Asesinatos para festejar

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El terrorismo está siempre lejos, en otra parte. Contribuimos todos a alejarlo mediante abstracciones y frases hechas, si no con justificaciones oblicuas. No es cosa nuestra. Así se puede dormir con la conciencia tranquila. Sería desconcertante, angustioso pensar que también nuestras reacciones forman parte del mecanismo del terror.

Entre las imágenes que hemos visto en estos días de la tragedia de Beslan hay una que no puedo quitarme de la cabeza. Un soldado maduro y corpulento sostiene en brazos el cadáver de una niña que no tendría más de seis o siete años: se ven las piernas, los brazos flácidos, la cabeza descoyuntada; el militar llora mirando el cuerpo, con un dolor que está más allá de todo consuelo. Pienso que habrá quienes vean esa misma imagen y se sientan alegres, satisfechos, con ánimo festivo, habrá quienes la vean con entusiasmo, quienes piensen que es motivo para celebrar. Los hay. No es una fantasía. Me viene a la memoria la carta que escribió desde la cárcel el etarra Iñaki de Juana Chaos el día en que ETA asesinó en Sevilla a Alberto Jiménez-Becerril, concejal del ayuntamiento, y a su esposa, Ascensión García Ortiz: “Me estoy tragando todas las noticias de la acción de Sevilla. Me encanta ver las caras desencajadas que tienen. […] Con esta acción he comido yo para todo el mes. ¡Perfecta!”; los asesinos, Azurmendi y Barrios, estaban de un humor parecido: según dijeron, habían celebrado los asesinatos “con una cena especial y sidra”. El resultado era de dos muertos y cinco niños huérfanos. Perfecto: para aplaudirlo, para darse una cena especial.

Hay algo monstruoso en esa alegría porque se festeja únicamente la muerte, el dolor. Ningún atentado terrorista logra nunca ningún objetivo militar o político, nada más que ocasionar angustia, sufrimiento, miedo. En ningún sentido está más cercano el triunfo de la causa, la que sea que se use como pretexto, después de un atentado. No le sirven de nada al pueblo palestino las masacres de la semana pasada en Israel, no hay la más miserable ganancia para el pueblo iraquí por el asesinato de los doce nepalíes de hace diez días, ni había motivo para esperarlo. La lógica del terrorismo es otra y sus partidarios la entienden perfectamente, no piden otra cosa más que los muertos. No suelen ser tan explícitos como los etarras Azurmendi, Barrios, de Juana y los demás: lo más común es que se pongan comprensivos y ecuménicos, siempre lamentan que sea necesaria la violencia, pero recuerdan de inmediato “la causa”, histórica y generosa, que lo justifica todo.

Lo que hay en el fondo de esa crueldad es insondable. Pero en lo fundamental obedece a un mecanismo muy simple. Lo tenemos a la vista, aquí mismo. Fueron muchos, en México y en el resto del mundo, los que festejaron el atentado contra el WTC de Nueva York. Fueron muchos, la mayoría de quienes escriben en la prensa mexicana, los que exhibieron efusivas muestras de comprensión hacia los autores de la masacre de Madrid del once de marzo, porque eran representantes del pueblo iraquí en guerra con España. Han sido muchos los que han aplaudido a la presidenta Moscoso, de Panamá, por la decisión de indultar a un grupo de terroristas cubanos. Los hay también que exigen que el gobierno de México ofrezca asilo a los miembros de ETA perseguidos por la justicia española. A fin de cuentas, resulta que el terrorismo tiene buena prensa.

El esquema se repite. Hay una condena ritual, estereotipada y abstracta, se habla de la irracionalidad de toda violencia, del fanatismo. Pero a continuación se explican, con una aparatosa neutralidad, los motivos de los terroristas; siempre hay un conflicto histórico de muy difícil solución, hay un pueblo oprimido que no encuentra otro modo de hacerse escuchar y que, en la desesperación, recurre a la violencia. Los muertos son menos que una anécdota, un incidente en ese conflicto histórico, que es lo que de verdad cuenta. Hecho eso, cada quien escoge su lado en el conflicto, uno decide estar con los palestinos o con los israelíes, contra Estados Unidos o contra Fidel Castro, y cada cual aplaude a los suyos.

Digámoslo otra vez, aunque resulte aburrido: es mentira. Los terroristas no representan en ningún sentido a ningún pueblo. No son los palestinos los que provocan el horror en Jerusalem o Tel Aviv, no fueron los chechenos los que ocasionaron la tragedia de Beslan, no fueron los cubanos los que hicieron estallar en vuelo un avión, con decenas de pasajeros. El conflicto histórico, donde lo haya, es sólo una coartada: aceptarla, darla por buena es haber aceptado la lógica del terror. Lo que sigue es aplaudir. No se merecen los ciudadanos de Iraq, de Palestina, Chechenia, Cuba o del País Vasco la injuria que implica atribuirles esos homicidios masivos, salvajes, que carecen de cualquier justificación.

Los conflictos históricos, donde los hay, son terreno muy fértil para las ambiciones políticas de mucha gente. Hace falta verlo claro. Con la claridad que han tenido los musulmanes franceses, por ejemplo, que se han manifestado masivamente contra sus presuntos defensores en Iraq; con la claridad que tienen los vascos, que marchan con el lema “Fuera ETA”, “ETA kampora”. El terrorismo también es cosa nuestra, está aquí.

La Crónica de hoy, 8 de septiembre de 2004