Angustias de político

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Hoy es necesario hablar sobre las elecciones; de hecho, parece casi inevitable. Hay que tomarle el pulso a la Democracia y aventurar un diagnóstico, sesudo y arcano, como lo hace cualquier comentarista que se precie. Pero el caso es que no parece que valga la pena ni sirva para nada.

En el fondo, las elecciones interesan sobre todo a los políticos, a los que ganan y a los que pierden. Porque se trata, finalmente, de su destino profesional. Los demás tenemos, por lo común, otros problemas que nos son mucho más apremiantes, y que se resuelven de otras maneras. Las elecciones son asunto grave, gravísimo, para quienes dependen de ellas para conseguir empleo o para prosperar en la vida, es decir, para los políticos. Y son el mecanismo básico para arbitrar los conflictos entre los políticos.

Los demás contamos con las elecciones como contamos con los políticos, y usamos de las unas y los otros en la medida en que sirven para algo. Pero no sirven para cualquier cosa, ni ahí se decide nuestra vida. Ciertos conflictos y ciertos apetitos pueden encontrar, si no soluciones, al menos formas vicarias de expresión en los pleitos de políticos; las elecciones son, en esos casos, una especie de sicodrama que seguramente tiene efectos terapéuticos. Para eso las hemos usado en los últimos años.

Como todo, sin embargo, a fuerza de repetirse, el asunto electoral cansa. Nos cansa y nos aburre a todos, menos a los políticos, como es natural. Hace tiempo ya que nos dijimos casi todo lo que podíamos decirnos a través de la gesticulación de los candidatos y del melodrama electoral. Lo que queda son pleitos de políticos.

Pero ocurre que no se resignan ellos a que la gente se desentienda de sus empeños. Quieren que sigamos todos atentos al espectáculo y jaleando, a cada paso, sus hazañas. Por eso resulta que, según ellos, la única arma, el único recurso que tenemos para moderar la arbitrariedad, para resistir al autoritarismo, para defender las libertades, es el sufragio. Estaríamos listos si así fuera.

Pero no se detiene ahí la cosa. Visto que las elecciones son sucesos tan volanderos y de poca sustancia, les ha dado a los políticos por decir que lo que importa no es lo que ocurre el día de la elección sino todo lo que ocurre antes y después. Lo que gasta y lo que deja de gastar el gobierno, lo que pactan y lo que no les da la gana de pactar a los partidos, el dinero que cambia de manos entre empresarios, periodistas y candidatos, todo apunta hacia el gran día de las elecciones, y todo debe entenderse a la luz de semejante acontecimiento.

La verdad es que están en su derecho, y tienen razón. Para ellos, todo lo que sucede es importante sólo con miras al riguroso accidente en que se decide su fortuna; su fortuna profesional, su fortuna política y, no pocas veces, también su fortuna personal. Pretender, en cambio, que a nosotros nos preocupe lo mismo, que nuestras pobres angustias domésticas sean réplica o trasunto de sus pleitos, eso es sacar las cosas de quicio. Podremos hablar de las elecciones, sí, como hablamos del tiempo o del fútbol, cuando no haya cosas más urgentes que hacer.

El Universal, 1995