¿A quién le importa?

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Hemos tenido en los días pasados varias ocasiones para hablar sobre la educación. No se ha dicho prácticamente nada. En todo caso, nada nuevo. Se publicó el informe de la OECD que con cifras muy gruesas permite adivinar la magnitud del desastre: por lo visto, no le quita el sueño a nadie. El gasto por estudiante es tres, cuatro y cinco veces menor que la del resto de los países, el salario de los maestros no llega a la tercera parte. Da lo mismo. El presidente mantiene su actitud optimista y encuentra un par de cifras espectaculares, un juego de porcentajes que queda bonito, anuncia que van a poner tele en un puñado de escuelas; con excepciones contadas, en la cámara, la oposición se limita a cubrir el expediente con unas cuantas frases de indignación ritual. A otra cosa.

Tampoco exigen algo distinto los medios de comunicación. Sólo destaca por su agresividad el periódico Reforma: un titular de primera plana decía, con su gramática pedregosa, que la nómina ahoga a la educación pública; la nota apuntaba directamente contra el sindicato. Los lectores deben inferir que hace falta terminar con ese ahogo, por supuesto. Lo que no se sabe es si se trata de reducir el número de maestros o bajarles el sueldo. No creo que lo sepan tampoco los editores del periódico: la cifra permitía un titular escandaloso, otra lanzada al sindicalismo y nada más. Los mismos números dicen con toda claridad que uno de los problemas básicos de la educación en México es el bajo salario de los maestros, que los obliga a trabajar varios turnos o tener otros empleos y que, desde luego, hace imposible que tengamos una carrera magisterial digna, exigente. No es lo único que importa. Ahora bien: cuando se intentó discutir una reforma general de la secundaria, hace unos meses, los líderes de opinión se apresuraron a dar un portazo, casi sin pensarlo.

Vino después el forcejeo por la reforma del artículo 122 de la Constitución, para transferir la gestión del gasto educativo al gobierno del Distrito Federal. La justificación en el preámbulo de la iniciativa es razonable e interesante, aunque se limita prácticamente al problema de la equidad fiscal. Era una buena oportunidad para discutir el esquema general de la educación pública: el sistema de responsabilidades y competencias, las formas de gestión, coordinación, evaluación y hasta definición de contenidos; hubiera sido una gran cosa que la izquierda, quiero decir: el PRD, aprovechase para explicarnos su idea de la educación y de la coordinación fiscal, de paso. Ni por asomo. Sólo vimos otra demostración de la habilidad retórica del jefe de gobierno de la ciudad, que es capaz de convertir cualquier problema político, cualquier decisión o iniciativa en un asunto personal: todo lo que se hace y lo que se deja de hacer se refiere a él, personalmente, todo debe juzgarse según pueda favorecer o estorbar a su candidatura para la presidencia. El partido, con una docilidad asombrosa, acepta verse reducido a la función de coro. Lo único que importa es saber si se está con López o contra López: la administración del gasto educativo es una insignificancia.

Hubo algún revuelo con el anuncio de los recortes al gasto en educación superior, ciencia y tecnología. Protestaron los rectores, algunos líderes de la comunidad científica. Nadie les prestó mucha atención: hay sólo unos cuantos diputados, de ésos que tienen tan mala prensa, que no quitan el dedo del renglón. Este periódico se hizo eco de las críticas, pero en general se dio mucha más importancia a las declaraciones improvisadas de la esposa del presidente, al último episodio del conflicto electoral de Tlaxcala. Nadie, ni en los partidos ni en la prensa ni en el gobierno, nadie quiere caer en la cuenta de que el futuro del país depende de la educación pública; los más despiertos están embobados con el Tecnológico de Monterrey, convencidos de que debe ser magnífico como centro educativo porque es un gran negocio. Ni quién les diga que es exactamente al revés, que el éxito del Tec es el indicio más evidente de la crisis terminal de nuestro sistema de educación.

Un detalle revelador. Ninguno de los dirigentes empresariales salió a secundar las protestas de los rectores y académicos. No sienten que sea cosa suya la educación superior, ni la inversión en ciencia y tecnología. Menos todavía la educación básica. Y tampoco es para sorprenderse, dicho sea de paso. Basta mirar la lista de invitados de la Cumbre de Hombres de Negocios de la semana pasada para darse cuenta de que no pueden distinguir entre el trabajo académico y la industria del espectáculo: para hablar sobre la migración mexicana a los Estados Unidos llamaron a Samuel P. Huntington, para enterarse de lo que piensa la izquierda se les ocurrió tener allí a Felipe González (que, por supuesto, les dijo que la verdadera izquierda es la derecha empresarial). Ninguno se quejó de que fuese una tomadura de pelo.

Pensándolo bien, lo raro es que se gaste todavía en la educación pública, si no le importa a nadie.

 

La Crónica de hoy, 29 de septiembre de 2004