Ayer y hoy

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He estado leyendo en estos días el grueso volumen de anotaciones sobre de Gaulle, de Alain Peyreffite. Se trata básicamente de las deliberaciones del consejo de ministros entre 1958 y 1966. La serie de acontecimientos es impresionante: la inauguración de la V República, la independencia de Argelia, la puesta en marcha del mercado común europeo, la crisis de la OTAN, la guerra de Vietnam; de Gaulle aparece siempre igual a sí mismo: minucioso, suspicaz, irritable y enérgico, con un sentido de la responsabilidad casi incomprensible. Se puede ver muy bien lo que Raymond Aron encontraba tan irritante de la retórica gaullista, teatral y egocéntrica, hasta fantasiosa. Es cierto que sus razonamientos eran a veces pueriles, también su vanidad. Ahora bien: era un político extraordinario. Podía ocuparse de un problema de orden público en Marsella, de una reforma constitucional, el terrorismo de la OAS o la relación con Alemania sin perder de vista el juego de los partidos en el parlamento, la opinión de la prensa y los cambios en el escenario internacional, sin que se alterase su apego por una cierta idea de Francia y de Europa.

En otro tiempo habrían sobrado los adjetivos, en el tiempo de Churchill, Roosevelt y Adenauer. Sin más, de Gaulle era un político. Pero no hay más remedio que verlo en contraste con lo que tenemos hoy, en todas partes. No pienso en Vicente, Roberto, Santiago y Andrés Manuel, no hay que exagerar. Pienso en el debate de la semana pasada entre George W. Bush y John F. Kerry, en el espectáculo de mezquindad y de indigencia intelectual que ofrecieron los dos, haciendo su mejor esfuerzo por ganar votos. Lo que vimos fue la confrontación de un católico con un protestante evangélico. Uno con un discurso más cerebral, untuoso, matizado, el otro entusiasta, incendiario. En lo fundamental, dijeron lo mismo. Estuvieron los dos a la altura de su público, porque así han querido hacérselo.

La preocupación de todos, obsesiva y casi única, es la seguridad. El terrorismo. No es para sorprenderse, salvo por la idea tan primitiva y casi infantil que tienen del problema. Los dos, Kerry y Bush, como los ciudadanos de su auditorio, están convencidos de que podrían reconocer a un terrorista en cuanto lo viesen: por eso se comprometen a matarlos, dondequiera que estén. Así mismo lo dijeron, ambos. Están convencidos de que los terroristas quieren acabar con los Estados Unidos porque odian la libertad. Ni se les ocurre, por lo visto, que pudieran estar en juego otras cosas, el poder político en Indonesia, Pakistán, Arabia Saudita o Argelia, por ejemplo; no pueden pensar que sean ellos instrumento para otra política, en otra parte, no el objetivo final para el islam militante sino un recurso para legitimar sus posiciones en el mundo musulmán. No se ven integrados en un mundo complejo, donde hay que contar con muchos actores, estrategias cruzadas, sociedades cambiantes y estados en descomposición.

Algo queda claro: Estados Unidos no tiene un diseño de política exterior coherente y practicable. Hay la fantasía de los neoconservadores de que podrían mandar en todo el mundo, rehacerlo a su gusto. Hay la ilusión de hacer grandes negocios, al amparo del ejército: imponer gobiernos, políticas, tratados y contratos ventajistas. Hay la disparatada idea de expandir la democracia y la libertad para tener gobiernos amistosos. Con todo eso se explica a medias, se justifica a medias una política improvisada, que no mira más allá del próximo trimestre. Nada que se haya pensado con un mínimo de realismo, un mínimo de sentido histórico o siquiera de sentido común. Tienen la mayor capacidad de destrucción, por eso piensan que pueden mandar. No hay más.

El primer criterio para decidir su relación con el mundo es la seguridad pública en el territorio norteamericano. Bush está convencido de que puede lograrse sin preguntar nada a nadie, Kerry piensa que se podría ganar algo con la cooperación internacional. El propósito es el mismo. Bush piensa que Estados Unidos tiene suficientes bombarderos, Kerry piensa que hay demasiados muertos norteamericanos y que otros podrían poner su cuota de sangre: es la única diferencia apreciable. Hablando del Protocolo de Kyoto dijo Bush que era esa clase de cosas que firman algunos políticos para quedar bien en los salones europeos, sin pensar que lo importante es la generación de empleos en casa. Kerry no lo tiene tan claro, pero no dice que no. Lo que no se entiende son los motivos que tendría el resto del mundo para preocuparse por la seguridad y el empleo en Estados Unidos.

Ofrecen a la comunidad internacional, como visión estratégica, la oportunidad de hacer algunos negocios, ocasionales guiños de un humanitarismo retórico y la idea de defender la libertad. Eso, más la amenaza de guerras preventivas. No es para sorprenderse que se encuentren en todas partes con un antiamericanismo primario.

El caso es raro: un imperio perfectamente provinciano, un imperio que no mira más allá de sus narices. Perdido el equilibrio y el sentido estratégico que ofrecía la amenaza de la Unión Soviética, hace falta definir una política internacional con otros propósitos, que ya no pueden ser de contención. No hay nada. El entusiasmo wilsoniano de Bush, el pragmatismo sin disimulo de Kerry, cuyo propósito es idéntico. Los dos van a ganar la guerra de Irak, ninguno dice qué significa ganar una guerra. Por supuesto, ni México ni Iberoamérica han aparecido en sus explicaciones, tampoco Europa, Japón o Rusia, sólo de paso se mencionó alguna vez a la ONU. Hemos visto dos largos debates sobre política internacional en que no apareció ni un somero boceto de una idea del mundo. Eso va de ayer a hoy.

 

La Crónica de hoy, 13 de octubre de 2004