Otro fracaso

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Nadie va a sorprenderse del fracaso de la reunión de Hong Kong de la Organización Mundial de Comercio. En la declaración final habrá algunas frases optimistas para salir del paso, una declaración de buenas intenciones, la voluntad de hacer un esfuerzo mayor por entenderse todos, y poco más. Es posible incluso que el borrador de la declaración se haya preparado desde antes de empezar. Sólo resulta un poco desconcertante que se sigan convocando las reuniones, con la misma agenda y la misma lógica, cada tres años, después de los fracasos de Seattle y Cancún: el conjunto tiene el aspecto no de una mesa de negociación política, sino de una ceremonia ritual.

Todos se reúnen para decir que la libertad de comercio es buena, que la absoluta libertad del comercio internacional sería lo más deseable; en nombre de esa libertad se acusarán después unos a otros de egoísmo, de falta de visión o de voluntad; unos dirán que la pobreza de los pobres se debe a que se rehúsan a la apertura, otros dirán que la riqueza de los ricos se explica por la misma razón. El obstáculo será, como siempre, la política de subsidios agrícolas de Europa y Estados Unidos. Todo tan aburrido como una campaña electoral mexicana.

El fondo es escandalosamente simple. El dogma del mercado libre, que justifica las reuniones y la organización misma, es una fantasía de economistas. No hay tal cosa como un mercado libre, no hay un mercado que no esté regulado con reglas de todas clases, comenzando por los derechos de propiedad y siguiendo con la legislación fiscal, los límites de jurisdicción, etcétera; puede haber más o menos trabas, pero siempre las hay, y para cada producto son distintas porque cada uno implica un sistema de relaciones sociales distinto, la producción del algodón no es igual a la del petróleo, los libros o las medicinas. Decir que todas son mercancías es una simpleza. No se lo cree ninguno de los que asisten a las reuniones de la OMC, que van allí a negociar, eso se supone, un conjunto particular de reglas del mercado internacional: significa que van a discutirlo todo o tendrían que discutirlo todo, es decir, van a no ponerse de acuerdo porque la inmensa mayoría de los problemas ni siquiera pueden plantearse en un foro así.

Empecemos por lo más sencillo de entender. Los más enérgicos defensores de la libertad de comercio, Europa y Estados Unidos, hacen todo lo posible por evitar las consecuencias no ya de la libertad, sino de una liberalización del mercado. El tema de mayor bulto, que surge siempre en las discusiones, son los subsidios para la producción agrícola; números: el monto de los subsidios agrícolas del mundo desarrollado es superior al producto interno bruto de la totalidad de África, aproximadamente mil millones de dólares diarios. Cada vaca europea recibe un subsidio equivalente a mil dólares anuales, cada vaca japonesa recibe más de dos mil quinientos dólares (¿hace falta decirlo? Mucho más de lo que es el ingreso promedio de los habitantes de África).

Más números: producir algodón en Estados Unidos cuesta el doble que producirlo en Senegal, Malí, Benín, Burkina Fasso, Togo, Chad, y sin embargo es más caro el algodón africano en el mercado internacional; no hay misterio: el subsidio norteamericano para el algodón es prácticamente equivalente al costo total de la producción, de modo que los agricultores norteamericanos casi podrían regalar la cosecha y salir ganando. Además hay aranceles, por supuesto.

Si se piensa con cabeza de economista resulta absurdo. Pierden sobre todo los países africanos para los que el algodón representa más de la mitad del ingreso por exportaciones, pero pierden también los consumidores, los contribuyentes que pagan el subsidio, y perdemos todos si eso resulta ser a fin de cuentas un obstáculo para la libertad de comercio internacional. Eso es pensando como economista. Vayamos un poco más allá. El intercambio de productos agrícolas es verdaderamente insignificante en el mercado mundial, no más del 3% del conjunto; más todavía: la participación de África en el comercio internacional es igualmente irrisoria, no llega al 2% del total. ¿Por qué no eliminar todos los subsidios? ¿Por qué no dejar que circule libremente el algodón, el café, el cacao de África, también el ganado africano?

Bien. Los subsidios de Europa y Estados Unidos no sólo protegen a un grupo particular, reducidísimo, de productores: protegen un modo de vida. La relativa armonía, la estabilidad, la seguridad y la cohesión social del mundo desarrollado dependen de esos mecanismos de protección. De los subsidios agrícolas y la legislación fiscal, laboral, financiera. No es irrazonable. Ningún político en sus cinco sentidos sacrificaría eso por una quimera como la absoluta libertad del comercio internacional. No tienen por qué, además. Han sido elegidos para defender los intereses de los franceses, de los ingleses, los japoneses, los norteamericanos. Y hacen eso. Si algo puede ganarse en las negociaciones de la Organización Mundial de Comercio a favor de las compañías farmacéuticas, petroleras, textiles o de automóviles, tanto mejor; y si no se puede, quedamos como hasta ahora: ellos ganan. Quieren la libertad de comercio, pero no la quieren a cualquier precio.

El otro lado es igualmente fácil de entender, aunque sea más trágico. Se trata de países pobres y empobrecidos en buena medida por la estructura del comercio internacional. En la zona del sahel concretamente –Senegal, Malí, Níger, Burkina Fasso, Chad- son países sometidos a un clima inmisericorde, siempre amenazados por la sequía; esos mismos y otros más empobrecidos, destruidos por las guerras –Sudán, Etiopía, Congo- y por gobiernos de una rapacidad inverosímil, que durante décadas medraron bajo el amparo de la URSS o los Estados Unidos. La opción liberal de progreso, la inversión extranjera, llega tan sólo para la explotación de minas y yacimientos de petróleo, y no es ni siquiera el 1% de la inversión internacional. En resumidas cuentas: son países que no importan. De hecho, no importarían absolutamente nada si no fuese porque en algunos hay petróleo, cobre, cobalto, bauxita, diamantes, y porque son el origen de la migración que llega a Europa y Estados Unidos, en números cada vez más difíciles de manejar.

El comercio internacional es sólo una pieza del orden mundial y no se entiende sin tomar en cuenta el resto del sistema. Sólo como ejemplo, para saber de qué estamos hablando, tomo la edición de esta semana de El País Semanal. En el periódico hay un extenso artículo sobre el problema de los subsidios agrícolas, otro más sobre el algodón africano; en la revista, un ensayo muy emotivo, de comparación entre Noruega y Níger: “Noruega: paraíso en el norte” y “Níger: infierno en el sur”. Fotografías elocuentes, textos que describen lo bien que viven unos, lo mal que viven los otros; lo que se destaca, en recuadros, es la austeridad de los noruegos, las malas cosechas en Níger. Todo tan natural e inmodificable que sólo invita a suspirar. A continuación, en la página siguiente, un reportaje sobre el diseñador Tommy Hilfiger y su influencia sobre “los códigos del vestir estadounidense”. Por inercia, por haber leído el resto del periódico, uno se pregunta: ¿de dónde es el algodón que usa Tommy Hilfiger? ¿De dónde son las costureras que emplea? ¿Dónde tiene sus fábricas y dónde paga sus impuestos? Lo que sigue en la revista es un artículo –no sé si artículo o propaganda, da lo mismo- de Nike, con el título: “Un solo par nunca es suficiente”. Eso es Europa. Algo parecido es Estados Unidos.

No me interesa buscar culpables ni me interesa el lado moral del problema. Entre otras cosas, porque es inútil. Los países europeos, como Estados Unidos, han tenido una historia favorable, para decirlo de alguna manera, pero los europeos de hoy no tienen responsabilidad sobre ella, como tampoco tienen nada que ver con el genio de Bach o de Beethoven. Esa historia depende, al menos en parte, de la colonización de África y del sur de Asia, por supuesto (dejo para otra ocasión lo que significó en la práctica la misión “civilizatoria”, porque merece ser tratada con calma), no obstante, las elites y los líderes de los países que fueron colonias han puesto lo suyo para destruir a sus países. El mundo de hoy es resultado de toda esa historia: ni edificante ni agradable de ver, compleja, densa, absolutamente irreparable.

Hablamos de la reunión de Hong Kong de la Organización Mundial de Comercio, y lo que hay que decir es muy simple: mientras no se piensen en conjunto los problemas de comercio, inversión, política fiscal, migración, desarme, financiamiento, será como no hacer nada. Algo peor que nada, un ritual en que unos y otros, con el libre comercio o la protección como bandera, podrán legitimarse sin hacer nada. Tal vez de eso se trata, es un fracaso políticamente rentable.

 

La Crónica de hoy, 14 de diciembre de 2005