La política, ¡qué risa!

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Los políticos inspiran desconfianza siempre, en todas partes. Están en el último escalón en todas las encuestas, desde que existen encuestas.

No hay en eso ninguna novedad, lo sorprendente sería lo contrario. Y está claro además que hay muy buenos motivos para desconfiar: en México, en España, en Francia, Italia, Brasil. O sea, que es lógico, y yo diría que también es saludable, porque es más preocupante que inspiren entusiasmo –el resultado suele ser mucho peor.

Esa desconfianza remonta periódicamente, a golpe de escándalos: políticos que cargan fajos de billetes, que envían dinero a Suiza, que hacen trampa en las licitaciones, y favorecen a sus parientes, a sus amigos, o que de plano se llevan la caja. Y como consecuencia, en cualquier régimen representativo, resurge siempre la antipolítica. Los eslóganes no tienen misterio: todos son iguales, ninguno sirve, que se vayan todos. La revuelta no es ni de derecha ni de izquierda, y normalmente no conduce a nada. Cuando hay suerte sirve para impulsar una renovación de las elites –cuando no, es el camino hacia alguna clase de fascismo. En general, para decirlo en una frase, es en su origen una reacción contra el sistema representativo por parte de grupos que sienten que su interés no está adecuadamente defendido. El caso más reciente, el auge del Movimiento Cinco Estrellas, del cómico Beppe Grillio, en Italia, es ejemplar.

En las pasadas elecciones nacionales el movimiento provocó una verdadera conmoción en el sistema político italiano, cuando obtuvo ocho y medio millones de votos –un 25 % del total. Era un severísimo voto de castigo para la clase política tradicional, de cualquier signo, porque Beppe Grillio hizo campaña contra todos. A unos meses de distancia, tres, no queda prácticamente nada de aquello: en las elecciones locales de Friuli-Venezia, el no-partido a duras penas ha logrado tener representación, y todas las encuestas dicen que en las siguientes elecciones generales sería un gran éxito si llegaran al 10 % de la votación. El número baja cada día. Algunos se sorprenden. Yo pienso que las razones de su éxito son también, puntualmente, las razones de su disolución. El movimiento del payaso era fantástico porque no era un partido, no tenía un organigrama, no tenía reglamento ni sistema de afiliación, no tenía cuadros, no tenía plataforma electoral, ni programa, no tenía ni siquiera sede, era la pura inconformidad. Y bien: eso se agota en un grito. Después hay que decidir cómo equilibrar el presupuesto, dónde gastar, dónde ahorrar, dónde conservar o cambiar el régimen fiscal, el sistema educativo, la seguridad social, el aparato de la salud pública, el orden territorial. Son asuntos que no se resuelven a base de buena fe.

Los representantes electos por la plataforma Cinco Estrellas son profesionistas, seguramente honestos y bienintencionados, al menos la mayoría de ellos, pero absolutamente inexpertos en la política. Eso era lo que los acreditaba, eso mismo los ha hundido. No eran como los demás políticos, no eran políticos, eran gente común y corriente. Gente como uno. Y bien: el resultado ha sido catastrófico, porque esos honrados amateurs de la política no tenían ni idea de la complejidad de la vida parlamentaria, ni de los asuntos sobre los que tenían que legislar. Pero además son una colección heteróclita, imposible de poner en orden. Falto de candidatos, el movimiento recibió y postuló literalmente a cualquiera. Beppe Grillio invitó a quien fuera, de izquierda, de derecha, incluso de la neofascista Casa Pound, siempre que “compartiesen sus ideas”. El problema, claro, es que esas ideas son una nada. Se reducen a obedecer al jefe.

En México tuvo una evolución parecida, la de una llamarada de petate, el airado movimiento por el voto en blanco en las elecciones federales de 2009. En resumidas cuentas fue un manoteo de una parte de nuestra clase opinante, de intelectuales, periodistas y locutores, que han visto disminuir su influencia conforme se ha ido normalizando la operación del régimen democrático. E igual que los “grillini”, los voceros más entusiastas se olvidaron del asunto al día siguiente de la elección –y dejaron huérfano a su posible dos por ciento del electorado.

Los gestos de la antipolítica pueden tener a veces una considerable eficacia expresiva, pero por su naturaleza no sirven para representar nada, puesto que lo que rechazan es el sistema mismo de representación –en la medida en que éste es forzosamente político. Y necesita profesionales, partidos, programas. La espontaneidad, la autenticidad, la ingenua pureza de la gente sencilla puede permitir una identificación inmediata, entusiasta, básicamente sentimental. La representación requiere otras cosas.

 

La Razón, 29 de junio de 2013