The sound and the fury. Apunte sobre Samuel P. Huntington

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Fernando Escalante Gonzalbo (ed.) Otro sueño americano. En torno a Samuel P. Huntington, México: Paidós, 2004.

Este es el capítulo del libro que escribí yo (aquí con otro formato)

“The sound and the fury. Apunte sobre Samuel P. Huntington”

 

¿Quiénes somos? es un libro extraño, difícil de clasificar. Como otros de Samuel P. Huntington, está en una rara encrucijada entre la literatura de divulgación, la investigación académica y el panfleto. Es una obra voluminosa, con una exhibición aparatosa de fuentes, datos demográficos, encuestas, como para disuadir al gran público; no obstante, el texto está hecho de generalizaciones apresuradas, más o menos escandalosas, de las que pueden hacer un éxito de ventas[i]. En las primeras páginas, además, el profesor Huntington hace una confesión desconcertante: dice que su libro es producto de sus identidades “como patriota y académico”; dice que pretende hacer un análisis “desapegado y exhaustivo”, pero que cuenta con que pueda haber un sesgo “patriótico” en su exposición. Es imposible saber si el párrafo está ahí como una disculpa anticipada o como un recurso defensivo, para desechar las críticas de quienes no sean igualmente patriotas.

La verdad es que cuesta trabajo tratarlo como un texto académico. Incluso parece injusto hacerlo: el deseo de que los norteamericanos se conviertan al evangelismo y que adopten un patriotismo aislacionista son discutibles como tales deseos, pero no caben en un diálogo académico. Tampoco las fantasías identitarias, porque pasados ciertos límites de coherencia y verosimilitud son pura demagogia. No obstante, mirarlo como ejercicio retórico tiene su interés.

Hay innumerables libros, en todas partes, dedicados a desentrañar la identidad de la nación alemana, española, mexicana, la que sea, con mezcla de historia, especulación sicológica y poesía, buena o mala. Forman un género emparentado con la elegía. Casi todos revelan una misma ansiedad, un miedo muy elemental y casi primitivo, que se refiere a la naturaleza misma del vínculo social: son típicos de momentos de crisis, de los diferentes episodios en el proceso de modernización, cuando los modos de vida tradicionales se ven amenazados o están camino de desaparecer[ii]. En este caso, lo que angustia a Huntington es el complicado tránsito que se ha dado en llamar “mundialización” o “globalización”; escribe con la intención de contrarrestar el proceso, porque piensa que los norteamericanos “deberían renovar su compromiso con la cultura, las tradiciones y los valores anglo-protestantes” (p.21). Escribe como augur de la decadencia, para detenerla.

Un párrafo resume bien la preocupación básica del libro. Dice Huntington:

Si un millón de soldados mexicanos trataran cada año de invadir Estados Unidos y más de 150,000 de ellos lo lograran y se establecieran en territorio estadounidense, y el gobierno mexicano exigiera entonces que Estados Unidos reconociera la legalidad de dicha invasión, los estadounidenses se sentirían indignados y movilizarían todos los recursos necesarios para expulsar a los invasores y restablecer la integridad de sus fronteras. Sin embargo, todos los años se produce una invasión demográfica comparable, el propio presidente de México preconiza la legalización de la misma y los propios dirigentes políticos estadounidenses (al menos hasta el 11 de septiembre) pasan la cuestión por alto o aceptan incluso la eliminación de la frontera como un fin a largo plazo. (p.364)

 La analogía es reveladora precisamente por ser un disparate. Más todavía porque Huntington la adopta casi al pie de la letra, como una descripción realista del movimiento migratorio; en dos o tres ocasiones habla de la “reconquista” de los territorios que Estados Unidos ocupó después de las guerras de 1836 y 1847, y se detiene para explicar que los mexicanos, a diferencia de todos los demás inmigrantes, reivindican como propia una parte del territorio estadounidense. No ofrece ninguna evidencia seria para sostener la afirmación, porque no la hay, pero decirlo ayuda mucho para la tensión dramática. Lo repite varias veces: por sus características, la inmigración mexicana es una amenaza para la “seguridad societal”[iii]. Pero es una amenaza sobre todo porque los mexicanos no se “asimilan” a la sociedad norteamericana, porque mantienen su “identidad”, es decir: siguen siendo otros, potencialmente hostiles, un silencioso enemigo interior.

Asimilarse, según la idea de Huntington, significa identificarse con un país y con su cultura y rechazar la lealtad a otros países, valores y culturas. Asimilarse es tomar partido. Tiene que ser así porque en su idioma la “cultura” es una especie de uniforme que la gente se viste: está confeccionado de antemano, con sus características claras, permanentes, inconfundibles, está dispuesto siempre para ser usado, y vestirlo significa defender a un país. Dicho de otro modo: la cultura es la materia de la que está hecho el patriotismo. Hay quienes están uniformados de nacimiento y sencillamente “son” norteamericanos, con toda naturalidad; para los inmigrantes es más difícil: deben esforzarse por demostrar que en efecto “se identifican” con la cultura estadounidense. La ambigüedad recorre todo el texto: unos poseen la identidad norteamericana, otros se identifican con la cultura.

La amenaza que señala Huntington es tanto más peligrosa cuanto más difícil de ver. Se manifiesta en minucias, de las que suelen pasarse por alto, como el hecho de que los niños se llamen José y no Michael. Lo que está en juego es la esencia de los Estados Unidos. No la prosperidad, no el bienestar, no la influencia económica ni el poder militar sino la identidad; en sus términos, se trata de “seguir siendo nosotros” o “ser otros”. Ése es el miedo que se expresa en el título: ¿quiénes somos?

 

 Había una vez

El tema de la identidad cultural es muy antiguo. Se ha planteado dondequiera que dos sociedades han estado en contacto. Casi siempre implica la comparación de estereotipos más o menos injustos y despierta sentimientos de hostilidad, miedo, desprecio hacia los otros, que son diferentes en un sentido profundo y esencial[iv]. En los últimos veinte años se ha discutido en un plano diferente, mucho más abstracto. Cuando se habla de las identidades hoy en día se trata del derecho a la diferencia, el valor inconmensurable de las culturas, también de la discriminación y la autoestima. En términos muy generales se oponen dos ideas: hay quienes creen que es posible descubrir y justificar valores universales, hay quienes creen que cada cultura es única, incomparable, y que debe desarrollarse a su manera; unos suponen que las identidades son construcciones artificiales, contingentes, los otros piensan que son algo sustantivo[v]. Las ideas más interesantes se ubican en algún punto intermedio, desde luego, pero la polaridad organiza el debate y es muy real; quiero decir: hay partidarios intransigentes de una cosa y la otra.

El libro de Huntington participa en esa discusión y se sitúa explícitamente en el polo “identitario”. No es muy claro ni en sus definiciones ni en su argumentación teórica: hace un repaso muy apresurado de algunas ideas, dice que hay muchas “fuentes de identidad” y muchas identidades posibles, dice que las identidades son construidas y que son producto de la interacción, pero deja de lado todas esas complicaciones cuando se trata de la identidad norteamericana[vi]; después de un breve rodeo da por resuelto el problema, supone que esa identidad, la de los patriotas estadounidenses, es una cosa sólida y obvia, indiscutible[vii]. Bien mirado, tampoco podía hacer otra cosa. No podía complicarse con matices porque necesitaba postular la existencia de una identidad nacional de los Estados Unidos, derivada de una cultura anglo-protestante, que coincidiera con las fronteras del Estado norteamericano. Por eso tiene que detenerse precisamente donde la antropología del último medio siglo comenzaría a hacer preguntas[viii].

Su definición de cultura es reveladora. En sus palabras, la expresión “hace referencia a la lengua, las creencias religiosas y los valores sociales y políticos de un pueblo, así como a sus concepciones de lo que está bien y lo que está mal, de lo apropiado y lo inapropiado, y a las instituciones objetivas y pautas de comportamiento que reflejan esos elementos subjetivos” (p.55). No se entiende en qué sentido la lengua, las creencias religiosas y los valores puedan ser algo “subjetivo”, pero habrá que dejar eso de lado (supongo que es una transposición impensada de la antítesis entre lo “espiritual” y lo “material”, gracias a la cual lo que no puede verse, como las creencias y los valores, lo espiritual, viene a ser “subjetivo”, que es lo espiritual pero suena más científico)[ix]. Lo importante es que la definición reifica la cultura, hace de ella un conjunto de hechos y cosas que existen en un campo separado, de donde descienden para animar instituciones y prácticas. Con ello se puede identificar “la cultura” y se puede comparar, como conjunto, con “otras culturas”: es una cosa que se compara con otras cosas equiparables[x].

El recurso es indispensable para su argumento general, porque necesita suponer una identidad cierta e inconfundible: de otro modo, no habría nada que proteger. Y necesita que corresponda a un grupo de gente en particular. La ingenua mención del “pueblo” como portador o propietario de la cultura resulta transparente. Para poder hablar de la cultura y la identidad de los Estados Unidos Huntington necesita un sujeto colectivo relativamente estable e impreciso, idéntico a través de los siglos, en el que pueda verse una encarnación de la cultura, y necesita una cultura fija, objetiva, general. Necesita que la cultura sea un hecho, un “hecho espiritual” además, ajeno a todas las contingencias de la política y la estructura social. Resuelto el problema puede hablarse ya con entera libertad de la cultura estadounidense: puede definirse, explicarse, puede especularse sobre su historia sin que haya ninguna dificultad. El sentido común patriótico pone lo que haga falta para salvar la coherencia del texto.

Tal como se lo plantea Huntington, el problema de la identidad es explícitamente el de la “esencia” del pueblo norteamericano: un sujeto transhistórico, que definió su carácter por la adopción de una serie de valores hace trescientos años y que sigue siendo el mismo en la medida en que conserva su cultura. Estados Unidos “es una sociedad creada por los colonos de los siglos XVII y XVIII, que eran casi exclusivamente blancos, británicos y protestantes” (p.61); ese primer momento es una auténtica “creación”: los colonos, como una masa homogénea, fabrican una cultura igualmente homogénea que constituye la esencia del pueblo de ahí en adelante. “La cultura central de Estados Unidos ha sido y es básicamente todavía en el momento actual la cultura de los colonos de los siglos XVII y XVIII” (p.64).

Algo tan definitivo como la “esencia” no puede estar sometido al azar, no es contingente: no forma parte de la historia. Por eso omite Huntington, en su caracterización de los Estados Unidos, cualquier rasgo de estructura social: no habla de las formas económicas ni del sistema jurídico o las oposiciones de clase, no habla del régimen de propiedad ni de los arreglos constitucionales ni de las prácticas políticas[xi]. La identidad y la cultura son idealidades, que pertenecen a un campo puramente “espiritual”. Pero la esencia tampoco admite grados ni variaciones. Es única y uniforme porque es inalterable. Así se explica la amenaza de la invasión mexicana. Pone en riesgo la unidad y la pureza de esa entidad multisecular: “La Norteamérica bifurcada entre dos idiomas y dos culturas será fundamentalmente diferente de la Norteamérica de una sola lengua y una sola cultura anglo-protestante” (p.371).

Dos rasgos más llaman la atención en su idea de la identidad de los Estados Unidos. Lo primero es que esa esencia cultural determina todo lo demás. Es el auténtico motor de la historia. Menciona por ejemplo algunos detalles del mercado laboral estadounidense: el número de horas que se trabaja, los niveles de empleo, la legislación laboral, pero sólo para demostrar que los norteamericanos “son más trabajadores” que los europeos. Y eso como cosa general, de identidad: “La ética del trabajo es un rasgo central de la cultura protestante y, desde un principio, la religión de Estados Unidos ha sido la religión del trabajo” (p.97). A partir de ahí puede explicarse casi todo, hasta la política y la legislación de los últimos años, sin entrar en detalles como la estructura productiva, los modelos económicos o la organización del mercado internacional: “La tendencia en los Estados Unidos de los noventa a reducir y, en la medida de lo posible, eliminar los programas de asistencia social tenía su origen en la creencia en el valor moral del trabajo” (p.100).

También resulta curiosa la selección que hace de los “valores esenciales” de los Estados Unidos. No sólo son todos positivos, sino que corresponden a una sensibilidad muy contemporánea. Los “elementos nucleares” de la cultura original de los Estados Unidos

incluyen la religión cristiana, los valores y el moralismo protestantes, una ética del trabajo, la lengua inglesa, las tradiciones británicas en materia de ley, justicia y limitación del poder gubernamental, y un legado artístico, literario, filosófico y musical europeo. A partir de esa cultura, los primeros colonos formularon el Credo norteamericano, con sus principios de libertad, igualdad, individualismo, derechos humanos, gobierno representativo y propiedad privada. (p. 64-65)

Otros “valores” e instituciones de aquella sociedad de hace dos siglos, como la esclavitud y el racismo, el antiintelectualismo, el culto de la fuerza, la intolerancia, el machismo, ni siquiera se mencionan. Carecen de importancia, no pertenecen a la esencia del pueblo norteamericano[xii]. La idealización manifiesta de manera bastante obvia la intención patriótica del ensayo; el anacronismo es igualmente revelador: Huntington quiere una “identidad” que pueda recuperarse hoy. Para eso necesita imaginarla a partir de la sensibilidad actual. Pero necesita también imaginarla en un pasado remoto para darle un carácter “esencial” y para subrayar el contraste entre la pasada pureza y la decadencia de los tiempos recientes.

 

Panorama de la decadencia

La retórica de la decadencia es muy conocida. Tiene sus modelos clásicos, de Salustio en adelante, y una serie de tópicos bastante limitada. En la antigüedad se pensaba en términos de degeneración moral; modernamente se ha añadido el problema de la autenticidad: no es sólo la desaparición del patriotismo lo que se lamenta, sino el abandono de las tradiciones, lo que hace que un alemán sea alemán y un polaco, polaco. Es consecuencia de la difusión de las ideas ilustradas y de la expansión del capitalismo[xiii]. Pero la retórica no ha cambiado gran cosa. Lo más frecuente es que se culpe a las elites, que han perdido energía moral, que por egoísmo, por descuido, por avaricia, contribuyen al lento progreso de un enemigo interno, capaz de disolver a la sociedad. La idea no tiene ningún misterio: se supone que el pueblo es virtuoso casi por definición, íntegro, con toda naturalidad es alemán o polaco o estadounidense y vive apegado a sus tradiciones, con devota y alegre lealtad. El pueblo ama su tierra. Las elites, en cambio, se dejan llevar por las modas, adoptan ideas y costumbres extrañas y en su desprecio del pueblo terminan por despreciar también a su patria. Son una fauna parásita, que corrompe a la sociedad y que puede abrir paso a los bárbaros, los judíos, los mexicanos[xiv].

En otro tiempo se solía mezclar la moral con la biología: la decadencia era literalmente un problema fisiológico. Hoy difícilmente se llega a tanto. En la actualidad lo que más preocupa es la lógica de la mundialización, la generalización de los mecanismos impersonales de la burocracia y el mercado, la facilidad con que se mueven enormes grupos de gente de un país a otro. Lo interesante es que frente a eso se recurre a la vieja retórica de la decadencia: la traición de las elites, la desmoralización del pueblo, el progreso sigiloso del enemigo interior[xv]. Punto por punto, ésa es la estructura que adopta el argumento de Samuel Huntington.

Después de haber fabricado la imagen de ese pasado ideal que constituye la verdadera esencia del pueblo norteamericano, arremete directamente contra las elites que poseen “títulos, poder y vil metal” pero que carecen de “alma” porque ya no tienen “lazos” con la nación. Lo que ve es un problema moral, que se refiere a la (mala) voluntad de personas concretas. Los valores están siempre ahí, la esencia permanece, inmodificable, el pueblo es el mismo: la amenaza proviene de las elites que se separan, se alejan, literalmente traicionan al pueblo. “Se está abriendo una brecha en Estados Unidos entre las almas muertas o agonizantes que hay en sus elites y la población que da ‘gracias a Dios por la existencia de Estados Unidos’” (p.307).

Los enemigos son poderosos. Los que desatan el proceso de decadencia son los más influyentes. Insisto: como cosa personal. Entre ellos están los funcionarios del gobierno, escondidos en sus despachos de Washington, y también ricos, por supuesto, que son el blanco predilecto de toda retórica populista[xvi]. En el texto de Huntington son una “superclase global emergente” que tiene “escasa necesidad de lealtad nacional” (p.310) y que considera que las fronteras son un obstáculo y los gobiernos un arcaísmo; son quienes dirigen las nuevas empresas multinacionales que “reclutan a su mano de obra y a sus ejecutivos (incluidos los de máximo nivel) sin fijarse en su nacionalidad”, que se muestran renuentes a cooperar con la CIA porque “consideran que sus intereses están separados de los intereses de los Estados Unidos” (p.309).

Es difícil que alguien se tome en serio la idea, fuera de los Estados Unidos. Lo más desconcertante, sin embargo, es que ese proceso económico es en buena medida promovido por el gobierno estadounidense y tiene su principal apoyo en las ideas de libertad individual y propiedad privada que, según Huntington, pertenecen a la esencia de la cultura norteamericana. Más vale pasarlo por alto. Si hubiese que evitar contradicciones así, no se podría escribir un libro como éste.

No obstante, la mayor amenaza son los intelectuales. Concretamente, los “intelectuales progresistas” en los que predominan las “actitudes antipatrióticas” (p.314). La idea no es nueva: todos los populismos tienen ese acento antiintelectual; ha sido moneda corriente además en el discurso político norteamericano, de los know-nothings al macartismo, pasando por el “miedo rojo”, las campañas antisemitas del Padre Coughlin o la resistencia a las políticas reformistas de principios del siglo veinte[xvii]. En el alegato de Huntington la “traición” de los intelectuales consiste en que “abandonan todo compromiso con su nación y sus conciudadanos, y sostienen la superioridad moral de identificarse con la humanidad en su conjunto” (p.312). A cualquiera se le ocurriría decir que eso han hecho con frecuencia los intelectuales y pensadores de todas partes, de Voltaire a Kant, Marx, Alain, Zola o Russell, e incluso se podría decir que en eso consiste precisamente la tarea del intelectual; más todavía: es uno de los rasgos más característicos y singulares de la tradición cultural europea, que Huntington pretende defender. Llegados a este punto, no tiene sentido decir casi nada.

Entre las enormidades de las que acusa Huntington a los intelectuales estadounidenses está el defender “la supremacía del derecho internacional sobre el nacional” o la autoridad de la comunidad internacional para “impedir o detener violaciones flagrantes de los derechos de los ciudadanos por parte de sus gobiernos” (p.313), o incluso la idea de que “Estados Unidos debería apoyar la creación de instancias como el Tribunal Penal Internacional y someterse a sus decisiones, así como a las del Tribunal Internacional de Justicia, la Asamblea General de la ONU y otros órganos comparables” (p314). No es lo más grave[xviii]. Todo eso amenaza según Huntington al gobierno norteamericano, pero los intelectuales también intentan destruir directamente la “identidad norteamericana”: ésa es la raíz del problema, el origen de la decadencia.

Hay un veneno ideológico que puede señalarse sin duda ninguna: el “multiculturalismo”, que es “en esencia, civilización antieuropea”, no otra cosa sino una “ideología antioccidental” (p.204). Si se tratara de discutir ideas con un mínimo de seriedad habría que decir que la categoría es tan amplia que resulta inútil, es sólo un espantajo confeccionado a la medida de las razones de Huntington. Pero no se trata de eso. Incluso aceptando la vaguedad de su definición, lo más interesante de lo que se llama “multiculturalismo” sería la mezcla de las ideas ilustradas y románticas, del iusnaturalismo y el historicismo, europeo todo ello, herencia problemática de Kant y Rousseau, Ranke, Condorcet y Burke[xix]. No está en ello el profesor Huntington, y se entiende, porque podría terminar descubriendo que su emocionado patriotismo identitario tiene precisamente las mismas fuentes y se apoya en las mismas razones; la idea de que haya una esencia –étnica, religiosa y lingüística- del pueblo norteamericano corresponde de hecho a un multiculturalismo radical.

Ahora bien: el poder no es de las ideas. Detrás de la moda intelectual de las identidades hay una auténtica conspiración para destruir la cultura norteamericana, obra de lo que Huntington llama la “coalición deconstruccionista”. La descripción merece leerse entera:

A partir de las décadas de 1960 y 1970 [los dirigentes políticos de los Estados Unidos] empezaron a promover medidas deliberadamente destinadas a debilitar la identidad cultural y credal de América y a fortalecer las identidades raciales, étnicas, culturales y subnacionales en general. Tales iniciativas, procedentes de los dirigentes de una nación y encaminadas a deconstruir la nación que ellos mismos gobernaban, carecían, muy posiblemente, de precedente alguno en la historia de la humanidad.

Una proporción considerable de la elite académica, mediática, empresarial y profesional de Estados Unidos se unió a la elite gubernamental en tal empresa. Pero la coalición deconstruccionista no incluía a la mayoría de los estadounidenses. (p.173)

 Se trata de las políticas de “acción afirmativa”, la educación bilingüe, la discusión del canon escolar. Algo propiamente épico: “fueron todas ellas auténticas batallas de una única guerra en la que estaba en juego la naturaleza de la identidad nacional norteamericana” (p.172).

El panorama de la decadencia se completa con la invasión mexicana. Es la parte más atropellada y arbitraria del libro, que se nota escrita con ansiedad y hasta con miedo; es una descripción polémica de la migración que mezcla datos de los censos de población, encuestas, opiniones de líderes políticos, anécdotas y fantasías. Dice algunas cosas obvias: que la migración mexicana es muy grande, que sigue creciendo, que tiende a concentrarse en algunas regiones, que en su mayoría es católica y habla español. El tema básico es la “asimilación”, que a veces se define por algún rasgo objetivo: escolaridad o dominio del inglés, pero casi siempre está reducida a un problema subjetivo de “identificación”; el argumento entero se resume en una pregunta retórica: “¿quieren convertirse de verdad en norteamericanos?” (p.226). La respuesta es que no. No quieren convertirse o no de verdad[xx].

Es curioso: son cien páginas dedicadas a la migración y no se dice nada de la estructura del mercado laboral, de la ubicación geográfica de la oferta de empleo ni de las empresas que ocupan a los inmigrantes, nada de los salarios, de los cambios en la legislación y la policía migratoria, casi nada de las proporciones de migración temporal y definitiva o los perfiles de edad y género y los vínculos familiares de los inmigrantes, es decir, nada de lo que cualquiera necesita para entender un fenómeno migratorio[xxi]. En otra parte incluye un surtido de estadísticas sobre niveles de ingreso de los inmigrantes, pero es sólo para demostrar que no tienen el ánimo o la disposición para “triunfar”. Lo que preocupa a Huntington, con exclusión de todo lo demás, es la identidad cultural.

Ése es el verdadero motivo del libro. El resto son rodeos y recursos de racionalización. Por ejemplo: define la “cultura” como una cosa espiritual, que no tiene nada que ver con las formas económicas, ni con la estructura de clases ni con los patrones de consumo ni con las prácticas políticas, porque de otro modo se vería obligado a concluir que los inmigrantes participan de la cultura norteamericana como cualquiera. Desde una posición particular: como inmigrantes[xxii]. Por ejemplo: quiere que la identidad dependa de una pura voluntad subjetiva de “identificación” porque eso le permite decir que los mexicanos no quieren asimilarse, sin necesidad de hablar sobre la estructura económica o política de la sociedad norteamericana actual. Es notable. Para comparar la migración actual con otras del pasado enumera los factores de asimilación (p.220): todos ellos se refieren a las características de los inmigrantes –su nacionalidad de origen, su deseo de identificación- pero en ningún momento se sugiere que pueda haber habido cambios en la sociedad norteamericana, cambios productivos, jurídicos o culturales que expliquen modos diferentes de asimilar la migración. Ni hablar de que la discriminación pueda ser un obstáculo para las oportunidades de empleo, los ingresos o incluso la posibilidad de que los inmigrantes de “identifiquen” con los estadounidenses.

Como consecuencia, lo que queda es una masa de millones de hispanos o latinos o mexicanos –tanto da, en el libro son términos casi intercambiables- que están empeñados en perpetuar la cultura que “trajeron consigo” y que son por eso un cuerpo extraño, alojado en el interior de la sociedad estadounidense: una amenaza para su identidad. Con un riesgo que aumenta por la corrupción de las elites.

 

La autoridad de la ciencia

El argumento general del ensayo es improbable, incluso fantasioso. Pero se presenta con un aspecto científico imponente, con gran cantidad de citas, nombres de autores, cuadros y cálculos estadísticos. Si se mira un poco, todo ese aparato académico resulta hueco: es un cascarón puesto para adornar el libro y revestirlo con la autoridad de la ciencia, pero la maniobra es tan desarreglada que no se entiende.

El uso que hace el profesor Huntington de la noción de “raza” es ejemplar. En dos párrafos explica, no hay más remedio, que las clasificaciones raciales son un producto social. Pero afirma con toda naturalidad que las razas son “realidades físicas”, hechos “biológicos”, con independencia del significado que se les atribuya (p.348). De ahí en adelante usa el concepto de raza como si fuese algo obvio. No propone ninguna definición, salvo la vaguedad de que hay diferencias en el color de la piel, el cabello y los rasgos faciales, y el hecho de que el gobierno norteamericano emplea esas categorías; en cuanto a la clasificación, distingue blancos, negros, asiáticos e hispanos. Lo que le interesa es decir que las “diferencias socioeconómicas entre razas probablemente persistirán mientras existan razas” (p.350), aunque Estados Unidos podría llegar a ser una sociedad “multirracial” porque “los matrimonios mixtos están desdibujando, en pequeña pero creciente medida, las líneas divisorias entre razas” (p.350).

Es decir: con un mínimo reparo, supone que las razas existen. Pueden desaparecer a base de matrimonios “mixtos”, pero de momento no es así. Son eso, un hecho biológico. “En el mundo moderno, los blancos han estado casi siempre en mejor situación que las demás razas y los asiáticos y orientales han gozado por lo general de una mejor situación que la de los pueblos de piel más oscura o negra” (p.350). Le hace falta sostenerlo porque necesita que la cultura norteamericana sea, en su esencia, una “cultura blanca”. La demostración es espectacular. Explica que los fundadores de los Estados Unidos suponían que los negros no eran iguales a los blancos, ni siquiera enteramente humanos, y no los consideraban miembros de la misma sociedad; de ahí saca su conclusión: “A efectos prácticos, Estados Unidos fue una sociedad blanca hasta mediados del siglo XX.” (p.81) Incluso le pone números, para subrayar la uniformidad anglosajona del hecho:

En 1790, la población total de Estados Unidos, excluyendo a los indios, era de 3.929.000 habitantes, de los cuales 698.000 eran esclavos y no estaban considerados por los demás como parte de la sociedad norteamericana. La población blanca era, étnicamente hablando, inglesa en un 60%, británica en un 80% (el resto eran sobre todo alemanes y holandeses) y protestante en un 98%. Excluyendo a los negros, Estados Unidos era una sociedad sumamente homogénea en términos de raza, origen nacional y religión. (p.68)

 Es indudable: si se excluye a los negros y a los indios, se puede decir que la sociedad era blanca. Lo malo es que ninguna definición de cultura admitiría ese disparate.

Con la religión sucede algo similar. Quiere que haya una “identidad cristiana” de los Estados Unidos (p.126) y en particular una identidad protestante, como cosa sustantiva: Estados Unidos, dice, es “uno de los países más religiosos del mundo”, donde “el legado de sus orígenes reformistas protestantes se mantenía vivo y firme al acabar el siglo XX” (p.118); lo repite varias veces: “Estados Unidos fue creado como una sociedad protestante” (p.88) y “el legado puritano se convirtió en la esencia norteamericana” (p.91). Dada la enorme importancia que le confiere, llama la atención que no diga prácticamente nada sobre el contenido concreto de esa religiosidad: ni de su doctrina ni de sus rituales o su idea del mundo; escribe como si la religión fuese un hecho simple, unívoco y definitivo, como si fuesen una misma cosa el protestantismo de hace trescientos años y el de hoy, como si tuviera el mismo significado la religiosidad del siglo XVIII y la del siglo XX[xxiii].

La “religión cristiana” se mantiene inalterable como parte de la esencia de los Estados Unidos, con la misma vigencia y el mismo sentido de siempre. Ahora bien: eso le plantea el problema del catolicismo, porque son católicos muchos de los que cuenta como estadounidenses. Lo resuelve con toda facilidad. Se ha producido una “americanización del catolicismo”: a los católicos, dice, “no les gusta que se hable de la ‘protestantización’ de su religión”, pero eso es lo que ha ocurrido (p.123), ha habido una “desromanización” de la iglesia en la medida en que los fieles se ven a sí mismos “cada vez menos como católicos apostólicos romanos y más como católicos americanos” (p.122.). No incluye ni una somera revisión del dogma, ni siquiera menciona las diferencias teológicas[xxiv]. Para demostrar su afirmación no aduce un cambio de doctrina, no se refiere ni a la pastoral ni tampoco a la forma del rito: se limita a señalar que las actitudes y comportamientos de los católicos norteamericanos se parecen a los de los protestantes (p.123) y transcribe dos párrafos muy nacionalistas de jerarcas católicos[xxv].

Es un detalle que tiene gracia. Encuentra asombroso que en Estados Unidos se hayan asimilado la religión católica y el nacionalismo, le parece que es un hecho de lo más elocuente. Dice: “Una de las dimensiones más sorprendentes de la protestantización fue el modo y la medida en que los prelados católicos reconciliaron el universalismo católico con el nacionalismo estadounidense” (p.124). Se diría que no sabe que la iglesia católica ha tratado de aprovechar el nacionalismo en todas partes, se diría que no sabe que Francia es la hija mayor de la iglesia y Polonia, siempre fiel, es su hija más querida, lo mismo que México, se diría que no se ha enterado de la mezcla de nacionalismo y religión en Polonia, Irlanda y hasta en el País Vasco.

En resumen: admite que los católicos estadounidenses sean estadounidenses, porque en realidad no son católicos. Son protestantes aunque no se hayan dado cuenta. No es lo mismo con los inmigrantes mexicanos, en su caso hace falta que efectivamente se conviertan: “Una de las muestras más significativas de asimilación de los inmigrantes hispanos es, sin lugar a dudas, la conversión de los inmigrantes hispanos al protestantismo evangélico” (p.281). Personalmente, no entiendo por qué no habría lugar a dudas y en el texto no hay ninguna explicación. Cuesta trabajo pensar que la gente se convierta al evangelismo por motivos patrióticos o que la conversión tenga efectos así de indudables sobre el ánimo patriótico; no sé si Huntington está pensando en un fenómeno de imitación o en alguna forma más profunda de unidad mística. Como otras muchas, la afirmación depende del conjunto del argumento, sólo es verosímil si hay una esencia protestante de los Estados Unidos con la que hay que identificarse para ser de verdad norteamericano.

La descripción de la amenaza mexicana resulta ser la parte más desconcertante del libro por el embrollo de datos de su demostración; está plagada de cuadros estadísticos y porcentajes de cosas pero es imposible leerla con algún orden porque nunca ofrece cifras comparables de nada. Huntington está muy orgulloso de sus números: ha dicho en una polémica reciente que nadie puede discutir la exactitud de los datos que presenta. Bien. Hay que suponer que los ha transcrito correctamente. Lo que pasa es que emplea indistintamente, en una sucesión atropellada, datos de los censos de población, encuestas de varios trabajos académicos de distintos años, referidos a grupos y regiones distintas, sondeos de opinión del New York Times, de modo que es imposible comparar unos números con otros: no están las estadísticas completas de nada, sólo los datos que él ha entresacado para apoyar sus conjeturas. Hay encuestas nacionales y locales, unas de California, otras de Florida o Arizona, de los años ochenta o del 2000, las hay aplicadas a ciudadanos, otras a hispanohablantes, otras a inmigrantes, a mexicanos.

El resultado es un cuadro impresionista, de perfiles bastante borrosos, que adquiere sentido sólo si uno acepta de antemano las conjeturas con que está organizado el material; es como un pintor que dijera: esta mancha es una mujer y ésta es un perro, esto que parece un pajarito es una casa. Huntington quiere demostrar que la población de origen mexicano “se asimila muy lentamente”, lo que en su lenguaje significa que no se parecen a los demás norteamericanos y que no se identifican con ellos. Los rasgos que señala como característicos del fenómeno son bastante obvios: los mexicanos provienen de un país vecino, son muchos y siguen llegando, tienden a concentrarse en algunas regiones y muchos ingresan ilegalmente (p.260ss). Hasta ahí, todo es bastante trivial. La migración también se caracteriza –no se dice en el libro, pero es igualmente obvio- por la ubicación y la clase de empleos que se le ofrecen, por sus redes familiares, por la estructura productiva de los Estados Unidos, por la legislación migratoria, fiscal y de seguridad social, por las pautas de discriminación que encuentra, por la dinámica del mercado y por las formas de representación y las prácticas políticas.

El embrollo aparece cuando trata de demostrar la lentitud de la asimilación, porque necesita que sea un fenómeno específicamente mexicano. Habla primero de la educación y dice que los inmigrantes llegan con muy poca educación formal y que la segunda y tercera generación, aunque duplican sus años de estudio, no alcanzan a tener la escolaridad promedio de los ciudadanos norteamericanos (p.269ss). A continuación se fija en su ocupación y sus ingresos: dice que la proporción de empresarios entre ellos es menor a la de otros grupos, que hay muchos que reciben ayudas sociales y que en propiedad e ingresos están por debajo del resto de la sociedad (p.274ss). Incluye también datos confusos sobre el aprendizaje del inglés y el porcentaje de “matrimonios mixtos”, es decir, con personas “de otros grupos”, pero no saca nada en limpio.

Está hecha la primera parte de la demostración: los inmigrantes mexicanos no se parecen a los estadounidenses, o al menos tardan mucho en parecerse a ellos. Huntington quiere ver en esos datos una especie de perfil cultural, algo que es propio de los mexicanos (descontando algunas taras sicológicas o morales: “Pocos de los inmigrantes mexicanos han tenido éxito económico en México, de lo que se deduce que sólo un número reducido de ellos tiene probabilidades de triunfar económicamente en los Estados Unidos” (p.276). El subrayado es mío.) Maticemos un poco. Con todo lo desorganizadas que están, sus estadísticas parecen decir que está mirando a un grupo de población que es pobre, en una economía de movilidad relativamente baja. Nada más. Revelan que los pobres no se parecen a los ricos ni a las clases medias en escolaridad, ocupación e ingresos: cosa muy natural[xxvi]. El hecho de que sean además inmigrantes, que muchos carezcan de derechos de ciudadanía y que haya discriminación son otros tantos factores para explicar la pobreza, pero todo ello remite en primer lugar a las características de la sociedad y la economía norteamericanas y a las condiciones en que recibe actualmente la migración, no a la “identidad cultural”.

Algo interesante de notar: la ilegalidad es uno de los rasgos de la migración mexicana, por supuesto. Pero es absurdo pensarla como atributo de la población inmigrante, porque no es una elección. Cualquiera preferiría sin duda una residencia legal. Es decir: el fenómeno de la ilegalidad remite a la legislación, la estructura económica y las actitudes de la sociedad norteamericana, no de los migrantes. Son norteamericanos quienes encuentran rentable contratar a trabajadores indocumentados, por ejemplo. Son norteamericanos de los de Huntington quienes hacen la ley y la trampa y se han habituado a vivir con ello. El hecho no es de poca monta. Y no es lo de menos que nos resulte perfectamente habitual hablar de trabajadores ilegales, sin hablar de empresas ilegales y clases medias ilegales, siendo que todos incumplen la ley por igual.

De todas formas, todo eso le trae sin cuidado a Huntington. No puede ver a la sociedad norteamericana porque está obsesionado con los mexicanos y su dificultad para asimilarse. Su idea es simple: “El criterio definitivo de asimilación es el grado en que los inmigrantes se identifican con Estados Unidos como país, creen en su credo, propugnan su cultura y rechazan en la misma medida la lealtad a otros países y a sus valores y culturas” (p.281). Lo dicho: asimilarse es tomar partido y vestirse el uniforme[xxvii]. Es un hecho subjetivo, que se refiere a esa idealidad que es la “cultura”. Presenta estadísticas de un estudio sobre hijos de inmigrantes en California y Florida, donde ninguno de los niños nacidos en México dijo ser “estadounidense”, un tercio se identificó como “mexicano” y casi la mitad dijeron ser “hispanos” (p. 282). Es verdaderamente divertido. Para empezar, no sabemos si los niños eran ciudadanos de Estados Unidos: es posible que no se dijeran estadounidenses porque no lo eran. Pero, además, cualquiera podría haberle dicho al profesor Huntington que nadie en México se identifica a sí mismo como “hispano”; es una categoría que se emplea exclusivamente en Estados Unidos, es decir, lo que su estadística manifiesta es que esos niños participan de la cultura norteamericana y construyen su sentido de identidad a partir de ella. Se llaman “hispanos” porque así son clasificados por su entorno.

El mismo despiste aparece cuando expone su evidencia anecdótica. Dice que los mexicano-americanos reivindican cada vez con más energía “su pasado hispano y mexicano” y lo festejan: “como ocurrió durante las ceremonias y festividades que tuvieron lugar en 1998 en Madrid (Nuevo México), a las que acudió el vicepresidente de España” para conmemorar la fundación del primer asentamiento europeo en el Suroeste. Si tuviese la más remota idea de lo que es el nacionalismo mexicano sabría que una celebración así, con representantes de España en lugar de indígenas, no es en absoluto mexicana; indica de hecho lo contrario de lo que él imagina, la elaboración de otras referencias y otras tradiciones[xxviii].

En ocasiones no tiene ni siquiera un sondeo de opinión para apoyarse, pero hace sus afirmaciones con la misma seguridad, apenas aludiendo a la opinión de “algunos académicos” o líderes políticos. Sucede con la fantasía de que los mexicanos pretenden “reconquistar” el sur de Estados Unidos, cuya idea se sostiene apenas con un par de frases de políticos estadounidenses[xxix]; dos o tres líneas más abajo eso es ya lo que piensan “los mexicanos” y “los mexicano-americanos” (p.268, 286).

Por supuesto: cuando llega a ese extremo ya no hay ni la sombra de un tono académico. No obstante, esa clase de anécdotas y arranques retóricos tienen su importancia en el libro porque ayudan a crear la tensión dramática y justifican de hecho el marco de interpretación de las cifras. Hay un ejemplo que llama la atención porque se repite un par de veces, como condensación gráfica de todo el argumento; lo cito tal cual:

En 1998, en un partido de fútbol entre México y Estados Unidos celebrado en Los Angeles, los mexicano-americanos abuchearon el himno nacional norteamericano, agredieron a los jugadores estadounidenses y atacaron a un espectador que hacía ondear una bandera norteamericana. La limitada evidencia cuantitativa disponible sugiere que estas muestras de rechazo categórico de lo estadounidense y de afirmación de la identidad mexicana no se limitan a una minoría extremista de la comunidad mexicano-americana. (p.283)

No podemos saber, tampoco Huntington, quiénes formaban ese público; se puede suponer que habría ciudadanos norteamericanos, inmigrantes legales e ilegales y también turistas mexicanos, que fueran a ver el partido. Tampoco es posible saber el significado de los aplausos y abucheos[xxx]. Seguramente en esa competencia, precisamente por ser una competencia deportiva y de fútbol, habría toda clase de significados superpuestos en el enfrentamiento. Lo triste del libro de Huntington es que ni siquiera se pregunta por eso. Tiene una idea verdaderamente infantil de la identidad, la cultura y el patriotismo, que se reduce a los uniformes y las banderas; por eso lo único que puede ver es un “rechazo categórico de lo estadounidense”. Lo mismo que sus colegas multiculturales, imagino, los demagogos de “la raza” y el retorno a Aztlán, que también quieren utilizar al público del estadio para sus propios fines.

 

¡Más banderas!

De manera absolutamente previsible, el ensayo de Huntington concluye con una arenga nacionalista. Dice que en nuestro tiempo hace falta definirse en términos de cultura y religión y que el pueblo norteamericano, contra las veleidades de las elites, se siente comprometido con dios y con su nación y quiere fortalecer la identidad de los Estados Unidos “que lleva ya siglos existiendo”[xxxi]. Ha fabricado su fetiche y le rinde culto con un entusiasmo que es casi conmovedor. Eso no tiene nada que ver con el trabajo académico, pero es lo de menos. Los defectos del libro no son consecuencia de su patriotismo, sino de su ignorancia. Lo malo no es que sea un devoto evangelista, partidario del aislacionismo, convencido de la superioridad de los valores norteamericanos, sino que pretenda que hay una base científica de todo ello. Lo malo no es que sea un creyente, sino un académico chapucero.

Dice Huntington en su prólogo que se ha esforzado por escribir con ánimo desapegado, tomando en cuenta la evidencia empírica. Será así. No hay motivos para dudar de su intención. Eso significa que de verdad piensa que hay una esencia de las sociedades, que se expresa en un conjunto de ideas y valores ajenos a la historia; de verdad piensa que esos valores se manifiestan en el pueblo y permiten explicar los procesos sociales; no puede darse cuenta de que su evidencia no es evidencia de nada.

En defensa de sus estereotipos de la cultura mexicana ha dicho que hay ideas parecidas en escritos de los mexicanos Armando Cíntora, Andrés Rosenthal y Carlos Fuentes. El argumento no es para despreciarse. Significa que piensa, de buena fe, que la nacionalidad sirve como criterio de verdad. Es un multiculturalista consecuente, radical, convencido de que para evaluar un argumento basta con conocer la identidad nacional del autor[xxxii]; por eso define así, desde un principio, su trinchera: escribe como patriota y académico porque los demás hacen lo mismo y el hecho no tiene vuelta de hoja. Cada quien habla en el lenguaje de su tribu y si no es un traidor habla para defenderla. Podríamos habernos ahorrado las quinientas páginas, bastaría una frase: ¡Más banderas!

 

 

[i] Las citas y referencias del libro de Huntington corresponden a la edición en castellano: Samuel P. Huntington, ¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense, Barcelona: Paidós, 2004.

[ii] Esa interrogación por los “orígenes” y la “esencia” de los pueblos es común en Occidente desde el siglo dieciocho, como reacción contra la uniformidad del proyecto ilustrado. Hay casos, el del regeneracionismo español por ejemplo, en que la “ansiedad identitaria” es producto de la impaciencia ante una modernización que no llega nunca; son los menos.

[iii] Es un concepto extraño, cuya única utilidad consiste en que permite describir los fenómenos migratorios en términos militares, como “amenaza para la seguridad”. No hay en el libro ni una somera presentación de la idea: se enuncia como hallazgo de una “escuela de Copenhage”, con el nombre de un par de autores.

[iv] Las referencias pueden buscarse de Herodoto en adelante. Ahora bien: incluso en los textos clásicos hay intentos de estudiar esa diferencia como producto no de una “esencia” ideal, sino de formas de organización social; pienso por ejemplo en Tácito, Germania, Madrid: Gredos.

[v] Es la discusión, larga y conocida, del multiculturalismo. Hay una buena síntesis en el libro de Charles Taylor (et al.), El multiculturalismo y la “política del reconocimiento”, México: FCE, 1993; una presentación breve e inteligente de la postura racionalista puede verse en Alain Finkielkraut, La defaite de la pansée, Paris: Gallimard, 1987.

[vi] Llama la atención que defienda sus definiciones, en este caso como en otros, con los más ingenuos argumentos de autoridad. Utiliza, por ejemplo, algunas frases de Erik Erikson y lo presenta diciendo que es “el estudioso más destacado de la identidad en el siglo XX”. Por alguna razón se olvida de Marcel Mauss, Claude Lévi-Strauss, Edward Evans-Pritchard, Edmund Leach, Marshall Sahlins, Clifford Geertz.

[vii] La idea misma de una “identidad colectiva” encuentra reparos hoy en día; hay quienes suponen que la identidad sólo puede ser individual, producto de la asimilación problemática y cambiante de muchos grupos, posiciones y ubicaciones. Como ejemplo sirve el ensayo de Amin Maalouf, On identity, Londres: Harvill Press, 1998.

[viii] Lo más interesante es, sin duda, el uso político de las identidades, la fabricación de las representaciones culturales como fuente de prestigio y autoridad. Sólo como ejemplo vale la pena mencionar el brillante ejercicio de Jean Francois Bayart, L’illusion identitaire, Paris: Fayard, 1998.

[ix] La distinción se apoya seguramente en una idea de sentido común: un automóvil, una hamburguesa, un dólar son cosas materiales, es decir “objetivas”, mientras las creencias y los valores, que no se ven, son algo “subjetivo”. Parece una nimiedad, pero en ese desliz lingüístico se adivina el origen de su idea de la cultura, que corresponde a una “antropología ingenua”, que todavía no reconoce que en las cosas más absolutamente materiales, como la hamburguesa o el dólar, hay un significado que las constituye. Sirven de referencia un par de clásicos de la antropología contemporánea: Marshall Sahlins, Culture and Practical Reason, (Chicago: University of Chicago Press, 1976) y Edmund Leach, Cultura y comunicación. La lógica de la conexión de los símbolos (Madrid: Siglo XXI, 1978).

[x] Lo de que sean equiparables tiene su importancia en el idioma de Huntington, porque piensa en grupos humanos enfrentados como ejércitos. Literalmente dice: “La competencia y el conflicto sólo pueden tener lugar entre entidades que estén en el mismo universo o arena. En cierto sentido, como decía Volkan, ‘el enemigo’ tiene que ser ‘como nosotros’.” (p.50) Es un absurdo patente: como demostración basta recordar el antisemitismo. Pero Huntington piensa que efectivamente se trata de “entidades” que son distintas en su “esencia” y que por eso entran en conflicto. Es decir: no tiene ni la más remota posibilidad de preguntarse por los usos políticos de las identidades, porque está convencido de que son reales, con existencia objetiva, en coincidencia con unidades demográficas concretas.

[xi] El propósito de la omisión es transparente. Todas las sociedades cambian: cambian sus instituciones, sus formas productivas, también sus ideas. Sería imposible decir que Estados Unidos conserva las mismas leyes, la misma organización laboral o el mismo sistema político, porque los cambios saltan a la vista. De la “tradición”, en cambio, de la “esencia”, siendo una pura idea, se puede decir cualquier cosa.

[xii] Es verdaderamente notable la ingenuidad, si lo es, con que Huntington habla de la tradición norteamericana. Hoy en día cualquiera sabe que las tradiciones se inventan, con propósitos políticos muy concretos (la literatura es abundantísima, pero se impone como referencia obvia el volumen de Eric Hobsbawm y Terence Rangers (eds.) The invention of Tradition, Cambridge: Cambridge University Press, 1983). Él inventa la suya, que le viene como anillo al dedo para demostrar que los mexicanos son inasimilables, y ni siquiera esa facilidad hace que le entren dudas.

[xiii] El proceso se ha explicado muchas veces y no tiene mayor misterio. Fue uno de los temas de los que se ocupó obsesivamente Isaiah Berlin, por ejemplo, desde las primeras conferencias de Roots of Romanticism, (Londres: Pimlico,     ) hasta los ensayos últimos, publicados en The sense of reality (Londres: Pimlico,

[xiv] Hay muchas variantes con el mismo esquema, que básicamente produce una política populista. Desde el siglo diecinueve, cada vez con más frecuencia, bajo la forma de lo que Guy Hermet llama “etnopopulismo”, que consiste en exaltar las virtudes de la comunidad orgánica, tradicional, por oposición al egoísmo, la impersonalidad cosmopolita y la inmoralidad de la vida urbana (Guy Hermet, Les populismes dans le monde, Paris: Fayard, 2001).

[xv] Es la matriz retórica de los nuevos movimientos de la derecha populista europea, de Le Pen a Jörg Haider y Ugo Bossi. Ver Pascal Perrineau (ed.) Les croisés de la societé fermée. L’Europe des extrêmes droites, Paris: Editions de l’aube, 2001.

[xvi] La desconfianza hacia las elites y el gobierno no es nada nuevo en los Estados Unidos. El “partido del miedo”, como lo llama David Bennet, ha tenido una presencia constante en la política norteamericana desde antes de la independencia; su manifestación más radical está en el movimiento de las milicias ciudadanas, cuyo argumento se resume en una frase: “I love my Country, but I fear my government.” David H. Bennet, The Party of Fear. The American Far Right from Nativism to the Militia Movement, Nueva York: Vintage, 1988.

[xvii] Vale la pena leer el extraordinario estudio de Richard Hofstadter, Anti-intellectualism in American Life, Nueva York: Vintage, 1963.

[xviii] La idea general de la política exterior norteamericana que tiene Huntington es muy similar a la de Robert Kagan (Ver Kagan, Poder y debilidad. Europa y Estados Unidos en el nuevo orden mundial, Madrid: taurus, 2003) y es lógico. Ambos piensan que Estados Unidos debe actuar por su cuenta porque tiene capacidad para hacerlo y porque en todos los terrenos es excepcional: su interés nacional es incompatible con cualquier otra política, no puede negociarse ni someterse al derecho internacional.

[xix] En Estados Unidos fue motivo de una discusión larga y enconada en las últimas décadas del siglo veinte, referida sobre todo a la educación superior. En defensa de la postura, digamos, clásica hubo polemistas brillantes como Dinesh D’Souza (Illiberal Education. The politics of Race and Sex in campus, Nueva York: Vintage, 1992) y Richard Bernstein (Dictatorship of Virtue. Multiculturalism and the Battle for America’s future, Nueva York: Knopf, 1994); del otro lado ha habido también textos notables, como los de Lawrence W. Levine (The opening of the American Mind. Canons, Culture and History, Boston: Beacon Press, 1996) y Martha Nussbaum (Cultivating Humanity. A Classical defense of Reform in Liberal Education, Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1997). Las platitudes de Huntington no hacen justicia ni remotamente a la calidad de la polémica.

[xx] Es muy característica su idea “militar” de las identidades: todo se reduce a una alternativa binaria, ser o no ser norteamericano, como cosa general, unívoca, indudable.

[xxi] Tampoco siente la menor curiosidad por hacer una comparación con los fenómenos migratorios recientes de Europa, por ejemplo.

[xxii] Esa definición “espiritual” de la cultura, como una esencia transhistórica, y la asimilación de la identidad al patriotismo le permiten identificar al “enemigo interior”: son quienes viven en los Estados Unidos, incluso pueden tener la ciudadanía, pero no son estadounidenses. Es una idea que recuerda el nacionalismo de Charles Maurras: “El nacionalismo se refiere, más que a la tierra de los padres, a los padres mismos, a su sangre y a sus obras, a su herencia moral y espiritual, más aún que material.” Charles Maurras, Mes idées politiques, Paris : Albatros, 1937.

[xxiii] Entre otras cosas, llama la atención porque hay en Estados Unidos una sólida tradición de historia y sociología de la religión, que incluye por ejemplo la monumental historia de Sydney Ahlstrom (A Religious History of the American People, New Haven: Yale University Press, 1972), que Huntington cita alguna vez, pero sin sacarle mayor provecho, y también detallados estudios sobre la evolución de las diferentes iglesias; sólo como ejemplo pueden mencionarse los apasionantes estudios sobre el metodismo de John H. Wigger (Taking Heaven by Storm. Methodism and the rise of Popular Christianity in America, Nueva York: Oxford University Press, 1998) y A. Gregory Schneider (The Way of the Cross leads Home. The domestication of American Methodism, Indianapolis: Indiana University Press, 1993).

[xxiv] Cualquiera que haya estudiado los fenómenos religiosos sabe que no es una minucia. La iglesia católica ha transformado su doctrina para acomodarse a situaciones muy diferentes, pero no son procesos sencillos. Para entender de qué se trata basta recordar el clásico de Bernard Groethuysen, La formación de la conciencia burguesa en Francia durante el siglo XVIII, México: FCE, 1985.

[xxv] Harold Bloom ha sostenido la idea de que hay una “religión de los Estados Unidos”, que asimila y altera todas las confesiones por igual; es parte de un ejercicio de “crítica teológica”, como lo llama Bloom, de extraordinaria sensibilidad, cuyas conclusiones serían inaceptables para Huntington. Ver Harold Bloom, La religión en los Estados Unidos. El surgimiento de una nación poscristiana, México: FCE, 1997.

[xxvi] El problema de la pobreza no cuenta mucho para Huntington. Con respecto a la educación, por ejemplo, insiste en una entrevista reciente en que todo está en la “actitud” de los mexicanos: “Existe un problema real entre los hispanos con el tema de la educación y, por alguna razón, creo que forma parte de su cultura. No ponen mucho énfasis en la enseñanza, y las cifras son aún peores si aislamos a los mexicanos americanos. […] Los mexicanos tienen que estar dispuestos a trabajar fuerte y a seguir en la escuela […], no van a salir adelante si no aceptan la importancia de la educación. […] Creo que no se trata simplemente de una cuestión económica, sino de una cuestión cultural…” Entrevista con S. P. Huntington, El País, 20 de junio 2004.

[xxvii] Curiosamente, incluso en ese plano elemental las encuestas que el propio Huntington tiene que conocer cuentan otra historia; una, por ejemplo, nacional, de principios de los noventa, dice que manifiestan “amor por los Estados Unidos” muy fuerte o extremadamente fuerte el 83% de los ciudadanos de origen mexicano y el 62% de los inmigrantes sin derechos de ciudadanía; en cuanto a la confianza en el gobierno, las proporciones son casi idénticas para los ciudadanos “anglos” y los de origen mexicano, y ahí se distinguen los inmigrantes no ciudadanos, porque su confianza es mucho mayor. Ver Víctor Manuel Durand Ponte, Etnia y cultura política. Los mexicanos en Estados Unidos, México: UNAM, 2000.

[xxviii] Es de llamar la atención: alguien debió decirle al profesor Huntington eso, que su referencia demostraba exactamente lo contrario de lo que él suponía, de modo que la anécdota ha sido suprimida en la versión en castellano del libro (estaría en p.295). El argumento se queda: tan sólo se suprime la “evidencia” incómoda. Verdaderamente ejemplar, como muestra de honestidad científica.

[xxix] El hecho de que tengan nombres mexicanos, que sean de origen mexicano o que encabecen organizaciones de mexicano-americanos no significa, como cree Huntington, que representen la opinión de los mexicanos; lo relevante en ese caso es que hacen política en Estados Unidos, con los entendidos de la política identitaria de los Estados Unidos. Es decir: sus declaraciones hablan de la cultura política estadounidense, no la mexicana.

[xxx] La primera descripción del partido, que está en las primeras páginas del libro, como guía de lectura, es todavía más dramática: el público tira limones y vasos con cerveza “o algo peor”, algunos del público se quejan de que no pueden sacar sus banderas en su propio país; la conclusión es que para los norteamericanos jugar en Los Angeles “no es jugar en casa” (p.27).

[xxxi] El conjunto de su argumento recuerda sobre todo a la reacción “antimaterialista” de principios del siglo veinte, que empezaba con el lamento de la decadencia, la evocación nostálgica de una comunidad orgánica, saludable, y concluía en el elogio de las virtudes guerreras, en alguna variante del fascismo. “La reacción es siempre la misma. Para detener la decadencia hacen falta otra civilización y otra sociedad: una sociedad orgánica, ‘comunitaria’ –conducida por elites viriles, imbuidas por un sentido de sacrificio- debe reemplazar a la civilización mercantil de hoy.” Zeev Sternhell, L’Éternel retour. Contre la démocratie, l’ideologie de la décadence, Paris : FNSP, 1994, p.27.

[xxxii] En entrevistas es más expansivo y más explícito, pero dice lo mismo. Habla de las características culturales de “los mexicanos” con la precaución de citar a quienes él piensa que tienen autoridad: menciona a Carlos Fuentes y Jorge Castañeda y algún otro de parecidas credenciales de identidad. “El filósofo Armando Cíntora dice que la actitud mexicana y, añade, de los mexicanos americanos, se puede expresar con frases como ‘qué mas da’, ‘de nada sirve trabajar duro’, ‘el síndrome del mañana’ y ‘nada merece demasiado la pena’. […] No creo que yo pueda mejorar lo que estos mexicanos han dicho acerca de su propia cultura.” El País, loc. cit.