Aparecen los fusiles

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Entre las cosas más llamativas de la conflagración michoacana están las fotos de los comandos de autodefensa. Quiero decir, el hecho de que existan esas fotos, y se publiquen en los periódicos sin ningún problema. Algunos van embozados, con pasamontañas, pero la mayoría va a cara descubierta. No se están ocultando. Al contrario, hablan con la prensa, explican, anuncian lo que piensan hacer, convocan mítines, claramente quieren esa publicidad.

En casi todos los reportajes se sugiere por lo menos la tolerancia del ejército, que los deja hacer. Tampoco parecen hacer un esfuerzo por ocultarse algunos de sus enemigos. La prensa los llama “los opositores”, a veces “los inconformes” –y bien: esos opositores se reúnen en la calle, a la luz del día, para quemar tiendas y camiones. En un texto de La Jornada: “Unos 40 opositores a los autodefensas se apostaron por la mañana en Cuatro Caminos, en la periferia de Nueva Italia, mientras una partida de militares sólo los observaba”. En esos términos, es imposible de entender.

Por otra parte, la lógica del conflicto es bastante confusa. La versión estándar es que se organizaron para defender a la población de los “caballeros templarios”. Pero no está claro lo que hacen: “avanzan”, “ocupan” localidades, y ¿qué hacen exactamente, una vez que han “ocupado” una plaza? ¿Buscan delincuentes, los matan? ¿Sustituyen a la policía municipal? ¿Pueden hacer lo que no han podido las fuerzas federales en siete años? Y es igualmente extraño lo que hacen los “opositores”, que en los últimos días han quemado varias tiendas Oxxo, una Coppel, han saqueado una mueblería y han baleado las oficinas de un par de bancos.

Es claro que las claves del conflicto son locales –y seguramente, de relaciones cara a cara, primarias.

Las extrañas noticias sobre “el narco” metido en la minería, o en la exportación de aguacates sugieren que hay varios actores de la economía local que intervienen en el conflicto, empresas mineras, agrícolas, que compran protección, que están a veces en las lindes de la legalidad. El orden, en la Tierra Caliente como en el resto del país, dependió siempre de una densa trama de intermediarios que controlaban el acceso a los mercados informales e ilegales, que administraban el negocio de la protección, el de la ilegalidad, el de los votos. Para abreviar: caciques. Tenían recursos propios, capacidad para recurrir a la fuerza, pero vivían mejor al amparo del Estado, normalmente en el partido. Era una forma de parasitismo relativamente domesticada.

Esa estructura de intermediación es lo que ha hecho crisis en Michoacán. El negocio de las drogas permitió a algunos independizarse, actuar por su cuenta, los cambios políticos dejaron desprotegidos a otros. El parasitismo se vuelve más áspero. No está claro quién manda. Y por eso aparecen los fusiles.

 

La Razón, 14 de enero de 2014