Un periodismo vergonzoso

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Hace unos días ha comenzado a publicarse, en el periódico El Economista, lo que se presenta como el diario íntimo de Raúl Salinas, escrito en la prisión de Almoloya de Juárez. La peripecia que haya seguido el texto es, en realidad, muy poco importante, y puede conjeturarse sin dificultad. Lo que es triste es que se publique; peor: que se publique y se lea y parezca a casi todos cosa más o menos normal.

Da la impresión de que en este país se entiende que en eso consiste el periodismo político. Y es bochornoso.

En esta ocasión se trata, por supuesto, del derecho a la intimidad, que es cosa mucho más grave en el caso de alguien que está bajo la custodia de nuestro sistema de procuración de justicia. Mucho más grave también por el clima de linchamiento que existe en su contra. Mucho más grave porque en la segunda «entrega», el diario publica una carta en que Raúl Salinas denuncia que el documento ha sido copiado ilegalmente, que ha sido alterado además, y declara que no autoriza su publicación; a renglón seguido, aparecen otras páginas del presunto diario.

Estamos acostumbrados ya a las deformidades de nuestro sistema de procuración de justicia, estamos acostumbrados a la impunidad de unos y la indefensión de otros. Tendremos que acostumbrarnos también, al parecer, a la impunidad de los medios de comunicación, tendremos que acostumbrarnos a la idea de que, frente a ellos, estamos todos indefensos. Porque cualquiera que pretenda criticar sus usos y costumbres incurre en gravísimas faltas contra la libertad de expresión.

A fuer de liberales, no nos queda más que contemplar el espectáculo de la descomposición moral de un periodismo que cada vez más depende de calumniosas informaciones de fuente anónima, que con toda soltura recurre a las injurias, cuando no decide utilizar su influencia como instrumento de extorsión.

Suelen hablar los periodistas, con mucho dramatismo y hondo sentido patriótico, del derecho a la información. Se erigen, por cuenta propia, en defensores de los derechos de la Sociedad y reclaman, en esa condición, garantías, privilegios y salvaguardas para decir lo que les venga en gana. En resumidas cuentas, los profesionales de los medios suelen entender que el derecho a la información es una especie de patente de corso del gremio; suelen entender que el asunto consiste en quitarles toda traba para que sean ellos quienes decidan qué puede o debe publicarse.

Por supuesto, en el terreno de los principios no hay nada que decir y la cosa está clarísima. Pero ocurre que el de la prensa es, sobre todo, un problema político. Es cierto que la democracia les debe mucho a los medios, en cualquier parte; mucho de lo bueno y de lo malo que tiene. Por eso es tan grave la íondole moral e intelectual de los profesionales de los medios. Porque la irresponsabilidad, la desvergüenza, el cinismo, el aire atrabiliario y amenazador de nuestro periodismo anuncia, para quien quiera verlo, el estilo de nuestra democracia. Y lo que puede verse es, en mucho, vergonzoso.

El Universal, 1996