Llueven voces de mujeres

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Me viene a la memoria un verso de Apollinaire: “Llueven voces de mujeres como si estuviesen muertas hasta en el recuerdo.” No puedo saber cuándo lo leí por primera vez, hace veinte o veinticinco años. No creo haber entendido nada entonces. Era una frase mágica, en la que yo presentía algo terrible y se me quedó grabada así. Hoy, veintitantos años después, siento de golpe esa tristeza fría, el dolor indecible de ese eco de la muerte última, más allá del olvido. Hoy sé, dolorosamente, que hay algo de mí en ese verso: algo que yo no hubiera podido saber, que no hubiera sido capaz de sentir si no lo hubiese leído.

Me doy cuenta de que, como ése, hay muchos otros versos, hay frases, poemas, personajes o situaciones de novelas, cuentos que me describen, me explican: que hablan de mí y me hacen ser éste que soy. Hay muchos motivos para leer. Ninguno me parece más apasionante, ninguno tan perturbador como el intento de descubrir a esos otros que uno es, sin saberlo. Los otros que uno podría ser.

Está de moda la autenticidad, la idea de que los sentimientos surgen espontáneamente: limpios, naturales y acabados, nítidos. Uno sólo tiene que dejarse sentir. No es verdad. Los sentimientos se aprenden y están hechos entre otras cosas de palabras. Sin las palabras sería imposible saber si uno tiene el ánimo melancólico, nublado, triste, sombrío, apesadumbrado, dolido o nostálgico. Pero no se trata sólo de poder describir con exactitud algo que se siente, sino que hay sensaciones y experiencias que únicamente pueden descubrirse a través de las palabras: leyendo. La torturada ambición de Julien Sorel, por ejemplo, o el amargo y sereno abandono de Gimpel, el tonto, que aprendemos a ver en nosotros gracias a Stendahl, a Isaac Bashevis Singer. Es algo, además, que se disfruta profundamente, con la alegría de un niño que mira por primera vez un globo, un espejo, el mar.

Mientras escribo se me ocurre que esa distinción tan obvia entre libros buenos y malos se refiere a esto. Hay libros, los libros malos, que se limitan a las experiencias más obvias, que describen un mundo absolutamente conocido o bien una fantasía imposible de vivir, con personajes y situaciones de cartón. Uno entra y sale de la lectura como si nada. Con la misma sensación de cómodo aburrimiento con que se deja una conversación estéril, entretenida e inconsecuente. Hay libros, los otros, que nos cambian para siempre, que nos ayudan a descubrir otras vidas posibles. No son libros más difíciles ni más reflexivos ni más serios: sólo son mejores.

También por eso se vuelve uno adicto a la lectura. Leyendo uno descubre dentro de sí huecos –y matices y sombras- que uno no sabía que existían, pero que ya no es posible olvidar. Es el mecanismo básico del deseo, supongo. Desear a alguien es descubrir que nos hace falta. El deseo que nos transforma y nos hace otros es un abismo: es el deseo de alguien a quien necesitamos con tanta violencia, alguien que nos falta de tal manera que incluso cuando está presente nos falta. Pasa con los libros. También, como ese deseo perfecto, nos dejan ver un hueco que no hay manera de llenar: nos faltan siempre.

Se puede vivir sin los libros, sin duda. Se puede vivir y llevar una vida feliz, satisfecha. A menos que uno haya visto, alguna vez, el abismo de esas otras vidas posibles, con toda su oscuridad y su insólita, pavorosa alegría. No hay modo de renunciar a ello. Sería bonito, incluso sería edificante poder decir que eso nos hace mejores, más felices o más completos: no lo sé. Nos hace otros. Soy otro yo, hoy, eso sí puedo saberlo, porque me duelen así los huesos mientras siento llover voces de mujeres como si estuviesen muertas hasta en el recuerdo.

México, D.F.  2003