Al grito de guerra

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El nacionalismo ha servido siempre para ocultar conflictos. Sobre todo el nacionalismo gesticulante de las banderas y los himnos, que consiste sólo en festejar una identidad quimérica a base de resentimiento y fanfarronería; hay otros de más sustancia, mejores y peores: el nuestro, hoy por hoy, es de una vacuidad escandalosa. Ha tenido su cumbre en la ocurrencia del secretario de gobernación de detener al país entero para cantar el himno nacional. No tengo idea de cuál haya sido el propósito, si tuvo alguno, pero me cuesta trabajo imaginar algo más disparatado. Alguien habrá pensado tal vez que hacía falta arropar al gobierno con un movimiento de entusiasmo popular y se decidió provocarlo así, poniendo al país entero a hacer honores a la bandera. No lo sé. La cosa es tan ridícula que resulta triste. Pero sirve como signo de los tiempos: del miedo, el desconcierto y la falta de imaginación que imperan en el gobierno.

Hace tiempo que se oye hablar de la unidad nacional, de la necesidad de acuerdos, del superior interés de la patria y cosas así. Lo que quieren todos es imponerse por las buenas, mandar a gusto, y el interés nacional es el expediente retórico que viene más a mano para eso. La semana pasada fue de los empresarios. Hablaron sus líderes, varios de ellos, con una agresividad que rara vez puede verse en nuestra vida pública. Trataron al presidente de inepto, pusilánime y fracasado, amenazaron al jefe de gobierno de la capital, se quejaron de la democracia, que no les resuelve sus problemas, y aprovecharon para lanzar una andanada contra los sindicatos, para poner las cosas en claro. El escenario lo han puesto los políticos, sin duda, y muchos de los parlamentos son suyos, pero la beligerancia empresarial es nueva y tiene una inercia propia. Ésos que escuchamos hace unos días no se suben al carro de ninguno de los que están, ni de los que aspiran a estar.

Su crítica de los sindicatos es para tomársela en serio. Dijeron que son parásitos a los que no hay que darles nada, absolutamente nada, sino quitarles los privilegios monstruosos que tienen, ponerlos en orden. Fue el señor Lorenzo Servitje. El público aplaudió mucho. No salió nadie en los días siguientes, ni el secretario del trabajo ni los dirigentes de los partidos, nadie para matizar, corregir o desmentir nada. En particular, la filípica iba contra los sindicatos de PEMEX y la CFE, también contra el SNTE y los demás sindicatos de empresas paraestatales y del gobierno; los otros, que no tienen tanta fuerza ni tanta notoriedad, pueden darse por aludidos.

No parece lo más oportuno, cuando se está tratando de negociar alguna reforma económica, fiscal, laboral, que afecta directamente a los trabajadores, abrir el juego con una postura semejante. Piensan los empresarios, seguramente, que tienen a la opinión pública a su favor y que pueden ir a por todas. Habrá que verlo. En todo caso, lo que hay detrás de los insultos del señor Servitje es una idea nueva del orden social, donde el interés de los empresarios sirve como síntesis del interés nacional.

Vale la pena mirarlo con calma. Lo primero que llama la atención es que la crítica es bastante unilateral. Como obstáculo para el desarrollo puede pensarse por ejemplo en el funcionamiento de una banca que vive de cobrar comisiones exorbitantes, sin hacer préstamos. No es para aplaudirse tampoco la actitud chantajista de un empresariado que siempre necesita, para ganar confianza, pagar menos impuestos. De eso no se habla. Es parte del orden providencial del mercado y no hay más que acatarlo, con devota reverencia.

No es todo. Hay defectos en el sindicalismo mexicano: por supuesto que sí. Precisamente esos defectos contribuyeron durante décadas para asegurar las ganancias del sector privado, consiguieron la estabilidad y la disciplina que hacían falta para sus inversiones. Esos sindicatos que hemos aprendido a detestar fueron un producto del populismo priísta, que daba beneficios económicos para mantener el control político: sin duda; esa misma política fue la que amparó a los empresarios que se decían nacionalistas, la que hizo los negocios fáciles de tantos, durante tanto tiempo. También durante el gobierno de Echeverría, dicho sea de paso.

La consigna es acabar con todo aquello. Bien. Lo malo es que no sea todo. Hay muchas deformidades en nuestra estructura económica: un sindicalismo corrupto, autoritario y oportunista, también un empresariado que ha vivido de la sopa boba, tramposo y de una avaricia desmedida. No es fácil de cambiar. Tuvo todo su lado bueno, si se quiere ver: los sindicatos protegieron a sus agremiados, los empresarios invirtieron en el país. Ese sistema ya no puede ser. Pero nada nos asegura que el futuro vaya a ser mejor. En el nuevo orden, tal como se lo imagina el sector privado, lo que sobra son los sindicatos. No es precisamente un llamado a la unidad y no parece que sirva de mucho, como contrapeso, ponerse a cantar el himno nacional.

 

La Crónica de hoy, 15 de septiembre de 2004