Algo sobre el (mal) humor

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Si se piensa bien, hay muchos motivos para preocuparse por la situación del país. Uno más: las caricaturas de la prensa ya no tienen ninguna gracia. De Posada a Rius, de Abel Quezada a Naranjo o Magú, los caricaturistas han sido lo mejor del periodismo mexicano, de lejos. Algo ha cambiado, y no se salva casi nadie. Se ha venido imponiendo un nuevo tipo de humor: sectario, injurioso, colérico, amargo, ya no un comentario irónico sino una variedad del insulto. Y no tiene gracia.

En Proceso, la semana pasada, la página de Helguera y Hernández presenta los “Mandamientos del ejército en la guerra al narco”, con cosas como: “Legitimarás al pelele por sobre todas las cosas” o “Combatirás a un cartel por sobre todos los demás”. Nada muy ingenioso, pero el mensaje queda claro. Llaman la atención tres de las viñetas. En una, el título es: “Desaparecerás hasta a tu padre y a tu madre”, y la imagen es de un avión militar del que sale una voz: “Amá: ¿se acuerda de que la iba a llevar al mar?”. Hay que tener estómago para hacer un chiste con la represión de las dictaduras sudamericanas de los años setenta, pero importa sobre todo lo que el chiste dice del ejército mexicano. Otra viñeta: “No codiciarás los bienes del Chapo”, con una caricatura del general Galván muy sonriente, imaginando su rostro en la portada de la revista Forbes. Y otra más: “No matarás, a menos que te toque estar en un retén”, con la imagen de un soldado que apunta con su ametralladora mientras dice: “Ancianas, 500 puntos; embarazadas, 400 puntos; niños…” Qué risa, como en un juego de Nintendo.

Bien: no imagino que nadie se ría, pero es que no son para reírse. Insisto, es otra idea de la caricatura, entendida como recurso de denuncia que no admite la ambigüedad de la ironía. Y se antoja inevitable pensar que lo que ha cambiado es el país. Según pueden verlo Helguera y Hernández en este caso, el ejército está embarcado en una campaña represiva equiparable a la de Pinochet: desapariciones masivas, asesinato indiscriminado de civiles, con el propósito de apropiarse del negocio del narcotráfico. No hay manera de encontrar un giro gracioso en nada de ello; por eso los chistes resultan amargos, agresivos. Pero son también sectarios, porque quienes no compartan esa idea encontrarán las viñetas injuriosas, gratuitamente ofensivas.

Vale la pena detenerse un poco a pensarlo. Fijarse en el modo en que Calderón caricaturiza a los diputados o los sindicalistas en Reforma, o en la imagen de Jesús Ortega en los cartones de La Jornada. Es un indicio, y no es trivial.

La Razón, 28 de julio de 2009