A la izquierda, sin rumbo

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El Partido Socialista español anunció hace unos días la orientación general de su programa para las próximas elecciones. La idea básica es promover una serie de reformas legales para garantizar lo que en el texto se llama, de modo bastante impreciso, los “derechos civiles”. En algunos casos las iniciativas se refieren efectivamente a la igualdad de trato y la igualdad ante la ley, como la equiparación general de los matrimonios y las que se llaman parejas de hecho. Otras hay para ampliar en algo el gasto social: distribución gratuita de los anticonceptivos poscoitales, operación gratuita para cambio de sexo, a cargo de la Seguridad Social. También están la despenalización total del aborto en los primeros tres meses de embarazo y la legalización de la eutanasia, aparte de la simplificación de trámites de divorcio. Si se mira el conjunto, resulta ser más bien un programa de incorporación jurídica de la contracultura. No está mal, pero cuesta trabajo reconocer en eso a la izquierda.

La explicación del portavoz socialista, coordinador del programa electoral, Jesús Caldera, no deja de tener gracia: “No son derechos que obliguen –dijo-, son derechos opcionales para una gran parte de nuestra sociedad que los demanda porque ahora sufren una discriminación intolerable en una sociedad democrática”. Llama la atención sobre todo lo de los “derechos opcionales”, no sólo por ser una solemne idiotez, sino porque revela una inseguridad muy sintomática: de los militantes no sé, pero el coordinador del programa no tiene claro ni lo que defiende ni por qué lo defiende. Y se nota.

Imagino que en la elección del tema habrá su parte de cálculo, incluso una evaluación de mercadotecnia. Algún publicista habrá pensado, con razón, que son asuntos incómodos para el Partido Popular, que se inclina con frecuencia por el moralismo rencoroso y mezquino, típico del catolicismo de la dictadura. Sólo hay un inconveniente: los populares pueden muy bien hablar de otra cosa, hacer su campaña sin darse por enterados de la “guerra cultural” del PSOE. No es lo peor. Los derechos de última generación, en los que empieza a enredarse el socialismo español, los derechos culturales, de identidad y protección de la autoestima, empiezan por ser ambiguos y terminan en la más perfecta confusión.

La bandera es todavía igualitaria: la lucha contra la discriminación, la defensa de las minorías. Pero el lenguaje empieza a ser equívoco, los argumentos son cada vez más resbaladizos; se piensa en derechos para unos o para otros, como si fuesen bienes de consumo, se razona no desde la igualdad, sino desde la diferencia. Por ahora no habla nadie de los derechos religiosos y culturales de la minoría musulmana en España, por ejemplo, pero todo se andará. Y la izquierda contracultural del PSOE puede terminar defendiendo cualquier cosa. Los comunistas han ido más rápido y más lejos por un camino similar: hoy están por quebrar el orden constitucional en el País Vasco, de la mano con una derivación de la democracia cristiana escasamente democrática, en defensa de un proyecto etnicista que nunca ha ocultado su vocación homicida. Será por las ganas de que alguien en alguna parte haga una revolución, o algo parecido.

Entre los socialistas está ya el ejemplo de Pasqual Maragall, presidente del gobierno de Cataluña recién estrenado, que ofrece no otra cosa sino una apoteosis de la catalanidad, con la catalanización de las empresas y los sindicatos, las escuelas, las etiquetas del supermercado, y con una ley de inmigración propia, desde luego. Todo muy bien, salvo que es el proyecto político de una burguesía provinciana (tan provinciana como la de Madrid, dicho sea de paso) y no el de un partido de izquierda. La marca de la casa es indudable: en su primera semana, Maragall ha nombrado secretario del Gobierno a su hermano Ernest, y han hecho lo mismo su Consejero en Jefe, Carod Rovira, y el Consejero de Política Territorial, Joaquim Nadal, que han designado también a sus hermanos para ocupar los puestos más altos de sus respectivas dependencias. Un ejemplo multitudinario de amor familiar y apego a la identidad.

Tomados uno a uno, los puntos del programa socialista son razonables. Unos más urgentes y más serios que otros. Pero nada para irse a las barricadas. Ni siquiera para cambiar al gobierno. Se han escogido como definición del partido no porque no haya otros problemas, sino que a nadie se le han ocurrido soluciones. El eje de la campaña socialista no va a ser el desempleo, tampoco la alarmante proporción de empleos temporales, precarios, ni la concentración de la industria ni los fraudes y escándalos de las grandes empresas, ni la política exterior ni la Constitución europea. La razón es muy simple: en eso, lo que tiene que decir la izquierda de hoy es lo mismo que dice la derecha. Aparte de reducir el IVA a los discos y bajar las tasas más altas del impuesto sobre la renta, que por alguna razón figuran en el programa del PSOE.

A falta de otra cosa, el partido socialista quiere hacerse una nueva imagen aprovechando el aire vagamente contestatario del movimiento contracultural de los sesenta. Es curioso: todavía tiene todo aquello una sonoridad radical, progresista, de vanguardia, que parece de izquierda. Por eso sirve, treinta años después. Pero no era entonces un proyecto político consistente, que mirase a las necesidades de la mayoría: no lo es tampoco hoy.

 

La Crónica de hoy, 13 de enero de 2004