La izquierda invencible

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La historia del siglo veinte debería habernos convencido ya de que la izquierda es invencible. Nada puede contra ella ninguna crítica, por atinada y justa que sea. No hay más que ver la tranquilidad con que encajó, sin apenas inmutarse, el derrumbe del imperio soviético.

Es explicable. Durante décadas la izquierda tuvo que ejercitarse en el cinismo, tuvo que aprender a defender lo indefendible con buen ánimo y cara de palo. Desarrolló por eso una serie de automatismos retóricos de enorme eficacia. El primero, acusar a los adversarios de mala fe; cosa utilísima porque permite desechar cualquier crítica con argumentos ad hominem. Para la izquierda es obvio que el cuento va siempre de buenos y malos, que -pase lo que pase- sus adeptos monopolizan la autoridad moral mientras que sus adversarios no es que estén equivocados, sino que son directamente perversos.

Con semejante recurso se pudo, durante mucho tiempo, evitar toda discusión sobre los campos de concentración soviéticos, sobre el desastre económico y la monstruosidad política del «socialismo real». Bastaba con señalar que las críticas venían de los Estados Unidos o de algún aliado objetivo del imperialismo norteamericano. Era algo tan eficaz como lo es hoy decir que las críticas vienen de José Córdoba.

El segundo mecanismo, también muy lógico y muy aprovechable, es una consecuencia directa del anterior. Consiste en establecer que los buenos están autorizados para hacer cualquier cosa, que para eso son buenos. Cuando es inocultable, digamos, que Stalin ha pactado con Hitler, que ha mandado asesinar a Trotski, que los jerarcas viven a cuerpo de rey, lo que sea, no queda más que proclamarlo como cosa naturalísima, para cuyo propósito sirven los «intereses objetivos» de la causa y el culto a la personalidad. El Padre de los Pueblos -quien sea- se lo merece todo y, además, ni se equivoca ni puede ser inmoral; la denuncia de una corruptela menor puede destrozar a un político liberal, nunca a un caudillo de la izquierda.

El tercer mecanismo es, con mucho, el más interesante. Consiste en invertir el sentido de las críticas y usar los propios defectos e incapacidades de la izquierda para denostar a sus adversarios. No hace falta más que acentuar un poco el tono victimista de la retórica e insistir en la visión conspiratorial de la historia. Lo hemos visto: si la Unión Soviética no podía alimentar a sus ciudadanos era por la perversa amenaza del imperialismo, si el régimen cubano ha destruído la economía de la isla es por culpa de los norteamericanos. Y los veremos: la izquierda podrá fracasar en toda la línea, nunca será su culpa; los políticos de la izquierda pueden prometer lo que les venga en gana y traicionar después sus promesas una por una: eso sólo será muestra de la maldad de sus adversarios.

Desde luego, eso no significa que a la izquierda le guste recibir críticas; está inmunizada contra ellas, pero también le irritan mucho. Por eso ha recurrido siempre a la censura. Para evitar que se hable mal no hay mejor recurso sino que no se hable en absoluto. Otro mecanismo, el último, y de una eficacia literalmente devastadora.

 

El Universal, 1996