¿Qué nos importa Darfur?

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Empiezo por preguntar lo mismo que usted: ¿qué nos importa lo que sucede en Darfur? La inmensa mayoría de nuestros intelectuales y la totalidad de nuestra clase política piensan que no nos importa ni mucho ni poco, nada, aunque eso no puede decirse: nadie lo diría. Pruebe usted a preguntar. ¡Por supuesto que nos importa! La pregunta es desagradable y la respuesta es obvia, y es mentira, porque se supone que tenemos un interés humanitario por la catástrofe de Darfur, igual que por el terremoto de Indonesia; y eso, el interés humanitario, es una idea sin fondo, que no significa casi nada y se olvida en cuanto aparecen las imágenes de un nuevo desastre o un pequeño escándalo. Hay incluso un formato y una serie de clichés para exponer en la prensa ese tipo de situaciones que sobre todo inspiran lástima y una indignación imprecisa y vacía contra el orden del mundo. Se corresponde con las convenciones del lenguaje diplomático: cuando se habla de un “conflicto político” significa que hay una guerra entre dos bandos o dos países periféricos y se trata de obligarlos a negociar, cuando se dice que hay una “amenaza para la seguridad” están de por medio los intereses de alguno de los países centrales, cuando la situación se define como una “crisis humanitaria” quiere decir que nadie está dispuesto a arriesgarse a intervenir. La naturaleza política de la “crisis” se pasa por alto, se diluye en una exhortación sentimental, irrefutable, que no admite preguntas.

El de Darfur es un caso ejemplar. Es la historia de una masacre incalificable que se prolonga durante años y de la que llegan al resto del mundo sólo imágenes aisladas, informaciones imprecisas, esporádicas, donde todo resulta confuso y banal: un país pobre, una zona casi desértica, tribus con odios ancestrales, hambre. También es dramáticamente ejemplar el proceso político que ha desembocado en la crisis actual, lo mismo que la reacción del Consejo de Seguridad y de la opinión mundial. No es tan difícil de entender.

Desde su independencia y antes, hay en el territorio de Sudán un conflicto básico entre la población del norte: árabe, musulmana, y la del sur, africana –básicamente nuer y dinka—evangelizada en parte durante el dominio inglés. Es un conflicto político: la elite del norte, del valle del Nilo, controla la economía y el gobierno de Jartum y utiliza las diferencias étnicas para mantener su poder. Con la inercia de la Guerra Fría el conflicto se tradujo en una de las guerras civiles más largas del continente, donde acabaron por intervenir, aparte de Estados Unidos y la Unión Soviética, todos los países de la región, desde Uganda hasta Kenia y Etiopía. Todo empeoró, como es lógico, con el establecimiento de un régimen islamista en Jartum, tras el golpe de Estado del coronel Omar Hassan el-Bechir, bajo la dirección del guía Hassan al-Turabi, en 1989. Fueron los años más feroces de la guerra. Súbitamente el panorama cambió en el año 2000. El conflicto pareció encaminarse hacia una solución cuando el principal grupo rebelde, el Ejército para la Liberación de los Pueblos de Sudán (SPLA) de John Garang, inició conversaciones de paz con el gobierno; del diálogo de Naivasha, deliberadamente entorpecido por las dos partes, resultó una serie de acuerdos que se fueron firmando sin prisa entre 2002 y 2004.

El gobierno de Omar el-Bechir se volvió respetable de la noche a la mañana, sobre todo después de que el presidente rompió su alianza con al-Turabi y mucho más cuando se ofreció como aliado de Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo. Eso sin contar con el petróleo recién descubierto, en yacimientos considerables, en el centro de Sudán. Nadie en la comunidad internacional quería arruinar la fiesta de los acuerdos de paz ni poner obstáculos al posible aliado que en 2003 había dado inicio a una guerra de exterminio en el oeste, en Darfur. Aquello no podía ser una guerra, no era un conflicto político ni una amenaza: era –y sigue siendo—una “crisis humanitaria”.

Darfur fue un estado independiente hasta que se anexionó al Sudán británico en 1916. Es un extenso territorio semiárido, desértico en el norte, con una población heterogénea y mezclada de grupos llegados en diferentes oleadas migratorias: en su inmensa mayoría son africanos arabizados, de religión islámica. La oposición básica en la estructura social de Darfur es entre los grupos que viven de la agricultura y los que se dedican al pastoreo; convencionalmente, por su modo de vida seminómada, se llama “árabes” a los pastores. No hay otras diferencias, la región entera fue dejada de lado por la administración colonial y los gobiernos independientes –sin caminos, casi sin escuelas ni hospitales—porque el atraso la hacía más fácil de manejar: políticamente era un sólido, masivo y dócil apoyo para la clase política de Jartum, por su adhesión tradicional a los descendientes y herederos del Mahdi y su idea de un nacionalismo islámico.

Olvidada y miserable, la región de Darfur ha sido sin embargo sumamente útil desde un punto de vista estratégico: desde allí organizó Hissene Habré, con ayuda de Jartum, el derrocamiento del presidente Tombalbaye de Chad, y desde allí también lanzó más tarde Idriss Deby –apoyado por Libia—su campaña contra Habré, al que expulsó de Chad en 1980 (entre paréntesis, en días recientes Naciones Unidas ha pedido nuevamente a Senegal la extradición de Hissene Habré, para que sea juzgado en un tribunal especial en Bélgica; Idriss Deby ha sido reelegido por tercera vez, con una mayoría soviética del ochenta por ciento de los votos). Eso significa que hay guerrilleros y armamento y combates en Darfur desde hace más de treinta años. Pero Ghaddafi quería no sólo controlar al gobierno de Chad, sino quedarse con el territorio de Darfur; para eso, aparte de enviar un ejército de ocupación, organizó y armó una guerrilla “árabe” local, para hostigar a la población “africana”. La oposición tradicional entre pastores y agricultores comenzó a adquirir otro sentido.

La crisis actual tiene su origen remoto en la hambruna de 1984. El presidente Nimeiry hizo caso omiso de las advertencias del gobierno local de Darfur, que había previsto la catástrofe desde el año anterior. La negligencia y la corrupción hicieron el resto para que el hambre adoptase un significado político. La escasez comenzó por producir las fricciones habituales entre pastores, que necesitaban buscar alimento para su ganado, y agricultores obligados a defender con mayor energía sus cosechas. Apremiado por la necesidad de recuperar el control de la zona, el gobierno de Jartum contribuyó a que se construyese el conflicto como un problema étnico: favoreció entre los “árabes” la idea de que los “africanos” eran responsables de la falta de pastos y del hambre, con lo cual no era difícil que del otro lado los “africanos” se convenciesen de que los “árabes” de Darfur y Jartum eran una misma cosa. El resultado ha sido una extraña guerra desplazada, una guerra “por procuración” en la que los agravios de la población de Darfur contra la elite del valle del Nilo y el gobierno de Jartum son desviados hacia una guerra civil localizada, entre dos grupos –igualmente miserables, subordinados, empobrecidos—de identidades cada vez más rígidas.

Para el gobierno era difícil, costoso y arriesgado abrir otro frente militar (entre otras cosas porque buena parte de los soldados que combatían en el sur eran originarios de Darfur y, por lo tanto, poco confiables para una tarea represiva a gran escala). Recurrió por eso a la formación de milicias “árabes”, según el esquema que había seguido Ghaddafi: son los “yanyauid” –los jinetes fantasmales o demoniacos—, ostensiblemente financiados, armados y dirigidos por el gobierno de Jartum, pero que pueden presentarse a la opinión internacional como una manifestación espontánea de la violencia tribal. Las primeras formas de resistencia armada “africana” aparecieron en 1989. Su principal organización es en la actualidad el Ejército de Liberación de Sudán (SLA). Para complicar más las cosas, como consecuencia de la ruptura del grupo gobernante en Jartum surgió en el año 2000 otro grupo armado “africano” en Darfur, una guerrilla islamista inspirada por al-Turabi, el Movimiento por la Igualdad y la Justicia (MEJ).

En 2003 la violencia se desbordó. Con el acuerdo de paz prácticamente firmado en el sur, el gobierno lanzó una ofensiva general en Darfur, una campaña de tierra arrasada que comenzaba con bombardeos masivos de los pueblos y continuaba con el acoso inmisericorde de los yanyauid, que perseguían a los supervivientes incluso en los campamentos de refugiados que se multiplicaron en pocos meses. Desde entonces ha habido más de cuatrocientos mil muertos, más de dos millones de desplazados. La aniquilación sistemática de la población “africana” de Darfur, que comenzó con los bombardeos, continúa con el hambre y las enfermedades en los campamentos a los que el gobierno de Omar el-Bechir no permite que lleguen ni alimentos ni medicinas ni organizaciones de socorro.

El 5 de mayo pasado se firmó un complicado acuerdo de paz entre Jartum y el SLA, pero el gobierno sudanés sigue sin admitir la presencia de una misión de Naciones Unidas. Mientras pasa el tiempo la destrucción sigue. Los yanyauid han comenzado a incursionar cada vez más lejos, en el territorio de Chad, para atacar los campos de refugiados, han asesinado a varios miembros de las organizaciones internacionales de ayuda. Casi un millón de personas han quedado completamente aisladas. China, que explota la mayoría de los campos petroleros de Sudán, ha anunciado que vetará cualquier resolución del Consejo de Seguridad que implique el uso de la fuerza.

Y a nosotros ¿qué nos importa lo que pasa en Darfur? Si se piensa un poco, nos importa y mucho. En ese mundo vivimos. Más vale no hacerse ilusiones. Más vale tratar de entenderlo.

 

La Crónica de hoy, 31 de mayo de 2006