Agosto

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“Es tan fácil matar una o dos personas. Principalmente si no tienes motivo para hacerlo”. Es el tono seco, distanciado, triste, de la escritura de Rubem Fonseca. A veces, en los relatos más extravagantes, adopta un aire vagamente melancólico, reflexivo, a veces es la inmediatez de una conciencia primaria, que apenas registra lo más superficial porque en el fondo no hay nada. Pero siempre tiene una rara habilidad para mostrar el reverso de las cosas –el punto de vista menos previsible, el secreto más trivial, patético, insospechado. La voz que uno no esperaría oír.

Decía Lionel Trilling que, por más que pudiera ser deseable acercarse a un autor sin ninguna clase de prejuicios, los escritores establecidos existen en el aura de su propia leyenda: la opinión acumulada que no podemos ignorar, la imagen de su personalidad derivada, correcta o incorrectamente, a partir de lo que ha escrito. En este caso, me encuentro en la extraña situación de enfrentarme a la obra de Rubem Fonseca sin tener una idea clara sobre él, ni sobre sus libros. Más o menos al azar, me tropiezo en mi biblioteca con varios tomos, hasta media docena o más, que compré con la intención de leerlos alguna vez, y los hojeo sin más que una imagen vaga del personaje: un autor de novela negra, autor de numerosos libros de cuentos, reconocido, premiado. O sea, alguien a quien conviene tener presente, pero que nunca me había atraído lo suficiente para leerlo, alguien a quien veía con la distancia y la incomprensión con que normalmente vemos a Brasil. Y nos equivocamos, por supuesto.

En resumen, lo que importa: es una lectura fascinante. Sin pensarlo mucho, diría que el motivo básico de su obra es la violencia. Pero no. Las varias, innumerables formas de violencia que hay en la caudalosa obra de Fonseca son expresión de otra cosa, de otras muchas cosas. Es la política, es la desigualdad, siempre la desigualdad, es el amor también, es la enfermedad y la vejez… La violencia es la traducción más inmediata, más simple, estridente, angustiada, de lo que no puede decirse porque no hay palabras.

Me atraparon de entrada sus libros de cuentos. La infinita, dolorosa estupidez del asalto, la violación, el asesinato, en el primer cuento de Feliz año nuevo, o la siniestra doble vida del protagonista de “Paseo nocturno”. Son retratos, pequeñas crónicas, casi viñetas, de narración vertiginosa, que muestran personajes a veces torturados por nimiedades, a veces en el límite de la subsistencia, en un mundo delirante –donde la violencia es absurda y tristísima. En El cobrador hay la misma escritura amarga, áspera, de una condensación que resulta magnética. “Camino a Asunción” transcurre durante la Guerra Grande, la guerra de Paraguay, apenas cuatro páginas del relato de un soldado, que habla distante, apagado, casi distraído: es el tedio de la obediencia, del camino, de la carnicería. En ocasiones, en el cuento que se titula “El cobrador”, por ejemplo, hay una especie de exploración filosófica de la nota roja: imaginar a alguien que carga con todo el resentimiento que hay con toda justicia en sociedades como éstas, y que un día se decide a cobrar: “Me deben colegio, novia, equipo de sonido, respeto, sándwich de mortadela en el café de la calle Vieira Fazenda, helado, balón de fútbol”. Y se lo cobra todo, con absoluta frialdad, a todos, a quien se cruza en su camino. Otras veces las narraciones tienen textura de fábulas, de moraleja imposible; mi favorita, entre ésas, sin duda, la historia esperpéntica del asilo, “Once de mayo”: “¿Dónde estaba el viejo que solía ser? Mi piel sigue siendo un tejido seco despegado de los huesos, mi pene una tripa estéril y vacía, mis esfínteres no funcionan, mi memoria sólo recuerda lo que quiere, no tengo dientes ni pelo ni ánimo ni fuerza. Así es mi cuerpo, pero ya no soy el llorón avergonzado, asustado y triste, cuyo mayor deseo en la vida era comerse un bombón de chocolate”.

Las novelas son otra cosa. Bufo & Spallanzani es un pequeño laberinto de historias, un libro colorido y extravagante, de estructura divagatoria, donde el esqueleto lo pone la investigación policíaca, pero el contenido está en las digresiones. Grandes emociones y pensamientos imperfectos es técnicamente más compleja, también más ligera, una historia de comparsas de carnaval, telepredicadores, productores de cine y escritores, un palimpsesto a partir de los relatos de I. Babel: un perfecto embrollo, de trama ágil, entretenida e inverosímil.

Agosto, en cambio, es una obra mayor. Transcurre durante el mes de agosto de 1954, es decir, en las semanas previas al suicidio del presidente Getúlio Vargas. La trama policiaca es sólo un recurso narrativo para entrar en el ambiente confuso, turbio, angustioso, de esos días. En los negocios están todos, mezclados los partidarios y los enemigos de Vargas, también en las conspiraciones. Es deslumbrante el cuidado con que Fonseca pinta el ambiente, las relaciones desajustadas, ásperas, vulgares, la degradación de todo. Apenas hay un momento de vaga grandeza, ante el suicidio, en que Vargas es algo más que Getúlio. Es una novela negra perfecta –por eso tal vez, una novela política de primer orden. Es Brasil, 1954, pero no sólo Brasil.

 

La Razón, 1 de junio de 2013