Rafael Segovia. Tres salvaciones del siglo XVIII español. Prólogo.

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En la idea que nos hacemos del trabajo académico, de la ciencia en general, se da por supuesto que el conocimiento progresa. Eso significa que sabemos hoy más de lo que sabíamos antes y lo sabemos mejor. Por esa razón es relativamente infrecuente la reedición de libros de hace diez o veinte años, salvo los que se consideran clásicos: los que sirven de apoyo para una línea de investigación o los que todo estudiante debe leer aunque sea por interés arqueológico. La idea parece razonable pero no es exacta; su fundamento, al menos en las ciencias sociales, es bastante endeble: se pueden corregir algunos datos, se puede obtener nueva información y se pueden adoptar conceptos más precisos, mejor elaborados, pero en estricto sentido no se “supera” el conocimiento anterior por la misma razón que no se “acumula”. Raymond Aron no supera a Max Weber, igual que Hannah Arendt no supera a Georg Simmel o a Tocqueville. Lo que hacemos con el paso del tiempo es adoptar otro punto de vista (aupados, como decía Newton, a hombros de gigantes). Y con eso se gana algo, pero se pierde también; puede ser considerable o puede ser insignificante lo que se pierde, también lo que se gana.

Hay libros malos, que lo fueron siempre; hay libros que no pierden interés aunque haya cambiado radicalmente nuestro punto de vista sobre el tema. Pongamos un ejemplo clásico. Hoy ningún académico usaría como base para estudiar el siglo diecinueve español la España invertebrada de Ortega y Gasset; sin embargo, es una lectura indispensable: con toda su arbitrariedad, con sus excesos, ofrece una visión única, de la que hay mucho que aprender.

Eso sucede con Tres salvaciones del siglo XVIII español de Rafael Segovia. Ha pasado mucho tiempo desde que se publicó por primera vez, cuarenta y cinco años. Se han escrito en ese tiempo centenares de libros sobre la ilustración, algunos extraordinarios, docenas sobre el pensamiento español del siglo XVIII. No obstante, sigue habiendo cosas que aprender en ese breve ensayo de 1960: en el estilo, en la mirada, en la claridad de la exposición, en la organización de las ideas, en los antagonismos y las afinidades que explica. Diría más, lo que hay que aprender en el libro de Segovia es mucho de lo que le falta a nuestra escritura académica, de aparatosos tecnicismos, casi todo lo que le falta a los ensayos beligerantes, superficiales, apresurados, de la literatura de divulgación o los libros de texto; todo, desde el tema en adelante, todo lo que no hay en la vida pública mexicana del siglo XXI.

En los últimos cuarenta años ha cambiado mucho la manera de hacer historia de las ideas. En las universidades, en el trabajo serio, domina el estilo de J. G. A. Pocock y de Q. Skinner, de una erudición verdaderamente abrumadora, capaz de intimidar a cualquiera; se trata de discernir, párrafo a párrafo, las influencias, las dudas, calibrar el peso exacto de las palabras, iluminarlas a partir de relaciones personales, citas, lecturas, detalles perdidos en algún epistolario. Son obras monumentales, de una exactitud impresionante. Por eso también difíciles de leer para la mayoría, incluso para la mayoría de los lectores universitarios. Ha habido por otra parte brillantes ejercicios de síntesis, ensayos que pueden trazar en cuatro páginas una evolución de siglos: coherente, nítida; en los escritos de Isaiah Berlin, por ejemplo. Lo único que podría decirse como crítica es que ofrecen una claridad excesiva, un panorama demasiado limpio, que se ajusta demasiado bien al argumento que se quiere demostrar.

El estilo de Segovia es distinto: es el de Carl Becker, el de Paul Hazard, el de Edmundo O’Gorman. Es tan evidente y tan difícil de definir como el esprit de finesse de Pascal. Hay en él a la vez voluntad de síntesis y sensibilidad para los matices. En su escritura llama la atención sobre todo la prudencia: una erudición discreta y sin alardes, la de quien quiere hacerse entender; se nota la preocupación por la agilidad narrativa, por la coherencia del texto y de la explicación, el deseo de transmitir la sensibilidad de otra época, como cosa viva, con problemas reales: recuperar la sensación de haber estado ahí, con el desconcierto y el entusiasmo de aquel presente.

 

En general, la ilustración española suele ser tratada como fenómeno secundario, derivado, de escaso interés. Ninguno de sus autores forma parte del canon de la historia de las ideas. Las grandes síntesis del pensamiento del dieciocho, los ensayos de Berlin, por ejemplo, o la admirable historia de Peter Gay, prácticamente no la mencionan. Se supone que es asunto de interés puramente local, que no significa nada más allá de las fronteras de la Monarquía Hispánica (a pesar de que entonces ocupaba una tercera parte del mundo).

Sucede también entre nosotros, en México, y eso es más notable todavía. Se supone que cualquier estudiante mexicano, en el sistema de educación superior, debe haber leído a Voltaire, Montesquieu, Locke, Rousseau, algunos incluso a Kant, Hegel y Hume. Al menos se supone que han visto sus nombres en un libro de texto y algo han oído de sus ideas. Sería difícil, en cambio, encontrar alguno que sepa quiénes fueron Torres Villarroel, Feijóo, Cadalso o Campomanes. Es extraño porque forman parte de nuestra historia, son los pensadores de nuestro siglo dieciocho, de nuestra ilustración; han sido borrados en parte por ese fetichismo de las fronteras territoriales que excluye también de nuestra tradición literaria a Lope, Quevedo, Calderón, Góngora o Cervantes, en parte también por la convicción de que no hubo ilustración en España, una mala copia de las ideas francesas, hundida por la iglesia católica.

Es decir: hay que empezar por el principio. Hubo una ilustración española. Surgió inspirada por las ideas inglesas y francesas, sin duda, por las obras de Bacon, Locke, Diderot, Montesquieu, pero fue original precisamente porque era española. Hay dificultades, matices, aristas del pensamiento del siglo dieciocho que sólo se manifestaron en España y que por eso importan. La argumentación de Segovia, la estrategia de su explicación ayuda mucho a entender esa originalidad. Como en todas partes, en España aparecieron las nuevas ideas en una sociedad “tradicional” (y dejemos el término sin definir, porque sería imposible); adquirieron forma y sentido en esa sociedad, de rasgos tan particulares y folclóricos como los de la sociedad francesa, inglesa o alemana. De hecho, el fenómeno intelectual y político que llamamos ilustración no es más que el conflicto entre las viejas formas del orden y el empuje desorganizado, imperioso, de una nueva manera de mirar el mundo.

No hay un sistema de ideas de la ilustración, aunque haya rasgos más o menos generales, compartidos. El pensamiento ilustrado es tan variado como las obras de Voltaire, Hume, Feijóo, Kant, D’Holbach, Filangieri. Lo mismo sucede con sus consecuencias prácticas. El proceso clásico, que suele tomarse como modelo, es el francés: concentración del poder, racionalización de las funciones públicas, legislación uniforme, integración del mercado, formación de academias científicas, periódicos, una progresiva secularización de las elites. Revolución, imperio, estado nacional. Es un caso ejemplar, pero prácticamente único. En Prusia, por ejemplo, Federico II estaba interesado en algunos de los logros materiales, técnicos de la ilustración, pero nada más; Catalina de Rusia quería sobre todo los elogios de los ilustrados franceses, pero no una ilustración rusa; en los estados italianos hubo heroicos defensores de las nuevas ideas y heroicos defensores del orden antiguo, hubo el impulso reformador de Carlos de Borbón en Nápoles y un largo reflujo reaccionario. El caso español no es tan raro.

España en el siglo XVIII era una monarquía relativamente frágil, que dominaba sobre un imperio enorme; una sociedad estamental, particularista, con una precaria concentración del poder y una burguesía mínima, de inclinación corporativa, una sociedad en que la iglesia católica tenía una considerable importancia en la vida pública. La ilustración era a la vez una amenaza gravísima para ese orden y una esperanza concreta de regeneración.

Acaso el mérito fundamental de la obra de Segovia está en el método de su exposición, que está pensado precisamente para subrayar esa ambivalencia de las nuevas ideas. Construye tres grandes campos de polémica, tres formas de confrontación de lo viejo y lo nuevo en España, y expone las razones de unos y otros: las de Feijóo y las de Torres Villarroel, las de Cadalso y las de Forner. Casi nadie dudaría hoy en inclinarse por la ciencia contra la religión, por ejemplo; en el siglo XVIII eso no estaba tan claro, ni mucho menos. No puede entenderse la ilustración española ni toda la historia posterior si no se toma en serio la polémica, si no se entiende que había razones de un lado y del otro. Eso hace Rafael Segovia.

 

2.

Tres salvaciones: la ciencia, la crítica, la política. En la primera, la más obvia, Segovia contrapone a un religioso ilustrado, elitista, razonador exigente, de saber enciclopédico, Fray Benito Jerónimo de Feijóo, y un aventurero escéptico, senequista: Diego de Torres Villarroel. El problema que se les plantea a los dos es el de la utilidad de las nuevas formas de conocimiento, su lugar frente a la teología y el saber necesario para la salvación. Como es lógico, a Feijóo le interesa sobre todo fijar fronteras: determinar el campo en que la razón puede aventurarse libremente a explorar la naturaleza, sin poner en riesgo el contenido dogmático de la religión; necesita deshacerse de milagrerías, distinguir los descubrimientos científicos de la búsqueda de lo maravilloso, separar la química y la alquimia, la astronomía y la astrología. Feijóo sabe que la ciencia ofrece la única verdad en el mundo natural, sólo quiere ponerla a salvo de la religión (y de paso salvar la religión). Torres Villarroel no está tan seguro, ni de eso ni de nada; punto más o menos, podría haber dicho lo mismo que Quevedo: “Otros hay (y en éstos, que son los peores, entro yo), que no saben nada, ni quieren saber nada, ni creen que sepan nada, y dicen de todos que no saben nada, y todos dicen de ellos lo mismo, y nadie miente.”

Es un escepticismo que se extiende a todos los valores convencionales. En la tradición estoica, senequista, de la que participa Torres Villarroel, el menosprecio del mundo incluye glorias, honores, eminencias, linajes y libros: todo es igualmente inútil y vacío; en su caso, es curioso, lo que termina por hacerle sospechar de cualquier forma de conocimiento es el éxito que tienen sus almanaques astrológicos. Ahora bien: si no puede saberse nada ni hay nada cierto, lo único que queda es preocuparse por la salvación del alma, con fe de carbonero. Puede parecer extraño y, sin embargo, es un camino bastante trillado, similar incluso al de Erasmo.

El capítulo entero es una colección de paradojas que ilustra bien lo que fue el siglo XVIII español. El defensor de la tradición es un aventurero, de vida disparatada, descreído, para quien no hay nada absolutamente respetable; admite los resultados de la ciencia, además, mientras sean útiles y sólo por eso, con un ánimo pragmático que resulta de lo más moderno. El progresista, en cambio, el partidario de las ideas nuevas es un religioso que desprecia profundamente los errores y mistificaciones del vulgo.

La ilustración es también crítica de las costumbres: de las antiguas costumbres, producto de la ignorancia de los tiempos oscuros, pero también de las costumbres civilizadas; la ambigüedad aparece en todas partes: en Francia, en Prusia, en España. Y es lógico. Hay un orden que se quiebra, que se está perdiendo. A diferencia del moralismo cristiano o estoico, el espíritu reformador de los ilustrados es inseparable de la conciencia histórica, lo mismo en Montesquieu que en Beccaria, Condorcet, Gibbon o Adam Ferguson. En España, según lo muestra Segovia, la crítica, la historia y la sátira se mezclan en una sola reflexión con el tema obsesivo de la decadencia; escoge como figuras representativas a Juan Pablo Forner y José Cadalso, convencidos ambos de vivir en un tiempo sombrío, sin grandeza ni mérito, un tiempo en que la nobleza no tiene valor alguno ni significa nada. Forner presenta una decadencia de dos siglos, que se acentúa por la influencia de los nuevos bárbaros, franceses y afrancesados; pero piensa que todavía es posible recuperar el espíritu nacional, volver a las verdades indiscutibles, a la grandeza de Fray Luis de León, Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz. A Cadalso no le queda siquiera ese consuelo; como militar defiende un orden en el que no puede creer, como escritor denuncia los males del tiempo para los que no hay remedio. Lo explica así Segovia: “Aceptar el modo de pensamiento que la Ilustración tenía, era tanto como pedirle que renunciase a todo su pasado, y no quiso hacerlo; rechazarlo era lo mismo que aceptar el estado de penuria espiritual y material de su Patria, lo que también le era imposible”.

La misma clase de dilemas tiene un cariz muy distinto cuando se trata de la organización del Estado. Es el tercer campo polémico que se construye en el libro. Lo que era para Cadalso una tragedia personal, para la monarquía hispánica es el problema radical de la soberanía: la elección entre dos modos de justificar el poder político, dos sistemas que explican la relación entre el cielo y la tierra, lo que es del César y lo que es de dios. Hay quienes defienden el viejo orden: Fray Fernando de Zevallos, por ejemplo, que piensa en una sola voluntad divina manifestándose en el poder temporal y el poder espiritual, es decir, una monarquía católica, obediente a la iglesia. Hay la argumentación hobbesiana de don Antonio Xavier Pérez y López, que necesita una autoridad política última, absoluta e incontestada. Hay también el intento de elaborar una solución de compromiso, que conserve el antiguo orden doctrinal en la justificación del poder del rey, pero que lo separe de la autoridad de Roma. A eso se dedica don Pedro Rodríguez de Campomanes. Si se piensa bien, la idea es similar a la de Feijóo: consiste en trazar fronteras, delimitar el territorio que corresponde a la iglesia, el del “hombre interior”, y el que corresponde al Estado, que en ese mismo movimiento se sitúa por encima de todos los gremios, estamentos y corporaciones.

 

3.

Sólo una nota más, para situar el libro. No creo que haga falta decir nada sobre la “actualidad” del tema, porque salta a la vista. Hoy sabemos que las ideas básicas de la Ilustración no son valores adquiridos; a doscientos o trescientos años de distancia volvemos a discutir lo mismo y, sobre todo, hay las mismas ambigüedades y las mismas paradojas en nuestra discusión. En México se trata hoy de modernizar el Estado –y la economía y la educación y la cultura- y es también, como entonces en España, un proyecto lastrado por todo tipo de inconsistencias: es un movimiento de ruptura que tiene que apoyarse en la tradición, un proyecto elitista que se piensa contra las elites. Más todavía: hay razones de un lado y otro, igualmente poderosas.

En España no hubo una solución “ilustrada” del conflicto. Acaso porque no podía haberla. Porque la modernidad consiste en esa tensión agónica entre dos mundos posibles, el de ayer y el de mañana, que son los dos imposibles. No está escrito, no se refiere al espíritu del pueblo sino a las estructuras de la acción política; sin embargo es un drama que pesa y se repite con la insistencia del destino. Hubo allí (como aquí) varias nuevas manifestaciones del espíritu de la ilustración, y otras tantas reacciones: en las Cortes de Cádiz, en el reinado de Isabel II, en las guerras carlistas. En la Segunda República. Especialmente en la Segunda República: nadie ha tenido una conciencia más lúcida de ese destino trágico que don Manuel Azaña, pocos habrá que lo hayan vivido con la misma, dolorosa intensidad, de quien lo vive con el inflexible ánimo ilustrado de Feijóo y con el pesimismo de Cadalso y el realismo de Campomanes, y algo también del desapego estoico de Torres Villarroel, siendo además Presidente de la República.

Tres salvaciones fue el primer libro que publicó Rafael Segovia: un joven mexicano, un exiliado español. También eso importa. Si se lee con cuidado, no es difícil saber dónde están puestas sus simpatías: se nota que le irrita la cabezonería de Forner y que hay una afinidad íntima que le acerca al ánimo melancólico de José Cadalso, se nota que comparte la intención de Feijóo pero entiende los riesgos que implica, la posición falsa en que lo pone su elitismo que es por otra parte inevitable. Se nota también –no es lo de menos- su entusiasmo por la escritura de Torres Villarroel, sobre todo en lo que recuerda a Quevedo. Ahora bien: como ilustrado, Segovia se impone ante todo la obligación de razonar, también cuando eso significa oponerse a todos, cuando ser razonable requiere ser beligerante. Segovia quiere entender y para eso se hace cargo de los argumentos de unos y de otros, es decir, se hace cargo del conflicto. Pero se hace cargo de un conflicto vivo, eso es lo que me importa subrayar. En ese primer libro inicia una reflexión que continuará durante medio siglo: sobre la modernización, sobre el nacionalismo mexicano, sobre la cultura política, sobre la democracia y el oficio de los políticos, sobre la educación, también siempre una reflexión implícita sobre la Segunda República. Es una continuidad que conviene tener presente. Es una misma meditación: no se entiende el conjunto si no se conocen las partes. En ese breve ensayo hay muchas de las claves para entender la biografía intelectual de Rafael Segovia, también una guía para entendernos en la espesa confusión del presente.