Labordeta

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Mientras escribo el título para estas notas pienso que el nombre no le dice nada a un lector mexicano. Más: pienso que el tema tampoco tiene interés para casi nadie. Eso mismo me empuja a escribir.

Camino de Canfranc en la provincia de Huesca, cerca de los Pirineos y lejos de casi cualquier lugar, está el pueblo de Villanúa, donde tiene su casa José Antonio Labordeta, acaso la figura más digna y sin duda una de las más interesantes del parlamento español. A sus setenta años es, como dice él mismo, el diputado portavoz con menos votos en toda España, representante único de un minúsculo partido que se llama Chunta Aragonesista. En términos personales es difícil de ubicar: oscila entre el optimismo ingenuo y arisco de los anarquistas de antes, el de Durruti y Ascaso y Frederica Montseny, y el republicanismo escéptico, reflexivo, casi melancólico de Azaña (se presenta a veces como fundador de la Izquierda Depresiva Aragonesa, que no reparte credenciales ni admite militantes); pero está en el parlamento para defender los intereses de Aragón, ese viejo país –según su expresión- desajustado, irónico y bastante triste. No es poca cosa decir que, con ese compromiso, su actitud está prácticamente en las antípodas del nacionalismo resentido, irresponsable y oportunista de los vascos del PNV o los catalanes de casi cualquier partido. Se explica en parte por su biografía, en parte por la historia de su tierra.

Labordeta ha sido profesor de bachillerato, cantante, escritor. En lo fundamental, ha estado siempre donde había que estar, contra Franco y contra ETA; cantando con Paco Ibáñez cuando eso significaba que la dictadura les retirase el pasaporte, cantando con Imanol cuando eso significaba ponerse en la diana de los etarras. Cantando en el homenaje tardío, cauteloso y discretísimo a los supervivientes de las Brigadas Internacionales. Ha llegado al parlamento, además, a destiempo y casi sin quererlo, con la conciencia de estar fuera de lugar. Alguna vez le preguntaron lo que podían aportar ellos, los “mayores”, a la política española; lo explicó así: “somos una generación complicada porque, cuando fuimos jóvenes, el poder nos miraba como un peligro y ahora, ya mayores, el poder nos mira como un estorbo y un problema. Creo que lo mejor que podríamos aportar a la sociedad sería nuestra desaparición paulatina. Aquí, si no eres joven, ideológicamente neutro y miras de soslayo todo lo que viene de antaño, las cosas no te van a funcionar, y nosotros estamos ideológicamente demasiado viciados.”

Hay más en su biografía. La muerte temprana de su hermano Miguel, un gran poeta del que no se acuerda nadie. El veto de las grandes compañías disqueras durante el franquismo y el veto de Raimon, en la disquera de resistencia, porque no cantaba en una lengua minoritaria. Grabó en Francia, con Le Chant du Monde. La vida como profesor de bachillerato en Zaragoza y Teruel, en el último margen de una sociedad clerical, provinciana y cuartelera, que se quería cerrada, perfectamente ajena al mundo. También la laboriosa grabación de una larga serie de documentales sobre pequeñas comarcas españolas, “Un país en la mochila”, con material de anécdotas para una densa, fantástica etnografía. No se sorprende por eso Labordeta cuando se vacía el hemiciclo del congreso mientras tiene el turno de palabra y se queda hablando prácticamente solo, con un único voto que no va a decidir nada, o cuando los diputados del Partido Popular le preguntan a gritos, divertidos, dónde se dejó el botijo o cuándo se vuelve al pueblo (precisamente a Labordeta que, él sí, sabe latín).

En su actitud, en su papel político también pesa la historia de su tierra. Aragón dominó durante siglos no sólo la península sino buena parte del Mediterráneo. Hoy, como dice Labordeta, va camino de nada. Es un espacio privilegiado para entender los movimientos más básicos de la política, los vínculos de la geografía, la demografía y el poder militar. Tiene hacia el norte los territorios cada vez más agrestes e impracticables de Navarra y Guipúzcoa, los Pirineos, y al oeste el Mediterráneo catalán; fue tierra de paso y de guerra, frontera militar para los romanos, los musulmanes, los visigodos, para la casa de Trastámara y la de Habsburgo: como testimonio, la bellísima ciudadela de Jaca, el monasterio inverosímil de San Juan de la Peña, las docenas de pueblos fortificados, construidos en alto, alrededor de una heroica, mínima iglesia románica o una solitaria torre vigía, en Larrede, Escós, Ruesta. Hoy por eso mismo, por su ubicación y su orografía, Aragón es insignificante: no puede competir con los viñedos de la Rioja o Navarra, ni con las huertas de Valencia ni con los olivares de Andalucía; no tiene puertos como Galicia, el País Vasco, Cantabria o Cataluña, no tiene la industria de Madrid, Barcelona o Bilbao ni el turismo de la Costa del Sol. No hay por eso ni autopistas ni ferrocarriles, ni fábricas ni casi nada más. Desde hace décadas Aragón se va quedando sin gente. Las provincias de Huesca y Teruel tienen una densidad demográfica de menos de nueve habitantes por kilómetro cuadrado. Su principal atractivo para un turismo más o menos excéntrico es la abundancia de pueblos abandonados; pueblos de diez o doce siglos, hoy desiertos.

Aragón es la tierra de Baltasar Gracián, de Goya, de Luis Buñuel, Joaquín Costa y Ramón J. Sender. En Aragón se libraron algunas de las batallas más trágicas de la guerra civil: el sitio de Teruel, la batalla de Belchite, la ofensiva del Ebro. Generó en los últimos años un movimiento que se identifica con el lema “Teruel existe”; no es broma, sino que de verdad la gente se olvida, los políticos y los empresarios y la gente moderna. Cada vez es más fácil dejarlo de lado. A Teruel como al resto de Aragón. Aporta muy pocos votos; y menos, con cada día que pasa.

La trayectoria política de José Antonio Labordeta tiene su interés. Personalmente, me llama más la atención su imagen como intelectual. Es conocido sobre todo como cantante (cantautor se decía o se dice) y sin embargo parece ajeno a casi todas las convenciones de la industria del espectáculo. Es un hombre culto, bien informado, que se interesa por lo que sucede en el resto del mundo; escribe bien además, con un estilo sobrio, ágil, de muy fácil lectura. Y sin embargo, no figura en el Star System de la opinión. Para decirlo en una frase, da la impresión de ser un intelectual deliberadamente provinciano, sólo que en su caso la palabra adquiere un significado distinto al habitual. Ha publicado varias novelas, cuentos, media docena de libros de poesía, memorias, libros de viajes, ha escrito y grabado un centenar de canciones, pero el campo de experiencia al que se refiere es bastante reducido; hay unos cuantos temas a los que vuelve siempre: las represalias de la posguerra, la emigración, la asfixia de la educación tradicional, la censura, la estrechez de la vida cultural en la provincia, los estragos de la modernización. Es la vida cotidiana en Aragón en los últimos cincuenta años, con todas sus trágicas contradicciones. A eso se refiere el trabajo intelectual de Labordeta, eso es: una continuada reflexión, llena de matices y reparos, perfectamente arraigada. Una reflexión sobre su tierra y su tiempo.

Desde que era profesor de instituto, desde que fundó la revista Andalán, ha tenido el empeño casi obsesivo de ampliar el horizonte cultural de Aragón, abrirlo al mundo, pero a partir de la experiencia concreta de vivir en Aragón. Lo único que no se permite es la simulación. Labordeta quiere entender la vida, que es siempre y sin remedio algo concreto; quiere cambiarla también, vivirla bajo esa otra luz que ofrecen Thomas Mann, Faulkner, Joyce, Camus, Vallejo, Neruda. No es ni remotamente conservador, no tiene nostalgia de nada, pero tampoco puede ser un entusiasta del progreso: porque el de Aragón es un progreso triste, devastador. Por eso en su obra hay siempre un dejo melancólico, al que se resiste con obstinación aragonesa.

Alguien le preguntó sobre sus ambiciones, cuando fue electo diputado por primera vez: “He llegado ya tarde para tenerlas. Con sesenta y seis años lo único que se puede ser es buena gente”. No es poco.

 

La Crónica de hoy, 14 de septiembre de 2005