Sobre la certeza

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Sobre la certeza se refiere a un tema de G. E. Moore: aquellas cosas que sabemos con tan absoluta certeza que ni siquiera somos capaces de decir por qué o cómo las sabemos: “sé que esta es mi mano”, “sé que nunca he estado en la luna”. Se trata, según Wittgestein, de cosas que no es posible fundamentar porque no es posible siquiera preguntar por su fundamento; no tendría sentido preguntar “¿cómo lo sabes?”.

Muy aproximadamente: esa certeza remite a una imagen del mundo que es el fundamento implícito de todo conocimiento posible.

Dos parágrafos:

  1. I believe what people transmit to me in a certain manner. In this way I believe geographical, chemical, historical facts, etc. That is how I learn the sciences. Of course learning is based on believing.

If you have learnt that Mont Blanc is 4000 meters high, if you have looked it upon the map, you say you know it.

And can it now be said: we accord credence in this way because it has proved to pay?

  1. A principal ground for Moore to assume that he never was on the moon is that no one ever was on the moon or could come there; and this we believe on grounds of what we learn.

 

¿Qué pasa si ese primerísimo fundamento es endeble o contradictorio? ¿Qué pasa si nunca se acaba de creer de esa manera? ¿Qué pasa si se puede dudar de lo que hay en los libros de historia o geografía o física? ¿Qué pasa si no llega a formarse esa imagen del mundo, como la llama Wittgenstein, que sirve de fundamento para todo pensamiento elaborado, para todo razonamiento?

Tengo la impresión de que algo de eso es lo que sucede con la educación en México. No es que se aprenda mejor o peor, no es que se asimilen mejor o peor los contenidos, sino que la escuela no llega a formar esa imagen del mundo absolutamente sólida e indudable. Y el resultado es un razonamiento defectuoso en su origen o, más bien, defectuoso en su naturaleza como razonamiento, porque en todo momento puede hundirse el sistema básico de creencias que debería servirle de apoyo.

El resultado no es una nación cartesiana porque la duda necesita la certeza. Sin un marco estable de referencia, sin algunas certezas indiscutibles, sin la seguridad absoluta con respecto a los criterios de prueba, con respecto a lo que cuenta o no cuenta como demostración, sin eso no hay duda, sino una pura, angustiosa divagación sin rumbo.

¿Cómo sucede algo así? No estoy seguro. Tengo la impresión de que contribuyen a ello muchas cosas. 1) Coexisten entre nosotros sistemas de creencias contradictorios, explicaciones del mundo a cuál más absurda: religiones, esoterismo, tradiciones populares, fantasías new age, en el mismo nivel y con la misma legitimidad que el sistema de la ciencia; 2) coexisten, y es grave, en los programas de radio y televisión, en las opiniones circulantes, en lo que se transmite como sabiduría común, en la publicidad engañosa de todos esos tinglados (o los de las “dietas milagro” o cualesquiera otras medicinas alternativas); 3) contribuye a agravar las cosas el hábito de la sospecha en la vida pública: las ideas más absurdas sobre el poder de los poderosos, sobre sus cónclaves y conspiraciones, sobre las artimañas de traidores y vendepatrias, resultan ser moneda de curso legal entre nosotros, y nada resulta absolutamente increíble porque sencillamente el sentido común dice que es increíble; 4) lo más grave, por supuesto, está en el origen, en que esas creencias absurdas y contradictorias, esas fantasías seudocientíficas, esos delirios conspiratoriales están también en la cabeza de los maestros.

Maestros que enseñan mal, pobremente, cosas que no entienden, mezcladas con fantasías, peregrinas ideas que pescaron en Carlos Cuauhtémoc Sánchez y que para ellos tienen más sentido que las explicaciones del libro de texto. Maestros a los que la regla de tres les parece tan sospechosa como la fortuna de Salinas Pliego, que piensan que lo que se dice en los libros de historia es “lo que se dice en esos libros” pero que ellos conocen la verdad –en su siniestra trama—porque lo han leído en Fuentes Mares o Bulnes o Francisco Martín Moreno, o porque se lo escucharon a alguien en la tele. Maestros que saben poco más que los padres de los niños, que tienen la misma confusión en la cabeza. Y luego el mundo de la publicidad, las medicinas milagrosas, las religiones do it yourself, la suspicacia permanente, los consultorios sentimentales y médicos y sicológicos de la radio…