Antígona

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Hasta hace poco nos hacíamos una idea muy simple de las relaciones entre el poder político y los medios de comunicación. Había la prensa adicta, partidaria del régimen, obediente o sólo discreta: la prensa vendida, como se decía entonces, y del otro lado la prensa crítica, dedicada a la denuncia. Vistas las cosas de cerca eran mucho más confusas, desde luego, pero tampoco importa. Hoy es más difícil orientarse. Podemos hacernos la ilusión de que los medios son mejores. Puede que sea así. En todo caso, la complicidad directa que hay en el cheque que recibe o que ya no recibe el periodista, en el pago por publicidad o la documentación filtrada por unos u otros, todo eso es bastante trivial. La preguntas más serias están en otro plano.

Supongo que es conocida la historia de Antígona. La recuerdo, brevemente. Antígona es hija de Edipo, hermana de Eteocles y Polinices, que se encuentran en bandos contrarios en la guerra: Eteocles como defensor de Tebas, Polinices encabezando una coalición formada para conquistar la ciudad. Mueren los dos. De hecho, se matan entre sí. El nuevo rey, Creonte, ordena que se ofrezca un funeral glorioso para honrar al héroe, Eteocles, y deja insepulto el cadáver de Polinices, fuera de las murallas, para que sea devorado por las fieras. Bajo pena de muerte, prohíbe que se entierre al traidor o que se le rinda ningún homenaje fúnebre. Antígona tiene que elegir entre la obligación filial, el deber sagrado de enterrar a su hermano, y la obligación civil de cumplir con las leyes de la ciudad. En eso consiste la tragedia.

Ya se sabe: serenamente, con plena conciencia, Antígona decide enterrar a Polinices. Es detenida. Creonte no tiene más remedio que mandarla matar.

Es fácil de imaginar lo que haría nuestra prensa con una historia así. Sería divertido el ejercicio de contarla con el lenguaje de Reforma, el de La Jornada, o el de los noticieros de TV Azteca. Habría los que apoyasen la decisión de Creonte, en defensa del Estado de Derecho. Los habría partidarios de Antígona, más o menos insinceros, que utilizaran su rebeldía para denunciar los abusos de la monarquía. Unos buscarían el lado humano de la tragedia, con testigos que hablasen de la infancia triste de los hijos de Edipo, otros aprovecharían la ocasión para recordar los horribles crímenes de su padre.

Me interesa pensar el tema aprovechando un giro que introduce Jean Anouilh en su versión de la tragedia. Imagina una última conversación entre Creonte y Antígona, en la que el rey le explica la verdadera historia. Polinices fue siempre vanidoso, abusivo y violento; despreciaba a su padre y llegó incluso a golpearlo. Nada era sagrado para él. Eteocles no era mucho mejor. Era un traidor también: estaba en tratos con la misma gente que su hermano, con el mismo propósito. No obstante, hacía falta un héroe, se necesitaba una leyenda heroica para ocultar los tráficos inmorales de todos. Así se ideó la fábula del hermano bueno y el hermano malo y todo lo demás. Por otra parte, después de la batalla los cuerpos habían quedado irreconocibles: se escogió uno para el enterramiento fastuoso, como si fuese Eteocles; se dejó otro cualquiera tirado fuera de la ciudad y se dijo que era el de Polinices.

Antígona escucha desconcertada. En esa situación, ¿qué significa su gesto? No está enterrando a su hermano, acaso ni siquiera tenía la obligación de hacerlo. Su devoción fraternal, toda su tragedia es sólo apéndice de una farsa. Si hubiese acatado la orden de Creonte habría contribuido a consolidar su autoridad; su rebelión, sin embargo, confirma el relato fantasioso en que se quiere fundar el orden de la ciudad de Tebas. Su sacrificio sirve para ratificar la leyenda. No hay escapatoria.

México, D.F.  2004