Libros y mercado

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(Apareció publicada una versión ligeramente distinta de este texto–esta es la que tengo en mis archivos. “los libros derrotados”, Nexos, México, septiembre de 2001)  nexos

Querido Héctor: tampoco a mí me parece una buena noticia la concentración de la industria editorial española; supongo que eso tendrá todo tipo de consecuencias, pero no se me ocurre ninguna muy buena. Lo más probable, según lo que está a la vista, es que haya más libros, en ediciones más vistosas, cada vez más parecidos unos a otros; y no sería raro que dentro de poco a la mayoría de los lectores le diese igual leer a Benedetti o a Alejandro Rossi: que no fuese capaz de encontrar la diferencia.

Es cierto que siempre se han publicado libros buenos y malos, y es cierto que la mayoría han sido bastante malos en cualquier tiempo. Lo único que ha cambiado, con los nuevos recursos técnicos, es que pueden publicarse muchísimos más; y eso significa, como es natural, que aumenta en esa proporción el número de libros mediocres, malos y pésimos. Pero hay otra cosa: los libros malos se venden más y, por la lógica del mercado, tienden a desplazar, en el espacio de las librerías, a los buenos.

La distinción es muy burda pero creo que es útil y no hace falta mucho para justificarla: no es lo mismo un libro de Stephen King que uno de Faulkner, no es lo mismo Pérez-Reverte que Valle-Inclán. Eso es todo. Ahora bien: siendo así de obvia la diferencia, no es tan fácil saber de antemano si un libro es bueno o malo. Si no se tiene otra noticia, hay que leerlo para enterarse. Esa utilidad tenían en otro tiempo las revistas y los suplementos literarios, ayudaban a descubrir los autores y los títulos que valía la pena leer. Hoy en día, en casi todas partes, la crítica de libros es algo secundario e improvisado, si no tiene una función directamente publicitaria, a cuenta de alguno de los consorcios editoriales, de modo que si sobrevive, es inútil.

Es cosa de risa, tienes razón, ver que cada mes se descubre a un nuevo Rimbaud, a un nuevo Tolstoi, una novela que resulta ser la más importante de los últimos cien años. Lo malo es que ese tipo de crítica, llamémosle así, es peor que nada: hace verdaderamente imposible saber si un libro es bueno o malo. Hay tantísimos genios comparables a Flaubert o a Thomas Mann, que uno opta por leer otra vez Madame Bovary o La montaña mágica. Eso en el mejor de los casos; en el peor, quienes apenas comienzan a leer, terminarán acaso siendo incapaces de distinguir una cosa de otra. Y creo que ésa es la intención.

Vender libros es un negocio, y es una suerte que sea así. Vender muchos libros es un muy buen negocio, pero eso ya no es tan sencillo. La afición a la lectura es algo tan caprichoso que resulta casi imposible localizar a los dos o tres mil lectores que podrían aficionarse a Castelao, a Flannery O´Connor o a Gombrowicz. Parece más factible, más simple y hacedero, uniformar el gusto de la gente, acostumbrar a la mayoría de los posibles lectores a una misma papilla, más o menos insípida; lo único que hace falta es un buen aparato de publicidad y una posición monopólica o casi monopólica, para que a nadie se le antoje otra cosa. Con eso, una empresa bien organizada puede dedicarse a los libros que ofrecen un buen negocio, dejando de lado los otros, de dudosa rentabilidad, que con trabajo venderían dos mil ejemplares.

Me imagino lo que vas a decirme: no es necesariamente mejor un libro que se vende poco (ahí están las memorias de cualquier político mexicano), ni son siempre malos los que se venden mucho (por supuesto, Pedro Páramo). Es verdad. Pero también es verdad que muchos de los mejores libros que pueden leerse tienen, casi por fuerza, muy escasos lectores: nadie tiene por qué disfrutar con la lectura de Paradiso, La muerte de Virgilio o Finnegan´s wake, y nunca serán muchos quienes sientan la urgencia de leer La vida de Henri Brulard. Y es lo más probable, por otra parte, que casi todos esos libros que venden cincuenta mil o doscientos mil ejemplares sean más bien intrascendentes: como prueba me remito, a ciegas, a cualquiera de las listas en que se anuncian los más vendidos.

Dicho de otro modo, al final sí podría haber alguna correlación entre el éxito de las ventas y la calidad de los libros. Pero lo malo es que se junten las varias circunstancias de las que hablamos. Si juntamos la tendencia oligopólica de la industria editorial, la inclinación hacia los títulos de mayor venta y la práctica inexistencia de una crítica de libros medianamente seria, honesta, el resultado es una producción editorial adocenada, monótona, reducida a una veintena de autores de venta segura, asequibles para el gusto de la mayoría.

Acaso nunca haya sido de otro modo; lo que sucede hoy, con el vigor del nuevo mercado de organización oligopólica, es que esa veintena de autores mediocres y repetidos está en todas partes, ocupando todo el espacio disponible. Habrá, sin duda alguna, unos cuantos títulos originales, importantes, que valdría la pena leer, como los ha habido siempre; pero lo más probable es que estén en algún rincón de una remota librería española, publicados por una inimaginable editorial casi familiar. Y no hay manera de toparse con ellos ni de saber que existen.

Conste que no pienso que fuese, en general, preferible que todo el mundo leyese sólo libros buenos; creo que eso no puede ser y que no tiene sentido ni planteárselo. Yo, por mi parte, no perdería el tiempo haciendo un elogio de la obra de Georges Perec, de Philip Larkin o de Clement Rosset, por mucho que me gusten. Sí me temo que, con el tiempo, los jóvenes lectores de hoy, que se han educado a base de Isabel Allende y Vázquez-Montalván, Saramago y el Premio Planeta, serán los adultos que tendrán que orientar a otros jóvenes lectores, cuyos clásicos me resulta imposible imaginar.

Y conste también que me parece ridículo culpar al mercado o a la avidez, indispensable, de los empresarios del libro. Si sucede, si está sucediendo en efecto esa modesta y esperable catástrofe será, en buena medida, culpa nuestra. Estoy de acuerdo con Tomás Segovia en que lo más probable es que una obra literaria se frustre, no por falta de subsidios o por la existencia del mercado, sino por la falta de lectores apreciativos y preparados, por la falta de un mundo donde tenga sentido un gran libro; si el caso nos importa, ese mundo y esos lectores tendríamos que contribuir a crearlos nosotros. No lo hemos hecho.

En espera de tus reproches, te envía un afectuoso saludo tu amigo

 

F.E.G.