Para dormir tranquilos

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En Italia continúa interminablemente el proceso contra el gobierno de Andreotti. Uno de los procesos, uno de los gobiernos, de hace veinte años.

Y la acusación que va y viene desde entonces, de vínculos con la mafia siciliana. Circulan de nuevo los mismos nombres: Giulio Andreotti, Giovanni Falcone, Paolo Borsellino, Totó Riina, Bernardo Provenzano, y uno tiene la sensación de haberlos estado oyendo desde siempre, en el mismo juicio que no se acaba nunca. En los últimos tiempos ha cobrado vigencia de nuevo la idea de que hubiese alguna clase de complicidad entre la clase política, el gobierno, los servicios secretos y la mafia en el asesinato de los jueces Falcone y Borsellino. La acusación es muy grave, muy vieja –no sorprende a nadie.

En todas partes hace falta tener de vez en cuando un escándalo de ese estilo, de un político mezclado con un mafioso, porque sirve para dejar claro que se trata de una excepción insólita, absolutamente improbable. Y eso siempre resulta tranquilizador. El caso ideal es el de un político de primera fila, o bien un juez o un jefe de policía, alguien muy serio, responsable de hacer cumplir la ley, y un delincuente violento, rústico, vulgar. El contraste muestra que se trata de dos mundos enteramente distintos, que no tienen nada que ver entre sí.

En la práctica, todo es bastante más confuso, mezclado. La trama de la delincuencia está imbricada con la trama de la vida cotidiana –tan íntimamente que es casi imposible de ver.

Pasó hace poco por la prensa, apareció y desapareció en un par de días, la noticia de los asaltos en el campo español. No era nada muy espectacular: alrededor de veinte mil incidentes al año, robo de maquinaria, cosechas, ganado. Insisto, algo trivial. Pero si se miran los volúmenes, empieza a resultar interesante, porque son dos o tres asaltos cada hora, y según los testimonios que recogía la prensa, en Galicia y Almería y Valencia se roban los terneros de diez en diez, y en alguna ocasión hasta cincuenta o más de un golpe, es decir, diez mil o quince mil kilos de carne cada par de semanas, y varias toneladas de hortalizas.

Robarse diez vacas no debe ser nada fácil, no digamos ya robar cincuenta. Y repetir la operación cada tanto tiempo. Se necesita gente, medios de transporte, se necesita saber dónde están las vacas, y cómo es el sistema de vigilancia. Pero lo que más me llama la atención, porque me parece mucho más difícil, es que esas cien vacas se vendan. Porque hace falta quien las compre, y hace falta un lugar para hacer la transacción, y un matadero –eso para empezar. El hecho es que se venden. En algún momento esas cien vacas tienen que aparecer, en España o en Francia o Portugal, en forma de hamburguesas, o de filetes, agujas, costillas, falda, espaldilla, riñones, quince mil kilos que tienen que venderse en tiendas normales, donde compra gente normal. Es lo más probable que en algún tramo de la cadena, en algún momento, haya un inocente que compra sus hamburguesas sin tener ni idea de toda la trama, pero es obvio que en el camino hay más de dos y más de tres intermediarios que saben lo que se hacen.

Otro asunto, sin dejar la nota roja de la prensa española. Días después de que circulase la noticia de los cuatreros, la Guardia Civil informaba que había desmantelado una organización dedicada al contrabando de tabaco. Por lo visto, actuaba desde Jordania y Bulgaria, y transportaba tabaco a España, Portugal, Bélgica, Francia, y movía unos diez contenedores al mes, cada uno de ellos con 400 mil cajetillas. De nuevo, lo que me parece más interesante es que esos cientos de miles de cajetillas, cuatro millones al mes, tienen que aparecer, y venderse. Según la investigación de la Guardia Civil, se distribuían mediante una red de bares y restaurantes. Bien: hacen falta muchos bares. Y en algún lugar hay un decentísimo ciudadano, que paga escrupulosamente sus impuestos, y compra inadvertidamente ese tabaco, y hay muchos otros, cientos, que hacen negocio.

Eso sucede en Europa, en el mercado más regulado, más exigente, mejor vigilado del planeta.

Es el extremo inferior, donde se comercia con vacas y cajetillas de cigarros. En el extremo superior están los bancos con sus redes de filiales, firmas asociadas, sociedades de inversión, y el universo de los paraísos fiscales donde empresas decentísimas simulan operaciones, alteran cuentas, evaden impuestos, esconden ganancias, todos los días.

De vez en cuando hace falta una escenificación del Estado de Derecho para recordar que la diferencia es importantísima. Todos dormimos más tranquilos así.

 

La Razón, 13 de julio de 2013