La superpotencia que no será

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El mundo, visto desde China, es perfectamente sinocéntrico, se estructura como un conjunto de círculos concéntricos de creciente barbarie, a partir de Pekín, de la Ciudad Prohibida. Naturalmente, así es como lo ven los dirigentes chinos. De modo que se relacionan con el resto del mundo como conviene relacionarse con los bárbaros: mediante una combinación de ceremonias espectaculares, regalos, reprimendas y amenazas. Contribuye a sostener esa idea la avaricia verdaderamente reverencial con que empresarios y políticos del resto del mundo miran el mercado chino, o lo que se supone que podría ser el mercado chino, también la desmesura publicitaria de los varios libros que se refieren a la próxima superpotencia. Y bien: esa mirada sinocéntrica es parte del problema básico de China en el mundo, que hace muy improbable que llegue nunca a ser la superpotencia que se ha anunciado.

En su último libro, de hace un par de meses, David Shambaugh ofrece una definición precisa, inmisericorde de China: “Es un gigante inseguro, confundido, frustrado, colérico, insatisfecho, egoísta, truculento y solitario”.

Es una buena idea mejorar nuestra relación con China, sin duda. Es importante por muchas razones. Pero conviene no esperar demasiado. Ni de China ni de esa buena relación. Entre otras cosas, porque México es verdaderamente insignificante para los gobernantes chinos, y eso no va a cambiar.

En términos estratégicos, para China la prioridad absoluta la tienen Japón, Corea, India, Rusia y Estados Unidos, y secundariamente Vietnam, Myanmar, Pakistán. En el campo político importan Estados Unidos, Taiwán, y poco más, tal vez el Consejo de Seguridad de la ONU –a veces. Como socio comercial, sin duda les interesa sobre todo Europa, y como fuente de materias primas varios países de África, con enormes recursos minerales, países petroleros de Oriente Medio y Venezuela, y para algunos productos agrícolas y minerales también Brasil y Chile. México prácticamente no existe en ese esquema.

Insisto: es una buena noticia que hayan ofrecido comprar productos mexicanos por valor de mil quinientos millones de dólares. Ya lo habían ofrecido antes, y más. Pero nos impusieron sanciones comerciales por haber incurrido en la enormidad de recibir al Dalai Lama. Nuestro déficit comercial con China es de más de diez mil millones de dólares –no está en vías de corregirse.

Vuelvo a mi argumento. No es probable que China se convierta en la nueva superpotencia. El mayor, casi único atractivo que tiene es su poder económico. Internamente, depende de una gigantesca masa de población flotante, de trabajadores sin derechos sociales, con salarios de hambre, muy poca calificación. Externamente, está erizada de conflictos con todos sus socios comerciales. Empresas de todo el mundo quieren entrar al mercado chino, tener fábricas en China, pero el resultado no es enteramente satisfactorio para nadie, y muchas renuncian al cabo de poco tiempo. La subvaluación del yuan y el recurso sistemático del dumping son los temas de más notoriedad. No los únicos, ni mucho menos. China organiza su comercio exterior políticamente, como organiza todo lo demás. Y eso quiere decir que no es un socio como cualquiera otro, y desde luego no muy confiable. La corrupción, una corrupción a escala china, no es el menor de los problemas. Ni la opción de imitar, en vez de invertir en desarrollo científico.

Pero su debilidad va mucho más allá. China no tiene ningún aliado constante, ningún país amigo en el escenario internacional. Está en una posición peor incluso que la de Rusia. Tiene una mala relación, mala en las lindes de la guerra, con todos sus vecinos, y un historial errático y oportunista en los foros multilaterales, empezando por el Consejo de Seguridad. Aquí interviene el sinocentrismo: los dirigentes chinos no tienen ningún interés en buscar aliados o amigos.

Algo más. China no puede aspirar a un liderazgo político, cultural, porque no puede abanderar ninguna de las causas con legitimidad en el espacio público global. Ni la defensa de los Derechos Humanos, ni la protección del ambiente, ni la defensa de la transparencia, de las libertades, del estado de derecho. China no puede alzar la voz en ninguno de los asuntos con los que podría configurarse una hegemonía global –de hecho, ha estado en el lado equivocado en todo, sistemáticamente. Y las cosas no van a ser diferentes en el futuro previsible.

Para la ambición que manifiesta, China tiene una agenda de política exterior sorprendentemente limitada: Taiwán, el Tíbet, Liu Xiaobo, y provinciana, que sólo se entiende desde una posición sinocéntrica. Y la promueve con unos modales imperiosos que no ayudan mucho –o nada. Es buena idea mejorar las relaciones, sin hacerse ilusiones.

La Razón, 22 de junio de 2013