Ahorro democrático

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Vale la pena recordarlo: hasta hace un par de años se hablaba de las elecciones con entusiasmo religioso. Hoy resulta que son un fastidio, un gasto inútil. Se pensó la legislación actual porque había que multiplicar los partidos, darles más dinero, facilitarles las cosas. En eso consistía la democracia. Más todavía: el hecho de que no hubiera una mayoría parlamentaria se festejó en su momento como un logro histórico, un paso definitivo hacia la modernidad política. Precisamente lo que el país necesitaba. Hoy es todo lo contrario.

Los mismos que hace nada pelearon enconadamente por imponer esta legislación están empeñados en cambiarla. Con idéntico apremio. Lo único que se escucha son lamentos porque los partidos gastan mucho dinero y además se obstinan en ganar elecciones, y después pretenden defender su programa en el Congreso. Lo que el país necesita son menos elecciones, menos partidos, menos pluralidad en las cámaras. Menos política. Y, sí, mucha más administración. Sólo por eso, por el cinismo con que cambian de idea y de discurso, habría que mirar con mucho cuidado la reforma que se anuncia.

Es significativo que los partidarios de la nueva legislación la expliquen en general mediante analogías: lo que viene más a mano es el lenguaje contable, en el que sólo pueden plantearse problemas de rentabilidad y eficiencia. En plan didáctico, también se habla de las elecciones como si fuesen “pleitos”; se dice que los partidos se pasan todo el tiempo peleando, que hay que quitarles armas y reducir el número de pleitos, para que sea más fácil que los políticos se pongan de acuerdo. Como si todo fuese cosa de los partidos, como si sus diferencias no fuesen más que motivos publicitarios, que desaparecen una vez pasadas las elecciones. Nadie –es lo más notorio- ni en el gobierno ni en el Congreso, nadie se ha puesto a explicar las reformas en la lógica de la representación política, que no es la de un negocio, tampoco la de un pleito: nadie ha dicho que los cambios vayan a mejorar en algo el sistema de representación.

Hay para pensar que ni se les pasa por la cabeza. Ven las elecciones como un trámite, molesto y carísimo, que resulta en la contratación de unos cuantos empleados para el trabajo de aprobar leyes. Lo demás es adorno y desperdicio. Por supuesto: querrían empleados más obedientes y querrían que el espectáculo anterior fuese mucho más barato.

Reducir el costo de las campañas es sensato, sin duda. Puede hacerse con toda facilidad: no hay más que prohibir a los partidos que compren tiempo de radio y televisión para su propaganda y exigir que se transmita gratuitamente. Lo saben todos. La mitad y más, hasta dos terceras partes del dinero público y casi todo el dinero privado, legal e ilegal, que se gasta en las campañas es para las empresas de radio y televisión. En las propuestas de reforma se habla de limitar la publicidad en medios de comunicación masiva o de asignar al IFE la contratación del tiempo. Pero no se trata de eso. No se trata de que sea un poco más barato, sino que no cueste ni un peso. Así, literalmente: que ni los partidos ni el Estado gasten ni un peso en propaganda en radio y televisión. Es posible. Se hace en muchos países del mundo. Las empresas de teledifusión son concesiones, las campañas son asuntos de interés público: el Estado puede requerir que los concesionarios transmitan la publicidad de los partidos, en tiempo de elecciones, gratuitamente. Si no se hace, si no hay ni un diputado ni un senador que se atreva a proponerlo, significa que no les preocupa en realidad el dinero público y prefieren seguir usándolo para congraciarse con la televisión.

Hay más. En la iniciativa de reforma se propone también reunir en un solo día las elecciones federales, estatales y municipales. Como si fuesen una misma cosa. Se dice que con eso sería más fácil que todos se pusieran de acuerdo, porque no estarían enfrentados los partidos todo el tiempo. Lo más grave –digámoslo de nuevo- es que se supone, en ese argumento, que las diferencias no son reales, que sólo se manifiestan en tiempo de elecciones. Pero además es mentira. Hoy mismo están el PAN y el PRD en una batalla campal en el Distrito Federal, donde no hay elecciones, mientras mantienen una alianza en la campaña de Oaxaca. Hoy mismo el PRI y el PRD se ponen de acuerdo para votar en el Congreso, mientras compiten en media docena de estados. La lógica de la competencia local no es obstáculo para la formación de mayorías en las cámaras. Por otra parte, esa dispersión del calendario electoral tiene su razón de ser: sirve como un sistema de señales, permite una representación mucho más flexible, que registra movimientos de ánimo mucho más matizados, también distingue la representación municipal, estatal y federal, que son cosas distintas.

La verdad es que no se entiende bien la idea de reducirlo todo a una sola, gran elección. Salvo que haya quienes estén pensando que pueden ganar algo con una única campaña, que arrastre votos. Lo que está claro es que nuestros políticos no saben qué hacer con la democracia: sin mayor disimulo, preferirían ahorrársela.

La Crónica de hoy, 6 de abril de 2004