Sobre el envejecer

Etiquetas:

Nos pasa a todos, envejecer. Es sólo cosa de tiempo. Puede decirse, se dice que lo que importa es mantenerse joven de espíritu, que no cuentan los años sino el ánimo con que se vive. Es mentira. Peor: es una sandez y que seguramente no ha servido nunca para consolar a nadie. Lo único que de verdad importa son los años, el deterioro que traen los años sin remedio. Hay sus virtudes y su encanto en la vejez, desde luego, pero precisamente no son joviales ni inspiran ningún entusiasmo: son cosa de viejos. Hace falta vivirlos con espíritu de viejo para siquiera entender de qué se trata.

Por mucho que se piense en ello, nadie está preparado para envejecer. Nadie está preparado para esa última, prolongada infancia que nos hace cada vez más vulnerables, necesitados. Por eso nadie se hace viejo poco a poco, sino que es algo que nos cae encima, como un hachazo. De pronto el cuerpo adquiere otra importancia: comenzamos a hablar de las canas y las arrugas –en broma, por supuesto, en broma- y de ese dolor en la rodilla que no se va, después de la presión arterial, de lo indigesta que resulta la carne, de ese pequeño bulto que ayer no estaba bajo la axila. Nos vemos al espejo con un detenimiento y una atención que nunca antes. Descubrimos, con una rara claridad, que somos tan sólo este cuerpo que se va deteriorando, que ya no puede, que ya no alcanza.

Es posible que llegue a hacérsenos costumbre, como al emperador Adriano en el relato de Marguerite Yourcenar, escuchar las mentiras compasivas de los médicos, sin darles importancia, porque la vida sea ya una derrota aceptada. No es fácil. Vista desde lejos, la vejez es un estado de serenidad y apagamiento, de distanciada elevación, un tiempo para irse despidiendo; la verdad es que con el envejecer sobreviene una preocupación incontrolable por lo más material y cotidiano, una avidez por las cosas de este mundo, con su poco de locura, más allá del deseo que ya no hay y que es imposible de saciar. Por eso pedía Gil de Biedma la fuerza de poder vivir sin belleza, sin fuerza y sin deseo.

Nos hacemos viejos, pero el mundo no. En eso consiste la tragedia (si es una tragedia). Uno querría aún tomarse en serio toda la alegre estupidez de la vida, como los jóvenes, que tienen todo el tiempo por delante y la ilusión de hacerse un camino y andarlo. Pero ya no se puede. Las pasiones de los viejos son dolorosas, ridículas, extrañamente irresponsables, porque no tienen futuro. También son amenazadoras, gravísimas e intrascendentes. La descripción que hace Tanizaki en el Diario de un anciano loco es de una exactitud que da miedo: el viejo Utsugi, hundido ya entre medicamentos y dolores y somníferos, se enamora de su nuera, Satsuko, con el apremio casi frenético de un adolescente. La espera cada día, la evoca, la desea, como si no fuera el viejo Utsugi, a quien ya no le corresponde nada de eso. En las páginas del diario aparecen las fantasías eróticas y los informes clínicos mezclados en una sola urgencia inconsolable. No, los viejos no deben enamorarse. Y eso dice que ya no pertenecen del todo a este mundo.

El amor, esa clase de amor que incluye el cuerpo, el tacto, es lo primero de lo que se excluye a los viejos (a cambio les corresponde un cariño inofensivo y pausado, de animalitos domésticos). Es también lo último que defiende para sí el emperador Adriano: haber sido amado humanamente, hasta el fin. Otra vez, algo envidiable y difícil. Honradamente, cuesta menos trabajo verse en la imagen patética de Emilio Brentani y en la historia de su aventura idiota con Angelina; según lo pinta Italo Svevo, él es un cincuentón timorato y derrotado, un pobre hombre de vanidad frágil que decide vivir el amor con la alegría superficial y cínica de los jóvenes, sin ningún aparato de promesas, de hoy para mañana, y se encuentra de golpe metido en un pantano de celos, de llorosas ansiedades, extraviado como un niño, senil. La aventura es, en efecto, superficial y cínica, sobre todo si se le pregunta a Angelina, pero para él resulta devastadora: obsesiva, angustiosa, sin salida. Senectud es una obra incómoda, por su precisión morosa e impertinente; leyéndola uno no puede dejar de preguntarse a quién o a qué protegemos cuando nos decimos, muy sensatamente, que los viejos no deben enamorarse.

No desaparecen las pasiones con la edad, no se hacen tampoco más manejables; al contrario: se viven con mucha más urgencia, porque se viven sin grandes esperanzas. Incluso sin ninguna esperanza, porque se conoce también el reverso. Son las mismas pasiones pero ya plenamente humanas, perfeccionadas por la conciencia de la muerte. Sobre eso ha escrito Torgny Lindgren una fábula luminosa y terrible que se titula Dulzura: es la historia de dos hermanos, ancianos y enfermos los dos, que agonizan aislados del mundo, sostenidos tan sólo por el odio, por la voluntad de ver morir al otro; su rencor, como todos, está hecho de pequeñas incomprensiones, de mezquindades, de historias enredadas de otros tiempos. Pero Hadar y Olof se han hecho viejos, han ido perdiéndolo todo hasta que no hay en su vida más que esa sola pasión, desnuda de todo interés y de toda esperanza, feroz. Tiene una extraña, espantosa dignidad el odio porque es su último vínculo humano.Y no, tampoco deberían odiar los viejos; pero lo hacen.

Las pasiones de los viejos inspiran miedo, parecen siempre impropias y fuera de lugar porque es demasiado obvio que están condenadas, que no pueden ser; ofrecen un espejo en el que nadie querría mirarse. Nuestra sociedad, como todas, rinde culto a la juventud y a la fuerza, al entusiasmo, quiere evitar la vista de la vejez porque quiere evitar la vista de la muerte; todo el cuidado, la aprensión, el temeroso y distante afecto con que se trata a los viejos significa sobre todo eso, que ellos están enfermos de muerte. No queremos saberlo ni decirlo porque no tenemos ningún consuelo que ofrecer. De modo que para elevar la moral de quienes envejecen no se ha encontrado mejor recurso sino fingir que siguen siendo jóvenes, que lo que importa es el ánimo, es decir: mirar hacia otro lado y alentar alguna ilusión, por pedestre que sea. Sobre todo la ilusión de no envejecer.

Sin embargo, lo que tiene de más temible la vejez no es la proximidad de la muerte sino el peso de la vida y lo que uno ha hecho de ella: no es el futuro, sino el pasado. Eso hay en el imposible rencor de Hadar y Olof, eso hay en la ansiedad de Emilio Brentani, en su torpeza. Son achaques de la memoria, de todo lo que los años han ido dejando, que a veces inspira esas pasiones asombrosas, a veces otras subterráneas, frías y se diría que fatigadas.

En general, los viejos son molestos porque se repiten, porque tienen una vida estrecha y monótona, reiterativa. Son aburridos, como el viejo Eloy en La hoja roja de Delibes, que no deja de contar las mismas anécdotas, que no deja de hablar de su hijo, que está en Madrid, que se limita a dar su paseíto y esperar el correo y tomarse un vaso de vino, para celebrar nada, porque a él ya le ha salido la hoja roja en el librillo de papel de fumar. Vive encerrado en un mundo minúsculo, arrinconado con unos cuantos afectos, unos cuantos recuerdos de amigos muertos, del día en que habló ante la Sociedad Fotográfica: porque le ha salido la hoja roja, dice. Es irritante, no tiene ya planes ni ideas nuevas, y repite sus historias con calma, como si estuviese perfectamente resignado a quedarse en su rincón.

Esa vida nos parece imposible, asfixiante. Pero quién sabe, acaso nuestro mundo nunca haya sido mucho más amplio ni más abierto: acaso ha sido siempre igual, reducido a las mismas cosas, y sólo sucede que con la edad dejamos de engañarnos con la ambición de lo que no puede ser. Con un poco de serenidad y con la conciencia clara, podemos saber que el futuro es de alguien más, como todas esas aventuras que nunca emprendimos. Con un poco de suerte podemos acostumbrarnos finalmente a nuestro rincón, como el viejo Eloy, descubrir que es precisamente de nuestra medida y encontrarle el gusto, con la hoja roja y todo. Podemos empezar a repetirnos, dando vueltas a media docena de recuerdos, y a lo mejor ni siquiera es aburrido; el encanto más obvio de la vejez está en eso.

Con la edad nos aficionamos todos a unos cuantos hábitos, preferimos las cosas conocidas, como si el mundo se fuese reduciendo al paso del tiempo. Por eso nos da la impresión de que los viejos viven en el pasado, que ya no son capaces de disfrutar. Pero el concierto que escuchamos por enésima vez, el poema de Neruda que leemos por enésima vez es distinto: incluye todas las lecturas anteriores, el ánimo con que lo vivimos todas las veces anteriores. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Ese gusto por la reiteración no significa quedarse en el pasado, sino en un presente que resulta mucho más complejo, lleno de matices y que se disfruta de otro modo. Es algo de lo que se gana con la edad y que no puede tenerse de otro modo.

Cuando se es joven todo sucede por primera vez y es un descubrimiento; uno puede acertar o equivocarse, pero es inevitable vivir a tientas, decidir sobre la marcha y a ciegas. Cuando se es joven pueden tenerse grandes esperanzas, todas. Se viven muchas vidas. Sólo con la edad y mirando hacia atrás se va descubriendo a ése que uno es. Con la edad aprendemos que para vivir otra vida, más arriesgada, heroica, dispendiosa, más emocionante o más feliz, tendríamos que haber sido otros. Lo que pesa entonces, lo que se aprecia y se disfruta, lo que duele entonces es el pasado.

Toda la fuerza y el dolor de ser joven, dice Larkin, siguen intactos para otros, pero no es la juventud lo que se echa de menos, sino la ilusión de haber sido otro. No sabemos envejecer, no estamos preparados. Eso significa que no sabemos vivir. La fantasía de esas otras vidas posibles nos resulta indispensable y por eso nos parece trágico envejecer, caer en la cuenta de lo que somos. Doris Lessing lo ha descrito en una novela melancólica, inteligente, mesurada: El verano antes de la oscuridad. Kate es una mujer común y corriente, con un matrimonio ordenado y una familia razonablemente bien avenida; ha hecho todo lo que tiene que hacer y no lo ha hecho mal. No hay nada grave en su vida de lo que arrepentirse. Pero tiene cuarenta y cinco años y mirando hacia atrás, de pronto, tiene la sensación de que en dos décadas de matrimonio no son virtudes lo que ha adquirido, sino una forma de demencia. Descubre que debe ser un personaje odioso para los demás, porque ella misma se encuentra odiosa; siente que ha vivido traicionándose a sí misma, ofreciendo a todos –a su marido, a sus hijos- algo que a nadie interesó nunca.

Con un gesto de sonámbula, decide liberarse, recuperar esa otra vida que se quedó extraviada en alguna parte. Busca un trabajo, emprende un viaje disparatado con un amante idiota, que no le interesa en lo más mínimo, alquila un cuarto en Londres, y todo es dar vueltas en una ratonera. Encontrarse a cada paso consigo misma: un ama de casa odiosa, demente. No sabemos, no podemos envejecer porque no podemos reconocernos en la vida que nos hemos hecho y porque todo nos resulta absurdo si no está orientado a un futuro interminable, lleno de oportunidades; y eso es lo que no hay en la vejez.

La alegría del viejo Eloy, la pacífica ironía del emperador Adriano dicen que ellos saben algo más. Envejecer es sumar años, dolores, incapacidades; envejecer es empezar a repetirse y ver reducido el mundo, a nuestra medida; es vivir de nuevo las pasiones de antes, con una nueva violencia y un nuevo desapego. Envejecer es vivir de nuevo, pero esta vez a sabiendas, sin sorpresas. Es sólo cosa de tiempo; lo difícil es congraciarse con el mundo, con el cuerpo, con éste que somos, con las pasiones inútiles. Llegar acaso a compenetrarse del propósito final de Adriano: entrar en la muerte con los ojos abiertos.

Junichiro Tanizaki, Diary of a Mad Old Man, Nueva York: Vintage Books, 1991.

Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano, Buenos Aires: Sudamericana, 1999.

Italo Svevo, Senectud, Barcelona: Debate, 1993.

Doris Lessing, The Summer Before the Dark, Nueva York: Vintage Books, 1983.

Torgny Lindgren, Sweetness, Londres: The Harvill Press, 2000.

Miguel Delibes, La hoja roja, Barcelona: Argos Vergara, 1980.