las fantasías porfirianas sobre la “minoría de edad” de los electores mexicanos. En la elección de la semana pasada hubo la misma madurez que ha habido siempre, desde el siglo pasado y el anterior. La gente que vota por un partido o por otro tiene sus razones, también la que deja de votar. No hubo ningún despertar en el dos mil porque nadie estaba dormido. Siempre ha sido así: también cuando ganaba el PRI. No hay una desbordante “conciencia cívica” ni hay consistencia entre las encuestas de popularidad y los votos, es verdad; pero tampoco había razones para esperar otra cosa. El defecto no está en la sociedad, en su presunta inmadurez, sino en la manera de mirarla.

No hay ciudadanos. No hay la escrupulosa obediencia de la ley ni la clara conciencia del interés público con que se constituye la virtud cívica. Pero nuestras instituciones políticas no permiten nada de eso: no puede contarse con los mínimos de integridad y seguridad jurídica que podrían justificar ese civismo que echa de menos el Secretario de Gobernación. Por otra parte, la gente encuentra muy simpático al señor Fox, incluso en sus torpezas, pero eso no significa que esté dispuesta a dar por buena cualquier cosa que proponga el PAN. No hay ciudadanos de manual, pero tampoco “clientes” de manual.

La sola distribución geográfica de los votos dice, para quien quiera verlo, que los mecanismos de representación no obedecen a los mecanismos ingenuos de que es capaz la mercadotecnia. Más todavía: dice que la integración política de este país necesita mucho más que buenas intenciones, estadísticas, personajes campanudos o frases atinadas. Necesita lo que no puede dar la publicidad. Será por nuestra inmadurez de siempre, pero hacen falta políticos.

La Crónica de hoy, 14 de julio de 2003