Andrés Molina Enríquez

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Andrés Molina Enríquez: con la Revolución a cuestas, Estudio introductorio y selección de Agustín Basave Benítez. México: F.C.E., 2001. 494pp.

La ocasión de coleccionar y editar de nuevo textos escritos hace cien años siempre resulta discutible, a menos que se incurra en la beatería patriótica de suponer que todo lo nuestro es digno de conservarse y que todo nuestro pasado merece atención. Si no es un puro producto de la inercia, una reedición como ésta implica que hay en esos papeles de otro tiempo algo nuevo, útil, algo aprovechable e interesante para leerlo hoy; por eso, salvo en el caso de contados clásicos, entraña siempre una provocación: conviene aceptarla, preguntar qué nos dicen hoy, por qué importan hoy esos textos.

Por supuesto, la obra de Molina Enríquez, incluso en los fragmentos que se incluyen en este volumen, es demasiado extensa, heterogénea y desigual para discutirla con mínimo detalle. Me limito por eso a lo más general, los dos o tres rasgos que me parecen fundamentales; teniendo sobre todo en mente, no lo que los textos dicen, sino lo que nos pueden decir hoy.

Digamos, para empezar, que la obra de Molina Enríquez, en sus varias disciplinas y formas, se dedica básicamente a explicar la historia de México en el siglo diecinueve y en las primeras décadas del veinte; lo hace echando mano de un aparato de conceptos, argumentos y conjeturas que hoy parecen ingenuos, por decir lo menos, y lo hace siempre con algún propósito práctico: no escribe por gusto ni por afición erudita, sino para aconsejar reformas y decisiones. Escribe con una intención política.

Leída hoy, no resulta de mucho interés la explicación que consigue ofrecer Molina de la Reforma, del Porfiriato, de la Revolución; vale la pena, en cambio, fijarse en su manera de explicar, es decir: su obra interesa como síntoma, antes que otra cosa, como indicio. Indicio ¿de qué? Lo pongo en una frase: indicio de una continuidad fundamental de nuestra historia intelectual y política, que con frecuencia es pasada por alto.

Tal como estamos acostumbrados a estudiarla, la historia de México está hecha a base de rupturas: la Conquista, la Independencia, la Reforma, la Revolución. Hay la continuidad profunda de la nación: heroica, liberal, demócrata y justiciera, pero siempre traicionada. En la superficie, en cambio, lo que se ve son altibajos, breves episodios de luz seguidos de larguísimos tramos de oscuridad. De modo que poner juntos, como parte de una misma historia y un mismo propósito a Benito Juárez, Porfirio Díaz, Carranza y Lázaro Cárdenas parece un disparate. En eso consiste la provocación implícita en la reedición de los textos de Molina Enríquez: puede verse en ellos la continuidad entre el liberalismo jacobino de la Reforma, autoritario y realista, la dictadura de Porfirio Díaz y el impulso de la Revolución de 1910.

Nuestro primer liberalismo, individualista, doctrinario, de inclinación ilustrada, fue producto de las Reformas Borbónicas y de la Constitución de Cádiz. Fracasó, lo mismo que fracasaría el primer liberalismo peninsular, porque no había la mínima uniformidad social para hacerlo practicable. Por esa razón, nuestro liberalismo tardío, el de la Reforma, se hizo pragmático, partidario de reforzar al Estado y de transformar el orden social de modo autoritario.

El positivismo ofreció el andamiaje intelectual para esa transformación del liberalismo. Era una explicación científica del atraso, que ofrecía un futuro de libertad, igualdad, armonía y progreso, con sólo la dosis suficiente de autoridad y de fuerza para conseguir la cohesión y la regeneración de la sociedad; era una metamorfosis de la idea ilustrada, apta para su uso político y que, en la versión de Spencer en particular, podía adquirir una sonoridad liberal indudable. El resultado, finalmente, fue una mezcla de nacionalismo racista, fantasía científica y autoritarismo: lo que en España fue el Regeneracionismo de Joaquín Costa, Lucas Mallada, Macías Picavea, y que en México se llamó Positivismo, sin más. A ese ánimo corresponde la obra de Molina Enríquez.

Molina es un sociólogo improvisado; es un razonador sinuoso y prolijo, arbitrario, de escritura enredada y lenta, a veces casi intransitable, plagada de términos científicos, biológicos sobre todo, en analogías más o menos aventuradas e inconsistentes. En términos generales, su interpretación de la historia deriva de una convicción evolucionista, trasvasada a los más toscos y arbitrarios moldes raciales; según un esquema preconcebido, las razas tienen, no sólo un tipo físico, sino un carácter moral, un conjunto de intereses propios y hasta una ideología política. La herramienta es bastante burda, pero sirve para cualquier cosa. Todo puede explicarse recurriendo al carácter servil de la raza indígena, al afán lucrativo de los criollos nuevos, a la incivil fuerza progresista de los mestizos.

Por cierto: conviene evitar toda forma de condescendencia al leer hoy a Molina Enríquez. Conviene recordar que era contemporáneo de William James, Max Weber, Georg Simmel, Emile Durkheim; es decir: el fantasioso evolucionismo racial no era una tendencia natural, que estuviese en el espíritu del tiempo, sino una elección intelectual consciente, entre muchas otras posibilidades. Y una elección duradera, además. La frase con que concluye su última obra, su estudio sobre la revolución agraria, publicado en 1936, es elocuente; la revolución, dice Molina, “no ha llegado a su fin porque los indios y los indo-mestizos, paralizados por un incomprensible complejo de inferioridad, no han acertado a liberarse de la aparente superioridad social y de la perversa acción política de los españoles, de los criollos y de los criollo-mestizos.”

Recuérdese: para entonces se había publicado ya buena parte de la obra de Marcel Mauss, Evans-Pritchard, Radcliffe-Brown, Malinowski, e incluso algunos textos de Lèvi- Strauss. El desenfado con el que Molina habla sobre las razas, su carácter y su posición política es algo relativamente excéntrico en la antropología, aunque sea un motivo vigente en el escenario ideológico europeo; por eso resulta particularmente revelador: no es accidental que para él, como para Vasconcelos, esa entelequia que es la raza sea un factor explicativo fundamental.

He dicho que hay una continuidad de fondo en nuestra historia intelectual, que explica el tránsito del liberalismo al positivismo al pensamiento revolucionario del siglo veinte; es una continuidad que obedece no tanto a la lógica de los sistemas intelectuales, como a las condiciones del orden político mexicano. Repitámoslo. El primer liberalismo, en la línea de la Constitución de Cádiz, sencillamente no puede ser; y hace falta explicar esa imposibilidad y superarla: eso hace el positivismo de fines del siglo diecinueve que, en lo fundamental, continúa el impulso de la Ilustración española y novohispana, apoyado en la educación, la integración del mercado, la transformación agraria y la concentración del poder político. De otro modo, con métodos mucho más drásticos y una retórica radical, es lo que intentan los primeros gobiernos revolucionarios.

Ciertamente, el positivismo mexicano (como el regeneracionismo español) tiene una notoria inclinación antiliberal, por no hablar del pensamiento de la revolución, pero no es una cosa tan insólita; algo parecido sucede en otras partes: el pensamiento de Thomas Hill Green, de Leonard T. Hobhouse, de Tawney, por ejemplo, es un nuevo liberalismo “progresista”, que asimila buena parte de las críticas socialistas y deja que el progreso se encargue de resolver las contradicciones con el ideario liberal clásico.

Pero hay un matiz que conviene anotar. Los temas fundamentales, decisivos para el pensamiento político mexicano desde la Reforma de 1857 hasta el cardenismo, son la unidad nacional y el problema agrario; la dificultad está en darle un contenido concreto, más o menos sólido, a la unidad política que precariamente se consigue mediante la negociación con las redes de intermediarios. La idea de la raza tiene su importancia en ese contexto. Para Molina Enríquez, como para Vasconcelos y varios más, está ahí el problema de fondo y, a la vez, la única solución asequible: fundir la raza y la tierra en una sola unidad nacional de pequeños propietarios mestizos, tal como se ensayó con las leyes de desamortización, la colonización de baldíos y el reparto agrario.

¿Qué significa eso? Significa que, con buena conciencia, Molina puede ser consecutivamente partidario de la Reforma, de don Porfirio y de la Revolución. El ideario liberal sigue estando presente, pero queda cada vez más lejos, pospuesto hasta que se resuelva el problema de la unidad nacional.

Leída hoy, la obra de Molina Enríquez sirve sobre todo para ilustrar ese tránsito, para ver esas continuidades. Pero también sirve para recordar, ante el nuevo auge de la retórica racista, a principios del siglo veintiuno, que la definición de los “indios” como tales (y su separación de los “mestizos”) es desde siempre algo arbitrario y ajeno: es la imposición de una identidad que sólo resulta evidente para quienes no son “indios”. En todos los aspectos, desde las formas de propiedad de la tierra hasta la vigencia de los sistemas de usos y costumbres o el aprendizaje del español, el campo mexicano ofrece una gran variedad de situaciones, con todo tipo de matices; no hay una separación tajante, limpia, entre lo indígena y lo mestizo. Construir esa polaridad como una diferencia jurídica fundamental, por mucho que se insista en respetar la “conciencia de identidad”, es regresar a la forma más simple del racismo. Con muy buena voluntad.